Sin dejar rastro Meredith
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Meredith

hace once años

Mayo

Primero recupero el oído, hasta cierto punto.

Lo que oigo es desigual, a rachas. Palabras arrastradas.

El viento soplando por un túnel. Baquetas golpeando un tambor.

No entiendo nada. Aprieto los ojos con fuerza, evitando todo estímulo sensorial.

Es demasiado. El vómito se asoma al final de la garganta y me lo trago.

La cabeza me late. Me palpitan los oídos, las sienes, la parte de atrás de los ojos. Hay alguien tarareando.

No sé dónde estoy ni por qué estoy aquí. Debo estar soñando.

Abro los ojos a la fuerza para ver cómo pasa el mundo a toda velocidad. Es mareante, desorientador. Tengo la visión borrosa. Va y viene, emborronándose con niebla antes de despejarse. Está lloviendo y todo es de un tono monocromático de gris. Tengo frío. Tirito.

Las cosas que me rodean empiezan a adquirir forma, el mundo va enfocándose poco a poco.

Veo un libro infantil con cartoné, una correa de perro.

Un asiento elevador tirado en el suelo, con mis pies encima.

Es rojo y gris y tiene una botella rosa de agua en el portavasos.

Es la botella de agua de Delilah . Es el asiento elevador de Delilah .

De los reposacabezas de los asientos delanteros cuelgan plásticos para proteger la tela de sus piececitos.

Estoy en el asiento trasero de mi propio coche.

Me siento despacio, con el cuerpo dolorido. Me doy cuenta de que estoy medio tumbada en un asiento de coche, cuyas protuberancias se clavan en mi piel dejándome marcas. Tengo en el brazo la huella del cierre de pecho.

Es el asiento de Leo del coche.

Me siento completamente erguida y miro desesperadamente a mi alrededor. ¿Dónde está Leo? ¿Dónde está Delilah ? ¿Por qué estoy aquí? El coche se mueve. Y corre mucho.

Estoy desequilibrada. Me agarro a lo primero que veo para conservar el equilibrio.

Bea está en el asiento del conductor. Conduce mi coche. Tiene la ventanilla unos centímetros abierta. El viento le agita el pelo. La lluvia no entra, por lo que sea. Tiene puesta la radio. Bea habla sola, un tanto agitada, ininteligible.

Entonces lo recuerdo todo de golpe.

Bea y yo discutiendo. Bea con el martillo. Delilah asustada ante la puerta abierta del garaje. Después de eso, nada. La oscuridad.

—¿Dónde está? —son las primeras palabras que salen de mi boca.

Mis palabras brotan incoherentes. Tengo los labios entumecidos, incapaces de articular palabras. El martilleo en mi cabeza se intensifica cuando hablo. Me presiono la cabeza con las manos, hundo las palmas en las cuencas de los ojos. No me sirve de nada. Aparto las manos.

—¿Qué le has hecho? —vuelvo a decir. Esta vez, las palabras son claras.

—Has despertado —dice ella, mirándome por encima del hombro. Al hacerlo, da un volantazo por accidente. El coche se desvía. Se oye un claxon. Bea vuelve a mirar hacia delante. Endereza el coche antes de que alguien choque con nosotras.

—¿Qué has hecho con Delilah ? —exijo saber.

Bea no dice nada. Su ausencia de respuesta me pone frenética, desesperada. Necesito saber dónde está mi hija. Necesito saber qué le ha hecho a mi hija.

Agarro la manilla de la puerta e intento abrirla a la fuerza.

Mi primer pensamiento es saltar del vehículo en marcha y echar a correr.

Pero no puedo porque la puerta no se abre.

Ha activado el seguro para niños. No sé cuánto tiempo llevo inconsciente.

Lo suficiente para que Bea le hiciera algo a Delilah , me metiera en el coche y arrancase.

Miro por la ventana. Intento orientarme para saber dónde estamos.

No estamos muy lejos. Solo a unas manzanas de casa.

Si consiguiera salir del coche, podría volver con Delilah . Ver si está bien.

—¿Le has hecho daño? —pregunto.

Me aterra que haya podido hacerle algo. Delilah vio cómo me golpeaba la cabeza con el martillo.

Delilah vio demasiado. Bea no podía dejarla marchar.

Me muevo hasta el otro lado del asiento trasero. Intento abrir la puerta. Tampoco se abre. Intento bajar la ventanilla eléctrica, pero está bloqueada. Bea ha pensado en todo.

Golpeo la ventanilla con las manos, desesperada, queriendo llamar la atención, hacer que se fijen en mí, atrapada en el asiento trasero de mi propio coche.

