Sin dejar rastro Leo
88%

Leo

presente

Piper Hanaka se me acerca en el instituto.

Estoy delante de mi taquilla, intentando abrirla por tercera vez, porque Adam Beltner ya me la ha cerrado dos veces. Lo he dejado correr las dos veces. Me ha llamado cagado. Si me hubiera defendido, me habría hecho polvo. Haga lo que haga, no podría ganarle.

Tienes suerte de no haber ido al instituto. El instituto es una mierda.

—Claro. Vale. Supongo —le digo a Piper .

Es día de partido, lo que significa que las animadoras llevan el uniforme.

Las faldas son tan cortas que Piper es toda piernas.

Apenas le cubren la entrepierna. Aprendí por las malas que se supone que no debo mirarle las piernas porque, entonces, me llaman cosas como «pedófilo» y «pervertido».

Así que no la miro para nada. Finjo buscar algo en la taquilla.

—Vi la foto de Delilah en el periódico.

—Sí. Yo también.

—Es todo muy triste.

—Sí, lo sé.

—Pero supongo que también debería ser algo feliz, porque ha vuelto.

No sé qué decir, así que digo:

—¿Qué quieres enseñarme?

Nunca he tenido una novia. Ni siquiera ha habido ninguna chica a la que yo le gustara.

En primero, alguien me dijo en clase de gimnasia que yo le gustaba a una chica llamada Molly .

Todavía tengo pesadillas con eso. Me llevó tres días reunir valor para invitarla al baile de la fiesta de bienvenida.

Resultó que era mentira. Los chicos se partieron de risa a mi costa cuando ella me dijo que no.

Ya tenía pareja, un chico mayor en el equipo de fútbol, con pinta de linebacker, porque es lo que era.

—Cuando Delilah desapareció, mi madre me hizo tirar todas las cosas que tenía relacionadas con ella.

No le parecía sano tenerlas cerca. Fue una mierda.

Tenía la mitad de un collar de mejores amigas que compartía con Delilah .

Mi madre me obligó a tirar mi mitad a la basura.

«No significa nada sin la otra mitad», dijo.

Me eché a llorar. Así que me compró un nuevo collar de mejores amigas y me dijo que se lo podía dar a quien quisiera.

Tendría seis años, pero no pude olvidar a mi mejor amiga así como así.

—¿A quién se lo diste?

—A Lily Morris . ¿Te acuerdas de ella? Ya ni siquiera vive aquí. Se mudó a Carolina del Norte o algo así cuando teníamos doce años.

Niego con la cabeza. No la recuerdo.

—No importa. De todos modos, Lily nunca fue muy buena amiga. En cuarto grado hizo correr el rumor de que me hacía pis encima cuando me reía.

Querría preguntarle si es cierto. Si lo fuera, me parecería entrañable.

—El caso es que mi madre solo me dejó quedarme con una foto de Delilah .

—Qué bueno —digo, aunque me parece una capullada por parte de la señora Hanaka obligarla a deshacerse de todo lo que le recordase a ti. En cambio, papá lo guardó todo. Tus zapatos de arcoíris con purpurina siguen junto a la puerta, igual que hace once años. Seguro que los has visto.

Piper me enseña la foto. En ella eres una niña.

Es un primer plano de tu cara y de la de Piper , pegadas por la mejilla.

Estás sonriendo. Te faltan la mitad de los dientes.

Eres toda pelo rojo y pecas, feliz como la niña que veo bailando en los vídeos caseros de papá, no como la persona asustada que eres ahora.

—Es que estaba, bueno, buscando por internet si el hoyuelo de la barbilla es una de esas cosas que te desaparecen, ¿sabes? Y no es así.

Digan lo que digan los niños como Adam Beltner , no soy idiota. Sé lo que quiere decir Piper con esto. Lo que no sé es cómo sentirme con ello.

Piper recortó tu foto del periódico. Los Hanaka deben ser los únicos del mundo que siguen recibiendo el periódico de papel en casa.

Pones las dos fotos una al lado de la otra, la que te sacó ayer algún fotógrafo gilipollas y la de cuando tenías seis años.

Se parecen mucho, pelo rojo y ojos verdes, salvo por el hoyuelo de la barbilla.

Nunca me había fijado en que tenías un hoyuelo en la barbilla.

No es algo superevidente. Es un hoyuelo poco profundo, de esos que no se notan a menos que alguien te los señale.

Pero ahora que sé que está ahí, me llama mucho la atención.

Solo que en la foto que te hicieron ayer no tienes ningún hoyuelo.

Ninguno en absoluto. Ni siquiera uno pequeño.

Suena el timbre. Miro a mi alrededor y los pasillos están vacíos. Llegamos tarde a clase.

Piper se aleja de mí, abrazando sus libros contra el pecho.

—No te enfades conmigo, Leo —dice, antes de dar media vuelta y echar a correr.