Sin dejar rastro Meredith
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Meredith

hace once años

Mayo

Al día siguiente estoy dolorida. Me duele todo el cuerpo. Me despierto con los labios de Josh acariciando los míos. Abro los ojos y ahí está, suspendido sobre mí.

—Se suponía que debías despertarme cuando volvieras a casa —me regaña—. Teníamos una cita.

—Lo siento —digo. Tengo la saliva espesa y la boca seca como el algodón. Trago con dificultad.

—No me digas que se te olvidó.

—Te lo compensaré.

Me cuesta levantarme de la cama. Me lleva un tiempo. La habitación me da vueltas. Me duele la cabeza, con un dolor que se extiende hasta la nuca.

Josh se ríe mientras me mira.

—Parece que Bea y tú os lo pasasteis muy bien después de que nos fuéramos.

Me sonrojo. Josh no sabe de la misa la media. Solo sabe que Bea y yo nos quedamos para tomar otra copa cuando Kate y él se fueron.

Cree que estoy de resaca.

—¿A qué hora llegaste a casa? Intenté mantenerme despierto un rato —dice, y yo le digo que no lo sé, que perdimos la noción del tiempo.

— Bea no quería irse —le digo.

Qué no daría por volver a la noche anterior, por irme a casa con Josh en lugar de quedarme con Bea .

Me obligo a levantarme de la cama. Siento que cuando Josh me mira, percibe algo diferente, me ve cambiada.

Anoche, cuando volví, me duché en el baño de la planta baja.

No podía arriesgarme a despertarle a él o a los niños.

Me fui a la cama con el pelo todavía mojado.

Fue hace solo cuatro o cinco horas. Si se fijase bien, vería que todavía lo tengo mojado.

—¿Quieres café? —pregunta Josh , parado ante el espejo, mientras se arregla la corbata. Le digo que sí, aunque no estoy segura de poder retener nada en el estómago—. Dame un minuto. Prepararé una cafetera.

En cuanto me levanto tengo que salir corriendo camino del váter. Me arrodillo ante él, agarrándome al asiento con las manos sudorosas. Las tres o cuatro copas que me tomé anoche no son las que me provocan estas náuseas. Lo que me pasa en las tripas es culpa de lo que pasó luego.

—Vaya —dice Josh , acercándose por detrás. Se queda en la puerta del baño, sonriendo orgulloso mientras me limpio el vómito de la boca con el dorso de la mano—. Menuda fiesta de cumpleaños. Debiste de pasar un rato estupendo con Bea . Tiene suerte de conocerte.

No suelo ser el alma de la fiesta. Soy más bien la aguafiestas cuando salgo por la noche. La primera en querer irse a casa. Esto no es propio de mí. Josh disfruta con mi resaca porque no me pasa a menudo.

Coge una toalla del tocador. La moja en agua fría y me la pasa. Cuando la cojo, veo que sigo teniendo barro bajo las uñas pese a habérmelas frotado anoche.

Oculto las manos a Josh . Mi corazón me delata latiendo con fuerza.

La noticia empieza a correr a última hora del día. Empieza por Facebook . Como un ruego. Shelby y yo somos amigas en Facebook , como lo soy con muchas de mis clientas. Shelby aparece etiquetada en la publicación de otra amiga. Esa amiga la busca.

Por la noche, Shelby sale en las noticias locales.

Josh y yo las vemos juntos. Los niños están en la cama; son las noticias de las diez. Me quedo paralizada cuando sale la noticia, sin atreverme apenas a respirar mientras la presentadora habla de Shelby . Debería decirle a Josh que la conozco. Que es una clienta.

Pero me da miedo. Dudo en decírselo porque nunca he sido muy buena actriz. Me preocupa reaccionar de forma poco auténtica y que eso me delate.

Y como no se lo digo ahora, no podré decírselo luego.

Querría saber por qué no se lo dije antes.

Es lo mismo que me pasó con Marty . Pasan los días y ya no puedo contarle lo de la demanda por negligencia, ni hablarle del Dr. Feingold , ni nada relacionado con ello, porque todo resultaría raro y deshonesto.

Le doy vueltas a la posibilidad de que venga la policía preguntando si conozco a Shelby , y tener que decidir si le miento o no. Si miento, no saldré bien parada. Pero si digo la verdad, Josh podría enterarse y descubrir que le he ocultado información. Es un círculo vicioso. No puedo ganar.

Al día siguiente, Bea viene a casa. Estoy sola cuando llega.

