Sin dejar rastro Meredith #2
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Meredith #2

—El marido ya es culpable en el tribunal de la opinión pública. Pronto lo arrestarán. Entonces podremos seguir con nuestra vida. Todo volverá a ser normal.

—¿Normal? —pregunto, aturdida. ¿Qué es lo normal? Nunca volveré a ser normal—. No lo arrestarán si no encuentran el cuerpo.

—Tú qué sabrás —dice con tono de reproche.

—¿Cómo pueden saber si está muerta o no sin un cadáver?

—Ya se ha condenado antes a gente por asesinato sin tener un cadáver —dice, cuestionando mi teoría—. Solo necesitan suficientes pruebas circunstanciales para convencer al jurado de que está muerta.

—¿Pruebas circunstanciales? —pregunto—. ¿Como cuáles?

Los pormenores de la investigación son secretos. Solo conocemos algunos. La buscaron con perros. No la encontraron, o lo sabríamos.

—Su ropa ensangrentada.

—¿Qué hiciste con su ropa? —pregunto. Pienso en la forma en que le arrancó a Shelby la ropa, dejando que su cabeza colgara sin sostenerla. No fue nada delicado.

Bea no dice qué ha hecho con la ropa de Shelby . Pero lo deduzco por su silencio.

—Vas a inculpar a Jason . Estás usando su ropa para inculparlo. —Me llevo la mano a la boca, incrédula.

—¿Desde cuándo lo tuteas? —pregunta.

—¿Has olvidado que Shelby era clienta mía?

—pregunto—. Conozco a Jason . Y bastante bien.

Tiene una hija, Bea . Una niña pequeña. Acaba de perder a su madre.

No puede perder también a su padre. No dejaré que le hagas eso —digo, y por primera vez, estoy segura de todo.

Una cosa fue matar a Shelby , pero dejar que Jason cargue con las culpas es algo muy distinto, porque eso sería deliberado y premeditado.

No puedo quitarme a Grace de la cabeza, me la imagino creciendo sin el amor de una madre y de un padre—. Llamaré a la policía.

La convicción en mi voz es inconfundible. Veo que en Bea se produce un cambio. Al principio se queda desconcertada. Me mira boquiabierta.

—No puedes hacer eso —me suplica. Su tono de voz cambia, es menos dominante, más desesperado.

Se ablanda y, por primera vez desde que matamos a Shelby , veo resquebrajarse la coraza en que se ha envuelto—.

Por favor, Meredith . Piénsalo bien. Te lo ruego.

No puedo ir a la cárcel. No sobreviviría. No soy tan fuerte como tú.

—No, no lo eres —le digo—. Eres más fuerte.

Ella niega con la cabeza. No cree ser más fuerte que yo.

— Kate me dejará si voy a la cárcel. Seguirá con su vida sin mí. Y no habrá nada entre nosotras para cuando salgamos. Ni para ti ni para mí. Ni una puta cosa, Meredith .

Me está suplicando.

Cierro los ojos. Imagino el mundo dentro de diez o doce años, cuando por fin salgamos de prisión.

Para entonces, Delilah y Leo serán adolescentes.

Estarán en secundaria. No los habría visto crecer.

Puede que incluso me odiasen por ello. Quizá estén resentidos, avergonzados, humillados.

¿Los llevará Josh a visitarme? ¿Querría yo que viniesen a verme en la cárcel?

Josh , en mi ausencia, podría conocer y enamorarse de otra mujer. Me destroza pensar todo eso.

—Contrataremos a un buen abogado —le digo—.

Josh tiene clientes que son abogados defensores.

Encontraremos uno que pueda ayudarnos. Piénsalo, Bea .

No tenemos antecedentes penales. Ninguna de las dos ha sido detenida antes por conducir bajo los efectos del alcohol.

Podríamos llegar a un acuerdo con el fiscal.

—¿Y cuál sería? —pregunta, mosqueada—. ¿Cinco años en vez de diez? ¿Tienes una puta idea de cómo será pasar cinco años en la cárcel? No sobreviviríamos ni cinco minutos.

No me importan las consecuencias. No puedo vivir con la muerte de Shelby sobre la conciencia. No quiero vivir así. Shelby nunca verá crecer a su hija. ¿Por qué debería hacerlo yo?

—Lo siento, Bea . Tengo que hacerlo.

Bea vuelve a cambiar de actitud. Se endurece.

—Ni lo sueñes —dice. Ahora soy un estorbo. Soy lo que se interpone entre la libertad y ella.

Voy a marcharme, pero Bea se pone en medio, bloqueándome el paso. Estoy atrapada entre la puerta del coche y la pared del garaje. Apenas tengo espacio para pasar.

—¿Y si le dijera a la policía que era yo quien conducía? ¿Y si digo que tú bebiste demasiado y que yo me ofrecí a conducir? Que fui yo quien atropelló a Shelby . Que fue idea mía llevarla al bosque y esconderla allí. Y que lo hice contigo inconsciente por la borrachera en el asiento de atrás.

