Leo
presente
No os acompaño a lo de la hipnosis. Voy al colegio porque papá me obliga a ir. Le preocupa que me haya perdido demasiados días y empiece a retrasarme en los estudios.
El día es un asco, como todos los días que voy a clase.
Cuando vuelvo a casa, papá y tú estáis en la cocina.
Al abrir la puerta de la calle te oigo decir a papá que lo sientes.
No llego a entrar, me quedo parado, mirándote desde allí, preguntándome qué es lo que sientes.
Pareces tan pequeña. Te miras las manos, tirándote de los padrastros que te has arrancado y mordido.
Papá te ha comprado ropa y, aunque te queda bien, no es para ti.
Las chicas ya no usan ese tipo de ropa; papá tuvo que comprarla en la sección infantil y no en la de adolescentes.
Llevas un oso panda en la camiseta. Con arcoíris en vez de orejas.
Una chica como Piper Hanaka no se pondría eso ni muerta.
—Lo siento, señor —vuelves a decir.
—No hay nada que sentir —te dice papá—. No lo sabías. ¿Cómo ibas a saberlo?
Noto un temblor en la voz de papá. Me lo sé de memoria.
Apenas es capaz de mantener la boca cerrada para no romper a llorar.
Mientras miro, papá alarga los brazos como para abrazarte.
Tú te encoges echándote hacia atrás y te das contra la encimera.
Papá se da cuenta. Baja los brazos, aceptando que eres más una víctima con un trauma que su hija.
Puede que nunca llegues a ser la hija que él conocía.
Papá no ha vuelto al trabajo desde que estás en casa.
Ha pedido un permiso por familiar enfermo.
No le pagan, pero eso no importa porque tenemos dinero.
Papá es adicto al trabajo. Después de que desaparecierais mamá y tú, prefería estar en el trabajo a estar en casa conmigo.
Nunca nos íbamos de vacaciones ni hacíamos nada divertido.
Cree que no se merece cosas buenas. Nuestro coche es un Passat de doce años con ciento sesenta mil kilómetros, cuando podría permitirse el mismo Mercedes-Benz que han comprado los vecinos.
—No tienes la culpa —dice papá.
Cierro la puerta principal y dejo caer la mochila haciendo suficiente ruido como para que sepas que he vuelto. Voy a la cocina.
—¿Cómo ha ido? —pregunto. Cojo una manzana y le doy un mordisco. Papá y tú estáis callados—. Lo de la hipnosis —digo, con la boca llena de manzana, porque nadie me responde—. ¿Cómo ha ido?
—Bien —dice papá, moviéndose para preparar la cena. Saca carne picada de la nevera y una sartén del armario. Deja la sartén con cuidado, procurando hacer el menor ruido posible por ti—. Ha sido muy informativo. Hemos aprendido mucho. Me alegro de haberlo hecho.
Eso es andarse con rodeos.
Desplazo la mirada de papá a ti. Estás parada con los hombros encogidos, la cabeza inclinada hacia adelante. Le doy otro mordisco a la manzana. Esta vez mi pregunta es menos genérica.
—¿Qué habéis descubierto?
Al principio no dicen nada. A nadie le apetece decírmelo. Espero y, al final, eres tú quien me lo dice.
— Gus no es de verdad —dices. Mueves los pies, mirándolos fijamente, por lo que el pelo te cae sobre los ojos.
Me quedo boquiabierto.
—¿Cómo que no es de verdad?
—Que Gus es de mentira —dices sonrojándote—. Que me lo inventé todo.
Eso me saca de quicio. Después de todo lo que papá ha hecho por ti, vas tú y haces esa idiotez. Has puesto a papá y a la policía en alerta por un niño que no existe.
—¿Por qué has hecho eso? —te pregunto.
—No era mi intención.
—¿Cómo que no era tu intención?
Estoy enfadado porque nadie va y se inventa a otra persona por casualidad. Lo hiciste para llamar la atención. Para que se ocuparan de ti.
—Déjalo estar, Leo —dice papá. Su voz es seria. Me mira con el ceño fruncido.
Pero no pienso dejarlo pasar.
—Es una mentirosa, papá.
Tú pones mala cara. Papá también. Como si yo te hubiera pegado.
—No insultes a tu hermana.
—Pero lo es —digo.
—No lo es.
—Entonces, ¿qué es? ¿Una esquizo?
Lo suelto sin pensar. No pretendo ser gilipollas. Es que lo soy. Pero me has cabreado. Creía que estábamos conectando. Que te estabas abriendo a mí. Y resulta que no.
Papá golpea la encimera con una cuchara de madera. Se oye muy fuerte.
—¡Maldita sea, Leo! Cállate. No sabes lo que dices.
Nunca en toda mi vida me había dicho papá que me callase. Tú te sobresaltas por el ruido. Tiemblas. Rompes a llorar. A no ser que también sea mentira. Puede que lo simules solo para engañarnos.
Papá hace que te sientes en una silla. Te da algo de beber. Te da una de las pastillas que te recetó el psiquiatra.
Si yo mintiera, papá me quitaría internet por un mes. Tú mientes y te mima.
Cuando pareces estar más tranquila, papá vuelve a ponerse a picar carne. Yo me quedo allí mirándolo todo y luego me voy.
Nadie me pregunta qué tal me ha ido el día.