Sin dejar rastro Leo
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Leo

presente

Te miro durante la cena, preguntándome si lo del hoyuelo solo se nota a veces. Pero no te lo veo por mucho que te mire. No lo tienes.

Esta noche busco un poco por internet. Veo lo mismo que vio Piper .

La única forma de perder ese hoyuelo es con cirugía.

Algo que cuesta entre dos y tres mil dólares.

Dudo mucho que esa pareja de drogatas soltase un par de grandes para operarte la barbilla.

Tampoco creo que haya ningún cirujano plástico cerca de Michael para hacerlo.

Pongo las dos fotos una al lado de la otra.

Hay muchas más semejanzas que diferencias.

La mayoría de las diferencias podrían achacarse a los años, como la forma en que se te ha ensanchado la nariz o se te ha estrechado la cara.

Pasa al crecer. También tienes el cabello más oscuro.

El sol aclara el cabello. No había sol donde estabas.

Pero sigue estando el hoyuelo del mentón, también conocido en internet como la unión incompleta de la sínfisis mentoniana durante el desarrollo fetal. En lenguaje coloquial, una barbilla partida. Es raro. Es genético. No está. Ya no lo tienes. No es que lo hayas perdido.

Es que no eres mi hermana.

No sé qué hacer con esta información. ¿Se lo digo a papá y le parto el corazón?

¿O dejo que siga creyéndose esa mentira?

Ahora, las posibilidades de que mi hermana vuelva a casa son mínimas.

Papá será feliz mientras crea que eres ella.

Podrá seguir con su vida. Cerrar este capítulo, aunque sea en falso.

Tú, seas quien seas, que has pasado once años encerrada en el sótano de alguien, podrás tener una vida mejor.

Papá cuidará de ti. Te dará todo lo que necesites.

Solo que, probablemente, tengas padres en alguna parte. Quizá hasta un hermano pequeño. Probablemente te echarán de menos.

Espero dos días antes de enseñarle a papá las fotos que me dio Piper . Al principio se enfada mucho, sobre todo conmigo por inventarme cosas.

Pero cuanto más mira las fotos, más se da cuenta.

—La prueba de ADN fue concluyente, Leo —dice—. La prueba de ADN confirmó que es Delilah . Las pruebas de ADN no mienten.

Ese es un gran interrogante. Porque las pruebas de ADN casi nunca se equivocan. Hay errores ocasionales atribuibles a la calidad de la muestra o a la manera en que se manipuló, o a cómo se interpretan los resultados.

Vamos a la comisaría de policía. Papá acorrala a la mujer policía y a uno de sus agentes, mientras tú estás en otra habitación. Les enseña las fotos. Al principio, ella las desprecia.

—No puedes pensar que tendría el mismo aspecto que a los seis años. La gente cambia, Josh . Crece. La grasa infantil desaparece y se marcan los rasgos. Eso es lo que ha pasado aquí.

Achaca los temores de papá a algún trastorno de estrés postraumático, y a que, tras tantos años echando de menos a Delilah , sentirá ansiedad por si vuelve a perderla.

No es tan sencillo. Imprimí los artículos que encontré en internet que dicen que los hoyuelos no desaparecen, sino que son de por vida. Ella lee el artículo y se queda pálida.

—¿Y si la prueba de ADN se equivoca? —pregunta papá.

—Las pruebas de ADN son extremadamente fiables, casi al cien por cien.

—Me gustaría ver los resultados —dice papá, pensando que el laboratorio la ha cagado. Existen cosas como los falsos positivos y las coincidencias comparativas.

La mujer policía no se mueve. Se queda completamente paralizada.

—¿Carmen? —pregunta él—. Me gustaría ver los resultados, por favor.

Aunque no sé por qué, ya que papá es banquero de inversiones, no alguien que entienda un informe de ADN.

—Ya lo traigo yo —dice el encargado.

—No —dice rápidamente la mujer policía—. Déjame a mí.

Se aleja. Papá la sigue con los ojos. No está tan mal para ser una señora mayor. Andará por los cincuenta, como papá, aunque se cuida más que él. Debe hacer ejercicio, comer sano y todo eso. Seguro que debajo de la ropa está cachas.

Niega con la cabeza al volver. Tiene las manos vacías.

—No está —dice con decisión.

—¿Señora? —pregunta el encargado.

—No está. El informe de ADN no está en el expediente.

Lo dice impasible. Con voz monótona. Mira fijamente al encargado y luego a papá, sin pestañear.

—Puede que se le haya pasado. Esos papeles suelen pegarse. Iré a comprobarlo, si lo desea, señora.

—No está dentro. No se me ha pasado.

Ahora está enfadada por dos cosas: una, porque falta el informe, y dos, porque el encargado la ha cuestionado delante de papá y de mí.