—Nadie te creerá —dice con tono monocorde.

Da un paso hacia mí. Las luces del garaje están apagadas. La única luz que hay es la del exterior, y el día es gris. Apenas entra luz.

—¿Por qué? —pregunto.

Miento muy mal. Pero la policía no tiene pruebas de lo contrario. Sería mi palabra contra la de ellos. No les quedaría más remedio que creerme.

—Porque no pudiste hacerlo sin mí. Calada hasta los huesos pesas unos cuarenta y cinco kilos, Meredith . No hay manera de que pudieras moverla tú sola. No hay manera de que pudieras enterrarla sola.

—Hice mi parte —le digo—. Esa noche hice lo que hice.

—Pero no podrías haberlo hecho sin mí. Nadie te creerá. Acabaremos en la cárcel.

—Matamos a una mujer, Bea —le recuerdo—. Acabamos con una vida.

Tengo el móvil delante, en la alfombrilla del coche.

Mis ojos se posan en él. Me inclino para cogerlo antes de que ella pueda detenerme.

Bea ve lo que hago y se abalanza sobre mí para quitarme el móvil de las manos.

Nunca me dejará llamar a la policía. El icono de la batería se ilumina en rojo. Está a punto de apagarse.

Forcejeamos por el móvil. Intenta arrancármelo de las manos.

Yo me echo hacia atrás y la empujo. No lo hago a propósito.

Es una reacción instintiva. Bea se tambalea hacia atrás, hacia el revestimiento de la pared, llena de clavos que sobresalen.

Es algo de lo que siempre hablamos Josh y yo.

De lo peligrosos que son los clavos de las paredes del garaje.

Nos preocupa que los niños puedan cortarse con ellos.

Nos preocupa el tétanos. Josh ha dicho que usará unas cizallas para cortarlos, pero nunca lo ha hecho.

Bea cae sobre ellos. Se le clavan en un brazo.

Está sangrando, pero no creo que se haya dado cuenta.

La caída hace que se mueva más despacio.

Lo aprovecho para moverme más deprisa. Tengo que alejarme de ella.

Si llego a la casa, podré cerrar la puerta con llave.

Llamar a la policía desde allí. Confesaré lo que he hecho.

Dejaré que Bea decida lo que quiere contar cuando la policía vaya a por ella.

Pero solo consigo llegar al otro lado del coche. Es rápida. Me alcanza allí y me agarra del brazo.

—Dame ese móvil —suelta, apretándome el brazo con tanta fuerza que me duele—. Dame el puto móvil, Meredith .

Intento soltarme, pero no puedo. Me vuelvo para mirarla.

Los ojos de Bea están fuera de sí. Estoy a punto de decirle que no, que no le daré el puto móvil.

Pero las palabras se me bloquean en la garganta.

Bea ahora empuña un martillo. El martillo de Josh ha debido cogerlo del banco de trabajo al pasar.

—¿Qué crees que vas a hacer con eso? —pregunto.

—Tú dame el móvil y lo dejo —dice.

Casi la creo. No quiere hacerme daño. Lo sé. Bea nunca ha sido agresiva conmigo hasta que pasó lo de Shelby , ni conmigo ni con nadie. Era buena.

Pero la Bea que tengo delante está acorralada. No tengo ni idea de hasta dónde está dispuesta a llegar para protegerse a sí misma y a su libertad.

—Dame el puto móvil, Meredith —dice, extendiendo la mano libre.

Le digo que no. Que no puedo hacerlo. Miro mi móvil y encuentro el teclado.

Alza el martillo por encima de la cabeza.

—No me pongas a prueba, joder —grita.

—¿O qué? —la reto—. ¿Qué me harás, Bea ?

No dice nada. Es un farol. Bea es mi amiga. Hace años que nos conocemos. No es como si yo fuera Shelby . Bea no conocía a Shelby . No sentía afecto por ella. Le fue mucho más fácil hacerle a Shelby lo que le hizo que hacerme daño a mí.

Doy media vuelta para volver a casa y llamar a la policía desde allí.

Pero al darme la vuelta, me sorprendo al ver a Delilah en la puerta abierta del garaje, mirándonos. Tiene en la mano el mando del televisor. El pelo le cae sobre la cara. Tiene los ojos nublados por la fiebre y el miedo.

—Mamá —dice. Su vocecita flaquea al ver a Bea con el martillo a pocos pasos de mí, al oír la discusión entre Bea y yo.

Todo pasa a la vez.

Los ojos de Delilah se abren como platos. Se llenan de lágrimas.

—Mamá. El mando no funciona —dice mientras siento el dolor inmovilizador del martillo golpeándome la cabeza por detrás.

Es más por el shock que por el dolor. Intento hablar, decirle que corra, pero mis palabras se vuelven de pronto ininteligibles. Se me doblan las piernas y me desplomo. El garaje me da vueltas. El suelo frío del garaje me recoge y, entonces, todo se vuelve negro.