—Déjalo ya, Meredith —me espeta Bea —. ¿Qué coño crees que haces?

—Déjame salir de aquí —digo, sintiéndome como un animal enjaulado—. No puedes hacer esto, Bea . No puedes hacérmelo a mí.

Lo único que se me ocurre es lanzarme al asiento delantero del coche. Tomar el control a la fuerza. Una descarga de adrenalina contrarresta el dolor que siento en la cabeza y el cuerpo mientras me meto con violencia por el espacio estrecho entre los asientos delanteros y avanzo hacia Bea .

Pero entonces veo el cuchillo, en el asiento del copiloto.

Bea va a por él al mismo tiempo que yo. Ella llega antes. Me pongo rígida.

—¿Qué haces con eso? —pregunto, aterrada por si ya lo ha utilizado para hacerle algo a Delilah .

—Haz lo que te digo y nadie saldrá herido —dice con tono mesurado.

Me recuesto en el asiento de atrás. No tengo más remedio. Mi mente da saltos, buscando un modo de salir de esto. No se me ocurre nada, y eso me desespera. ¿Qué piensa hacerme Bea ? ¿Qué ha hecho con Delilah ?

Bea atraviesa el pueblo. Giramos a la derecha, luego a la izquierda y otra vez a la derecha. No viaja al azar, tiene un plan. Salimos del pueblo y entramos en otro, y luego en otro, menos poblado y más industrial que residencial.

—Llévame a casa —le suplico mientras conduce—. Por favor, llévame a casa. Podemos olvidarnos de que ha pasado esto. Te lo prometo, Bea , no iré a la policía. Lo que le pasó a Shelby se quedará entre tú y yo.

Al principio me ignora. Pero sigo insistiendo hasta que ella estalla, y me habla con tono frío y directo.

—Cállate, Meredith . Por favor, cállate de una vez.

Se mete en el aparcamiento de un motel destartalado junto a la carretera. El edificio es de color ocre. De una sola planta. En el aparcamiento hay un contenedor de basura, mesas de picnic y una máquina expendedora. Bea aparca mi coche en ese lugar, que está casi vacío.

Bea coge mi bolso del suelo del coche, y me dice lo que va a pasar.

—Entrarás ahí y alquilarás una habitación. Por un mes. Paga en efectivo —dice. Busca en mi carter a y luego en la suya, reuniendo billetes de dólar. Se inclina hacia el asiento trasero y me los pone en la mano—. Regístrate. Coge la llave —me dice.

—¿Y si no lo hago? —pregunto, aunque he visto con mis propios ojos lo que Bea le hizo a Shelby . He sido testigo del encubrimiento, de las mentiras. Cuando Bea se ve acorralada, es capaz de cualquier cosa.

—No querrás que a Delilah le pase algo, ¿verdad? —pregunta, y siento un atisbo de esperanza: Delilah está viva.

A menos que Bea me esté mintiendo.

Bea sale del coche. Se guarda el cuchillo en el bolsillo trasero de los vaqueros y lo tapa con el faldón de la camisa. Rodea el coche y me abre la puerta. Tardo un minuto en ponerme en pie. Estoy desequilibrada, la cabeza sigue latiéndome con fuerza.

—No hagas ninguna tontería, Meredith . Yo estaré fuera, vigilando. Recuerda que soy la única que sabe dónde está Delilah. No me pongas a prueba.

Trago saliva. No sé qué le ha hecho a Delilah . Pero si está viva, tengo que poder volver con ella. Tengo que hacer lo que me dice Bea . Tengo que comportarme, por el bien de Delilah .

Bea me sigue hasta la oficina del motel. Se queda lo bastante apartada como para no salir en las cámaras de seguridad, si es que las hay en el motel. La recepcionista coge el dinero y me entrega una llave. No alza la mirada lo bastante como para darse cuenta de mi estado.

Bea y yo caminamos hasta la habitación. Me dice que abra la puerta. Lo hago con manos temblorosas. Me dice que encienda la luz, que baje las persianas. No toca nada. Me fijo en eso.

—¿Qué vas a hacerme, Bea ?

Ella no dice nada.

La habitación del motel es sórdida. Tiene la moqueta sucia y el yeso se desprende de las paredes.

— Delilah está enferma —le digo, suplicando—. Ya debería haberse tomado la medicina. Seguro que le ha vuelto la fiebre. Estará ardiendo. Necesita un paracetamol.

Bea no dice nada al respecto.

—Necesito que cojas papel y bolígrafo —me dice, en cambio.

