Sin dejar rastro Meredith
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Meredith

hace once años

Mayo

Delilah me llama gritando en plena noche.

Es un grito estrangulado, y luego solloza, con hipidos entre las lágrimas.

Salgo de la cama y corro a su habitación, donde la encuentro sentada, con ojos como platos.

Me acerco a ella. Nada más tocarla sé lo que le pasa.

Tiene fiebre. El sudor empapa las sábanas, pese a que tirita muy fuerte.

—Ay, cariño —digo, acariciándole los húmedos cabellos. Tiene la piel fría y pegajosa, el pijama pegado al cuerpo.

Mira fijamente a una esquina de la habitación. Miro a mi vez, pero allí solo hay una lámpara. Es una lámpara de pie para niños, alta, con tres pantallas acrílicas que parecen globos.

Delilah saca la mano de debajo de las sábanas húmedas para señalarla.

—¿Qué, cariño? —le pregunto, sentándome en la cama—. ¿Qué ves?

—Allí hay alguien —dice con voz ronca.

Vuelvo a mirar, sintiendo que se me acelera el corazón, pero, por supuesto, allí no hay nadie.

Es la fiebre quien habla. Lo que ve es la lámpara de pie; ha confundido una de las pantallas en forma de globo con una cabeza, y el tubo alto y estrecho con un cuerpo.

—Ahí no hay nadie —le aseguro—. Solo es la lámpara. ¿Quieres que la encienda y te lo enseñe? —pregunto, levantándome de la cama y yendo hasta ella.

No espero a que me responda, porque me mira de forma extraña. Alargo la mano hacia el interruptor. Delilah tose. Es una tos seca, como la de la laringitis. Ya ha tenido laringitis.

Enciendo la lámpara. Una luz amarilla inunda la habitación morada. Miro a mi alrededor, echo un vistazo debajo de la cama, dentro del armario.

—¿Ves? —digo con aire teatral—. No hay nadie. Solo estamos tú y yo.

—Se han ido, mami —responde muy segura.

Sé que eso no puede ser.

—¿Quiénes eran? —pregunto, siguiéndole la corriente.

Ella me mira parpadeando, sin decir nada. Tiene la mirada vacía, los ojos vidriosos. No dice nada. El cabello pelirrojo le cuelga lacio. Tiene la línea del pelo oscurecida por el sudor. Me olvido del intruso, consciente de que no había nadie. Echo la mano hacia atrás para apagar la lámpara.

Voy a por el termómetro del cuarto de baño de Leo y Delilah , y a por el Tylenol infantil de la planta baja.

Primero le tomo la temperatura. Tiene casi treinta y nueve grados.

Compruebo dos veces la dosis de Tylenol antes de dárselo.

Tiene las sábanas empapadas de sudor. La hago salir de la cama lo suficiente para poder cambiarlas.

Vuelve a meterse en la cama. Me tumbo a su lado.

Me quedo con ella hasta que vuelve a dormirse.

Luego vuelvo a mi cama. Me acurruco junto a Josh , que sigue profundamente dormido.

Josh tiene la capacidad de poder dormir al margen de lo que pase a su alrededor.

No lo despierto porque Delilah se pone mala muy a menudo.

Es nuestro imán de gérmenes. Si alguien de su clase se pone enfermo, puedes apostar lo que sea a que Delilah también lo estará.

Que se ponga mala no es noticia. Ya se lo diré por la mañana.

Mientras estoy tumbada, me doy cuenta de que la ventana del dormitorio está entreabierta.

Josh es caluroso. Quiere la ventana del dormitorio abierta por las noches incluso en invierno, o si no tiene demasiado calor.

El aire fresco de primavera entra en la habitación haciendo ondear las cortinas de gasa.

Fuera lloviznea. El sonido es tranquilizador.

Sería un anestésico, si no fuera por los pensamientos sobre Shelby que me siguen atormentando.

Pero en vez de dormirme sigo tumbada y pensando en que Grace Tebow nunca tendrá una madre que la cuide por la noche.

Por mi culpa. Me pone mala pensar en eso.

Me pone mala saber que, mientras yo estoy tumbada en mi cama suave y calentita bajo el peso del brazo de mi marido, Shelby está sola en el bosque, con el cuerpo devorado por gusanos y moscas.

Ya no puedo más. No puedo seguir viviendo con este secreto. Tengo que ir a la policía. Contarles lo que hicimos y sufrir las consecuencias. Me lo merezco.

Al margen de mi culpa, Jason se merece saber la verdad.

Necesita saber qué le pasó a Shelby . He estado siguiendo la investigación por las noticias y la cosa no pinta bien.

Todos los indicios apuntan a Jason . Se rumorea que tenía un lío con alguien.

Es condenatorio. No podré vivir conmigo misma si condenan a Jason por asesinato.

Y, en ese caso, ¿qué sería de la niña? ¿Quién la criaría?

¿Quién se ocuparía de sus necesidades especiales? ¿La internarían en alguna parte?

Debo quedarme dormida en algún momento porque cuando despierto, Josh se ha ido ya. El dormitorio huele a su colonia y en la mesita de noche tengo un café tibio.

Estaba aquí. Pero ya no.

Me levanto de la cama. Bajo la escalera para ver si sigue ahí, pero ya se ha ido al trabajo.

Vuelvo arriba para ver que Delilah sigue profundamente dormida, aunque Leo ha empezado a moverse.

