Sin dejar rastro Meredith
86%

Meredith

hace once años

Mayo

No puedo seguir así. Josh se ha dado cuenta de que me pasa algo.

Pregunta qué me pasa. Se acerca sigilosamente por detrás cuando estoy en la cocina o en el fregadero.

Me masajea los hombros. Me tenso cuando lo hace.

No es que no quiera que Josh me toque. No tiene nada que ver con Josh .

Es que siempre tengo a Shelby en la cabeza.

La veo cuando estoy despierta. La veo cuando tengo la suerte de poder dormir.

El recuerdo de ella desnuda sobre ese lecho de hojas me pone los pelos de punta.

Solo es cuestión de tiempo que la encuentren los animales, si es que no la han encontrado ya.

Josh me dice cosas como «Oye, cariño, ¿va todo bien?», y la gastada fórmula de «¿Dónde anda tu cabeza?», porque nota que estoy pensativa.

Cuando lo hace, me encojo de hombros y le digo que estoy bien. Me responde que empieza a odiar esa palabra: «bien». La tensión entre nosotros va en aumento.

Bea viene casi todos los días. Se acerca sigilosa cuando estoy sola en casa. Debe seguir mis idas y venidas, o mirar si mi coche está aparcado aquí.

Cuando viene, le pregunto cosas como «¿Qué hiciste con mi ropa?» y «¿Qué hiciste con la ropa de Shelby ?». Me falta aire todo el tiempo, vivo presa del pánico. Lo que lo empeora es tener que ocultárselo a Josh y al resto del mundo. Solo puedo hablar libremente cuando viene Bea .

Bea , en cambio, siempre está tranquila. Me dice que no me preocupe.

—Me ocupé de ello —dice, refiriéndose a la ropa, lo cual no responde a mi pregunta. ¿Cómo se ocupó de ello?

—Hoy no has ido a trabajar —dice Bea con tono acusador—. Tenías clase a las nueve. Lo he visto en la página web. Debiste asistir.

—No me encuentro bien.

No es mentira. La culpa no es solo emocional.

Se manifiesta de manera muy física. Me duele la cabeza.

Me duele la espalda. Tengo un nudo en el estómago y estoy estreñida.

No podría concentrarme en clase, y mucho menos aguantarla entera sin sentir la abrumadora necesidad de llorar o vomitar.

Dedico mucho tiempo a darle vueltas a lo que hicimos esa noche, cuestionando las decisiones que tomamos, las decisiones que tomé yo.

No puedo olvidarlo. Me tiene obsesionada.

Mi mente pasa por un estado de cambio constante.

No puedo pensar en nada que no sea lo que sucedió esa noche. No duermo. Apenas como.

—Tienes que actuar con normalidad, Meredith . Con normalidad.

No soy especialmente religiosa. Los niños, Josh y yo vamos a la iglesia en Pascua y en Navidad, nada más. Pero hay un versículo de la Biblia que no deja de rondarme desde la última noche: «La verdad os hará libres».

Suena tan sencillo. Cometo el error de contárselo a Bea .

—Convenceremos a la policía de que fue un accidente, de que no pretendías atropellar a Shelby —le digo—. Fue algo inevitable. Lo entenderán.

Bea me mira incrédula.

—¿Has perdido la maldita cabeza? —suelta—. ¿Que lo entenderán, joder? No pisé un bicho. Maté a una persona. Matamos a una persona entre las dos, Meredith .

—Por favor, Bea —le suplico—. No puedo seguir viviendo así.

—Tienes que hacerlo —dice ella—. Busca el modo.

—Da un paso hacia mí—. Yo estaba borracha, Meredith .

Tú lo sabías y me dejaste conducir de vuelta a casa.

La culpa es tan tuya como mía. Tú también irás a la cárcel si nos descubren, ¿sabes?

¿Cómo crees que se las apañarán Josh y los niños contigo pudriéndote en la cárcel durante años?

Lo he pensado. Tengo una respuesta preparada.

—Ya no pueden hacernos la prueba de alcoholemia. Es demasiado tarde para que puedan probar que ibas bebida, así que sería un delito mucho menor, una falta leve.

Se me queda mirando durante un segundo.

—¿De verdad eres tan tonta? —dice después—. ¿Desde cuándo eres abogada?

Y me doy cuenta de que a Bea no la domina la misma culpa que a mí.

La Bea que conozco no es cruel. Es compasiva. Franca, pero amable. Esta Bea está asustada.

—Ya no se trata solo de homicidio involuntario o de una falta leve —dice—. Porque la llevamos al bosque y la escondimos allí. Eso es encubrimiento de un homicidio. —Hace una pausa para que cale en mí—. Va siendo hora de que dejes tu puta conciencia a un lado y pienses en tus hijos.

Cuando se marcha, me desplomo en un sillón. No me muevo de ahí hasta que pasan seis horas y oigo a Josh entrar en casa con los niños. Primero los oigo fuera. Simulo estar ocupada antes de que entren.