Hago lo que me dice. No le pregunto. Reviso los cajones buscándolo.

Pero no estamos en el tipo de establecimientos donde te dejan papel y bolígrafo gratis.

A cambio, encuentro en un cajón una guía telefónica vieja.

Le arranco una página. Bea tiene un bolígrafo.

Se lo limpia en la manga antes de dármelo.

—Escribe esto: « Delilah está a salvo. Está bien».

Miro a Bea , sin entender.

—Que lo escribas —me dice cuando titubeo—. Escribe: « Delilah está a salvo. Está bien».

No lo hago directamente. ¿Por qué quiere que escriba eso? Saca el cuchillo del bolsillo trasero de los vaqueros y me apunta con él.

—No bromeo, Meredith . Necesito que escribas eso. Si haces lo que te digo, iré a por Delilah . La traeré aquí. Pero primero tienes que hacer esto por mí.

—De acuerdo —digo, accediendo.

Escribo las palabras, por su promesa de traerme a Delilah y por el cuchillo que tengo en el cuello.

No sé si tengo otra salida. Lo único que se me ocurre es que Bea piense dejarnos en este motel cutre durante el mes que hemos pagado.

Hará pensar a Josh que nos hemos fugado, lo cual le dará tiempo para decidir qué hacer.

No es mal plan. Puedo sobrevivir un mes aquí.

Lo que no entiendo es por qué no nos ha traído a Delilah y a mí a la vez. Debe de tener alguna razón. Pero quizá sea porque no podía ocuparse de las dos a la vez.

Cuando termino, le tiendo el papel para que lo coja.

—Déjalo sobre la cómoda —me dice, y lo hago así—. Compréndelo, tiene que parecer un suicidio.

Oigo sus palabras. Llegan a mis oídos, pero mi cerebro no las procesa. No llegan hasta él. No me da tiempo a entender lo que ha dicho. No me da tiempo para reaccionar.

Un instante después noto la punzada insoportable de la hoja del cuchillo cortándome las muñecas. Grito, apartándome de ella.

—Siento ser tan directa —dice, siguiéndome—.

Pero tú te lo has buscado, Meredith . Esto no estaría pasando si pudieras mantener la boca cerrada.

Te lo advertí. Te dije que lo dejaras pasar, que olvidaras lo que ocurrió aquella noche.

Pero no podías. Nunca he querido haceros daño a Delilah y a ti.

No me has dejado otra opción. Te lo dije muchas veces: no puedo ir a la cárcel. ¿Qué esperabas que hiciera?

Arremete contra mí. El cuchillo vuelve a cortarme la muñeca.

Me sangra. Me la aprieto con la otra mano para controlar la hemorragia.

Intento alejarme de ella, pero la habitación es pequeña, un cuadrilátero.

Bea , con el cuchillo, se interpone entre la puerta y yo.

No tengo por dónde salir. En estos momentos, el motel está vacío o casi vacío, igual que el aparcamiento.

Si gritara, no me oiría nadie. No vendría nadie.

Así es como piensa hacerlo, entonces. Bea quiere hacer creer al mundo que me corté las muñecas. Que era una mujer desesperada. Suicida.

Escondo los brazos llevándomelos a la espalda, esperando ganar tiempo de este modo.

No creo que tenga ningún plan alternativo.

Pero entonces, un instante después, siento que el cuchillo se clava en mi estómago.

Miro horrorizada cómo saca Bea el cuchillo de mi cuerpo.

Con un gesto espontáneo. Me quedo sin aire, casi sin poder respirar.

La sangre se propaga desde mi centro. Mis manos se mueven hasta ella, intentando contenerla.

Bea da un imperceptible paso hacia atrás.

Mira cómo me tambaleo, con el cuchillo preparado por si no basta con apuñalarme una vez.

—Nunca quise que llegáramos a esto. Eras mi amiga —dice, llorando. Allí parada, mirando cómo forcejeo, llora desconsolada y grita—. ¿Por qué no pudiste dejarlo estar?

El shock se apodera de mí, sustituyendo al dolor. Mis piernas pierden la fuerza para sostenerme. Me tambaleo y alargo la mano hacia ella en busca de ayuda.

—Lo siento —llora—. Lo siento muchísimo, Meredith .

Se aparta de mí. Me da la espalda. No puede verme morir. Se tapa los oídos para no oírme.

Me desplomo en el suelo del motel. El suelo recoge mi cuerpo y me siento aliviada por estar tumbada. Estoy tan cansada. Siento que seré capaz de dormirme por primera vez en muchos días.