Hoy Delilah no irá a clase. Me planteo si dejar a Leo en casa.

No hay motivo para llevarlo donde Charlotte si Delilah y yo nos quedamos en casa.

Pero últimamente lo ha pasado muy mal en casa de Charlotte . Le confundiría que no lo llevara. Mañana lloraría el doble. Además, Charlotte me dijo que ya no estaría ese Brody . Leo ya no se encontrará con lo que más odia. Y no puedo dejarlo aquí para que Delilah le contagie los gérmenes.

Entro en la habitación de Leo. Ha dejado la cama y juega en el suelo con sus juguetes. Me siento a su lado y lo pongo en mi regazo.

—Hola, cariño —digo, besándole la cabeza. Tiene el pelo revuelto. Huele a sueño.

Jugamos un rato con sus juguetes. Es un juego de bomberos. Él es el bombero y yo soy el dálmata. Hay un incendio al otro lado de la habitación. Nuestro bombero y nuestro perro se suben al camión de juguete y Leo lo empuja por el suelo para apagar el fuego.

—Anoche llamó la señorita Charlotte —le digo al cabo de un rato—.

Me dijo que tuviste problemas con otro niño.

—Hago una pausa, esperando la reacción de Leo—.

Un niño llamado Brody . —Leo se tensa al oír el nombre del niño.

Se le enrojece la cara y los ojos se le llenan de lágrimas.

Lo abrazo—. Ojalá hubiera sabido que ese niño era malo contigo, Leo.

Me hubiera gustado ayudarte —le digo. No es una acusación.

No lo culpo por no contarme el abuso. Pero quiero que sepa que puede contarme lo que sea—.

La señorita Charlotte dice que Brody ya no volverá a su casa.

A partir de ahora solo estaréis los demás niños y tú. ¿Qué te parece?

Leo sonríe tímidamente. Le gusta la idea.

Delilah se despierta. Le ha vuelto la fiebre.

Tiene los ojos vidriosos y la voz ronca y se lleva una mano al cuello como si le doliera.

Le tomo la temperatura. Vuelve a tener treinta y nueve y pico.

Le doy otra dosis de medicina. La ayudo a bajar la escalera hasta el sofá y le llevo algo de beber.

No tiene apetito. Ve dibujos animados mientras Leo se viste para ir a casa de Charlotte .

Delilah espera en el coche mientras dejo a Leo. Le digo a Charlotte que Delilah no irá después del colegio porque está enferma.

—Hoy solo viene Leo —le digo.

Leo se acerca a la puerta. Mira dentro. No llora.

De vuelta a casa, Delilah vuelve al sofá.

Está agotada por el rápido trayecto en coche hasta la casa de la canguro.

La fiebre la tiene vencida. Me siento a su lado un rato, con su cabeza en mi regazo.

Al cabo de un poco, me levanto para buscar el móvil y avisar a Josh de que Delilah está enferma.

Doy una vuelta por la casa, pero no lo encuentro.

Me lo dejaría en el coche con el bolso cuando llevé a Leo.

Echo un vistazo a Delilah antes de ir al garaje a por el móvil. Está profundamente dormida.

El garaje está separado de la casa. Hay unos quince metros entre nuestra casa y la puerta del garaje.

El día es lluvioso. Salgo por la puerta trasera y afronto el mal tiempo.

Cierro la puerta. No me gusta cómo me siento al darle la espalda.

Pero Delilah no estará mucho rato sola. Si me doy prisa, volveré en treinta segundos.

Corro bajo la lluvia. El jardín está cubierto de charcos.

Piso en ellos y salpican, empapándome la parte inferior del cuerpo.

Tendré que cambiarme los pantalones cuando vuelva.

Las partes más bajas del jardín han empezado a inundarse.

Entro por la puerta lateral, no por la puerta enrollable, y voy al coche. Abro de un tirón la puerta del lado del pasajero y ahí está: mi bolso. Pero voy con prisa y, al cogerlo, lo agarro por la parte de abajo. El contenido del bolso se derrama sobre la alfombrilla.

—Mierda —digo mientras me inclino para recogerlo.

Un pintalabios rueda debajo del asiento. Me agacho y estiro el brazo para cogerlo.

—Buenos días, Meredith —oigo decir.

El sonido de su voz me desequilibra aún más. Me incorporo de un bote. Me vuelvo para mirarla, porque la tengo detrás.

— Bea —digo, llevándome la mano al corazón—. Qué susto me has dado.

Estoy con los nervios de punta.

—No tienes buen aspecto —me dice, entrando en el garaje.

No me he duchado. Llevo el pelo recogido de cualquier manera en un moño.

Llevo puesta la sudadera con la que llevé a Leo a casa de Charlotte .

De no ser por eso ahora estaría en pijama.

No he comido ni bebido nada, aparte del café que me dejó Josh .

Me siento débil y pequeña al lado de Bea .

El corazón me late con fuerza. De forma ruidosa, vertiginosa. Estoy segura de que Bea puede oírlo.

—¿Te encuentras bien? —pregunta.

—La veo cada vez que cierro los ojos —confieso—. No puedo seguir así. No puedo continuar así.

—Tienes que dominarte, Meredith —me advierte Bea —, solo un poco más. Estamos muy cerca de salirnos con la nuestra.

—No puedo más —suspiro—. No puedo seguir guardando este secreto.