—Sí, señora —responde él.

El encargado se ofrece a mirar el informe por internet.

—Puedo hacerlo yo —dice ella.

La seguimos hasta un escritorio. Se sienta ante el ordenador y sus dedos vuelan sobre el teclado. Ni papá ni yo podemos ver lo que pasa en la pantalla porque estamos enfrente de ella.

Deja de teclear. Deja los dedos suspendidos sobre el teclado.

—¿Qué pasa? —pregunta papá.

—Es que… —comienza a decir ella—. He olvidado mi contraseña. Dame un minuto.

Lo hacemos. No sirve de nada. Un minuto después, sigue sin recordar la contraseña del software que sea que utiliza la policía.

—Deje que pruebe con la mía —dice el encargado, alargando la mano hacia el teclado.

—No —salta ella—. No lo hagas.

Alza tanto la voz que la gente se vuelve para mirarla. Se acerca otro policía y pregunta si va todo bien.

La detective Rowlings es poco expresiva. Ha visto en su trabajo todo lo que puede verse. Se ha vuelto insensible a todo lo malo.

Pero aun así, se puede ver una pequeña grieta en su armadura. Es visible. Mira a papá.

—Hemos estado en esto desde el principio, Josh .

Hemos pasado por todos los altibajos de este caso.

Te he visto lidiar con la insoportable pérdida de tu mujer y de tu hija.

He visto desde primera fila tu esperanza y tu aguante cada vez que creías que teníamos una pista sobre el paradero de Delilah .

No te has rendido nunca. —Se le quiebra la voz—.

Estabas empeñado en seguir buscando hasta que Delilah volviera a casa, y yo me dije hace mucho tiempo que seguiría con esto hasta el final.

Si tú no te rendías, yo tampoco. Te he cogido cariño con los años, Josh , y no había nada que deseara más que devolverte a tu pequeña.

Dejó de ser un caso más para mí, se volvió algo personal.

Sé que no debí convertirlo en eso. Nunca hay que dejar que se vuelva algo personal.

Hay un límite. No debe cruzarse. Y yo lo crucé.

»Y entonces recibí la llamada que llevábamos esperando desde hacía once años.

Estaba segura de que era Delilah , Josh .

Lo tenía todo. Se parecía a ella. Decía ser ella.

A diferencia de las impostoras que hemos visto, esta era cien por cien de verdad.

Podía sentirlo en lo más profundo de mi ser.

Lo habíamos conseguido. Habíamos encontrado a Delilah .

Vi el alivio y la euforia en tus ojos. Eso era todo para ti.

»Y entonces llegaron los resultados. Eran negativos.

No coincidían. No me lo podía creer. Me quedé destrozada.

Era imposible. No podía ser. Pensé en cómo te lo diría, en las palabras que utilizaría.

Lo ensayé. Pero cuando llegó el momento, no pude hacerlo.

Sencillamente no pude. No podía volver a quitártela.

Lo siento mucho, Josh . Supongo que, de alguna manera absurda, creí estar haciendo lo correcto, por ti, por ella.

¿A quién podía perjudicar si nadie lo descubría?

Papá llora abiertamente. Esta vez no puedo echárselo en cara porque yo siento lo mismo: un agujero negro en mi interior.

Lo único que queda por aclarar es por qué creíste que papá era tu papá cuando no lo es.

Entramos en la sala donde estás. Es como dar ese largo y último paseo hasta la cámara de ejecución.

Me siento en una silla a tu lado. Papá se sienta ante mí.

No se atreve a mirarte. La mujer policía no entra con nosotros.

Algún policía de mayor graduación se la llevó con la cabeza gacha al terminar su confesión.

La castigarán de algún modo por lo que ha hecho.

No solo mintió, sino que manipuló registros policiales.

Probablemente la despidan. Quizá levanten también cargos contra ella. No lo sé.

Quien hace ahora las preguntas, en vez de ella, es otra persona, un policía varón. No se sienta. Ni se anda con rodeos.

—¿Qué te hizo pensar que este hombre es tu padre?

—¿No lo es? —dices con voz temblorosa. Se te descompone el rostro. Estás indefensa, confusa. Miras a papá, que está llorando. Esa es tu respuesta.

—No. No lo es.

Parpadeas una y otra vez, como si se te hubiera metido una pestaña en el ojo.

Al principio te quedas callada. Te agarras las piernas.

Te meces adelante y atrás en la silla. Es una reacción descarnada, primaria.

Dolorosa de ver. Las lágrimas se acumulan en tus ojos para luego correr por tus mejillas.

Así es como sé que no mientes. Crees de verdad que es tu padre.

—Sí que lo eres. Eres mi papá.

Y entonces yo también lloro.