Sin dejar rastro Leo
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Leo

presente

Papá entra en mi habitación antes de que me vaya a la cama. Estoy con álgebra. Álgebra es la única asignatura que me gusta porque siempre hay una respuesta correcta y una incorrecta, sin nada en medio. A diferencia de la vida, no tiene partes grises. La vida es toda gris.

—¿Puedo pasar? —pregunta papá.

—Es tu casa —digo, encogiéndome de hombros.

—No seas así, Leo.

—¿Cómo quieres que sea?

Normalmente no soy tan testarudo.

Pasa y se sienta en el borde de mi cama. Le doy la espalda.

—Quiero que me escuches. Que me oigas. No estás siendo justo con ella.

Me vuelvo en la silla. Lo miro. Es una silla giratoria. Puedo volver a no mirarlo cuando quiera.

—Te escucho —le digo.

Lo digo con tono irritado. He tenido que ser el adulto toda mi vida. Está siendo agradable actuar como un crío, para variar.

Papá está cada día más viejo. Cuando murió mamá envejeció como diez años.

Ha envejecido otros tantos contigo en casa.

Tiene el pelo gris. Barriga. Ojeras porque no duerme.

Siempre anda cansado. Tampoco come mucho, y no comida de verdad, porque le ha dado por alimentar la depresión con cerveza y patatas fritas.

A eso se debe la barriga. En otro tiempo fue un atleta.

Me mostré escéptico cuando me dijo que, antes de nacer yo, participó en una maratón.

Le dije que no lo creía. Me enseñó la medalla para demostrarlo.

Ahora solo corre cuando alguien dice haberte visto.

No recuerdo cómo era papá. Pero hay fotos, vídeos caseros. En ellos, se le ve en forma. Estaba cachas. Tenía el pelo castaño y mucho. No era tan fino como ahora. Ni gris. Y su sonrisa tampoco era tan falsa.

Se ha abandonado.

—Según lo explicó el psiquiatra —dice papá—, la gente se vuelve casi loca cuando se queda aislada tanto tiempo a oscuras como tu hermana. Se les altera la percepción del tiempo, los ciclos de sueño. Al no poder ver, padecen privación sensorial. La jode, Leo.

Me quedo tieso porque papá acaba de decir jode. Papá no dice tacos.

—Ese amigo de Delilah era una alucinación.

Pero para ella era real. La tuvieron recluida en un sitio sin nadie con quien hablar.

Sin poder ver nada en la oscuridad. No tenía ningún otro estímulo, Leo, y su mente se puso a trabajar y creó a Gus , que para tu hermana era tan real como tú lo eres para mí.

No mentía. No es una mentirosa. Creía al ciento diez por ciento que Gus era de verdad.

Puede que Gus fuese lo único que la ayudó a sobrevivir a aquello.

Cuando me lo pone así, me siento un mierda por haberte llamado mentirosa y esquizo.

Papá no me obliga a disculparme. Lo hago de todos modos.

Entonces se me ocurre una idea. Le pido a papá que saque los vídeos caseros y que los veamos. Por un momento, es como si tú volvieras a ser tú y mamá siguiera viva.