—¿Deberían vernos juntas? —le pregunto tras cerrar la puerta.

—¿A qué viene eso, Meredith ? —pregunta ella.

—Por lo que hicimos —susurro entre dientes.

—¿Y qué hicimos? ¿Ir al bar a pasarlo bien?

Me dice que tengo que actuar con normalidad para evitar sospechas.

Me revuelvo ofendida.

—Actúo con normalidad —digo, aunque no sea así. Me falta mucho para que lo sea.

Bea pregunta qué haría yo si desapareciera una de mis clientas.

—No lo sé —digo, controlando las ganas repentinas de llorar. Bea se mantiene impasible ante mí. Es alta. Se alza sobre mí en el vestíbulo de mi casa. No ha traído paraguas, así que está mojada. Gotea sobre la alfombra de la entrada—. Nunca me ha pasado antes.

—No seas idiota —dice, inexpresiva. Lo siento como una bofetada en la cara—. En teoría, Meredith , ¿qué harías?

Trago saliva.

—Llamaría a su marido. Le diría que lo siento. Vería si puedo ayudarlo en algo.

—Pues hazlo —ordena—. Y hazlo hoy.

Se marcha tal y como ha llegado. Me acerco a la ventana para ver cómo se aleja, para asegurarme de que se ha ido del todo.

Fuera, el mundo es gris carbón. Hay niebla. Solo se ve hasta el otro lado de la calle. El mundo que hay más allá desaparece entre nubes.

Durante los siguientes días, la policía invade nuestro barrio como la nieve en invierno. Lo observo desde la distancia. Nadie viene a casa a hacer preguntas, aunque estoy obsesionada con qué haré cuando pase, si es que pasa.

Todo lo que sabemos, lo sabemos por el boca a boca y las noticias.

A Josh le tiene muy alterado.

—¿Cómo puede desaparecer una mujer adulta así como así? —pregunta sin dirigirse a nadie en particular.

Camina a un lado y otro de la casa. Dice no querer que yo salga de noche mientras no encuentren a quien haya hecho esto.

—¿Me vas a llevar y traer de los partos? —le reto—. ¿Despertarás a los niños en plena noche para que te acompañen?

Lo piensa detenidamente.

—Cogerás un taxi —es su respuesta—. El conductor puede dejarte y recogerte en la puerta del hospital.

—No seas ridículo —digo, intentando controlar el temblor de mi voz—. Has oído lo que dicen del marido, ¿verdad? ¿Que la mató él? Creo que estoy a salvo, mientras tú no tengas planes para matarme —digo, saliendo de la habitación. Estoy siendo más terca de lo que debería.

Estoy destrozada por la culpa. No solo por la muerte de Shelby , sino porque Jason pueda cargar con la culpa.

—¿Te has cabreado? —pregunta Josh cuando me encuentra luego en el baño preparándome para irme a la cama—.

¿Te he molestado? —Se acerca por detrás.

Posa una mano atenta al final de mi espalda.

Me abraza por detrás, rodeándome la cintura.

Entrelaza las manos. Apoya la barbilla en mi hombro—. No podría vivir sin ti.

No me merezco a Josh después de lo que he hecho. Josh es un buen hombre.

Solo aguanto unos segundos antes de liberarme de su abrazo.

—¿Qué pasa, Meredith ? —pregunta.

—Nada —le respondo bruscamente—. Estoy bien.

—No pareces estar bien.

—Estoy bien.

Me sorprendo buscando cosas en internet.

¿Cómo muere exactamente alguien al ser atropellado?

A menudo es por un traumatismo craneal. También por los daños orgánicos, la hemorragia interna, el daño que sufren las arterias principales.

Me sumerjo en un agujero negro de información.

Cuando atropellamos a Shelby , su cuerpo debió rebotar contra el capó del coche, por la fuerza del impacto y las leyes del movimiento de Newton.

No debería haber caído delante del coche.

Eso me hace pensar que no estaba de pie.

Que estaría agachada, haciendo algo tan inocente como atarse los cordones de los zapatos.

¿Quién pensaría que te podrían matar por estar atándote los cordones del zapato?

Otra cosa que busco: ¿los cadáveres emiten sonidos después de morir? La respuesta es sí. Cuando se mueve un cuerpo después de morir, se le puede escapar el aire que queda en la tráquea. El resultado es un gemido o un quejido.

Me obsesiono con eso. Intento reproducir el sonido que oí cuando metimos a Shelby en el maletero. ¿Sería el aire contenido de su tráquea saliendo? ¿O seguiría viva?

¿ Shelby rebotó contra el capó y se cayó delante de él? ¿O caería como un dominó?

No importa. En ambos casos, sigue muerta.

La lluvia no para por nada en el mundo. Me atormentan las imágenes de Shelby desnuda y helada, tirada bajo la lluvia, tiritando, calada hasta los huesos. No lo soporto.

Una mañana me encuentro ante el armario, buscando algo para ponerme.

Mi mente me grita que elija algo: «Coge cualquier cosa».

Me paraliza la indecisión. Me pasa todos los días.

Y no es solo la ropa. Son todos y cada uno de los millones de decisiones aparentemente insignificantes que tomo cada día.

Tengo a los niños a mis pies, discutiendo.

No tengo fuerzas para reaccionar. Sus voces suenan muy amortiguadas, como si yo estuviera bajo el agua y ellos fuera, mientras miro al abismo infinito que es mi armario. Es demasiado.

Me decido por algo. Me meto en el coche.

Llevo a los niños a donde tienen que ir, aunque Leo llore y me suplique que no lo deje con Charlotte .

No puedo seguir con esta culpa. No puedo vivir así, solo pienso en lo que hicimos Bea y yo.

Pienso de día y de noche en el momento del impacto.

Todavía siento el coche chocando contra ella e, instantes después, la asquerosa sensación de pasar por encima de su cuerpo, no una vez, sino dos.

Me atormentan los «y si…». ¿Y si hubiera vuelto a casa con Josh ? ¿Y si no hubiéramos tomado la última copa? ¿Y si hubiera insistido en conducir yo? ¿Y si Shelby hubiera estado en la acera? ¿Y si no se le hubiera desatado el zapato y se hubiera agachado para atárselo, si es que eso fue lo que pasó?

La culpa es una carga muy pesada. Una herida de guerra.

Voy a la tienda. Ya no me gusta conducir.

Estoy demasiado atenta a todo. Conduzco por debajo del límite de velocidad.

Piso el freno en cuanto veo el menor movimiento de reojo.

Tengo todo el rato el corazón a cien. No es que piense que pueda pasarme algo.

Pienso que soy yo quien va a hacerle daño a alguien.

Me sudan las manos sobre el volante. No consigo agarrarme bien al cuero.

Los otros coches me pitan. Mi exceso de precaución me convierte en un peligro.

Compro una manta en la tienda. Es de lana a cuadros. Me la llevo al bosque, donde vi por última vez a Shelby . Tengo que buscar un rato porque todos los árboles y el río me parecen iguales, y el río está más crecido que la última vez.

Los días son tormentosos. Ya no vemos el sol.

Encuentro a Shelby . Hace días de su muerte. Verla me deja hecha polvo. Sigue casi enterrada, pero la lluvia se ha llevado buena parte de la tierra. Veo partes de ella. Una pierna hinchada, sobre un lecho de hojas fangosas. Mechones de cabellos teñidos.

Me pongo guantes mientras saco la manta del embalaje.

Tengo cuidado de no tocarla. Voy hasta ella y cubro con la manta lo que queda visible de su cuerpo.

No quiero mirar. Pero no puedo apartar la mirada.

Lo que veo es indescriptible. Shelby está morada donde la sangre se ha acumulado.

La gravedad ha hecho su trabajo, atrayendo hacia abajo la sangre estancada.

Tiene la mitad inferior del cuerpo completamente magullada.

Las moscas han descubierto el cuerpo y zumban a su alrededor y se posan en él.

Intento espantarlas, pero no me tienen miedo. Se marchan, y luego vuelven.

Cuando miro el cuerpo más de cerca, veo gusanos.

En lo que no pienso es en las huellas de mis zapatos en el barro. Solo al irme me doy cuenta. He visto suficientes series policíacas como para saber que es así como pillan a la gente. Por una fracción de segundo pienso en dejarlas. Así la cosa no dependería de mí. Si han de cogerme, que me cojan.

En lo más profundo de mi ser creo que eso es lo que quiero: que me cojan.

Pero no puedo hacerlo. Me quito los zapatos. Vuelvo sobre mis pasos. Me arrodillo, borro las huellas de zapatos con las manos enguantadas a medida que retrocedo. Para cuando he terminado, estoy cubierta de barro. Dejo que la lluvia me limpie. Me llevo al coche lo que queda.

A medio camino de casa, tengo que parar en el arcén para vomitar.

Ahora, cuando pienso en ella, sigue sola, pero al menos no tiene frío.

Es lo único que me ayuda a pasar la noche.