Meredith #3
Bea comienza a cavar en la tierra blanda con las manos enguantadas.
—¿Vas a quedarte ahí parada mirando? —pregunta.
Dejo caer las piernas de Shelby , con suavidad.
Me arrodillo. Empiezo a cavar en la tierra, con las manos aún cubiertas por las mangas de la camisa.
Tengo el cuerpo de Shelby a mi lado, mirándome.
Me muevo de forma impulsiva, inconsciente.
De forma automática, por no saber qué otra cosa hacer.
No puedo irme. Bea es la que tiene las llaves.
Es la que manda. Lloro mientras cavo. Por un momento, todo mi cuerpo es presa de las arcadas.
Intento controlarme, pero me dominan las emociones. Shock, horror, culpa, miedo.
Nos lleva una eternidad cavar un hoyo lo bastante grande para que quepa el cuerpo de Shelby .
Es una chapuza, en el mejor de los casos.
No es lo bastante profundo o ancho. No tenemos una pala.
Bea ha encontrado en algún momento una rasqueta de hielo en el maletero y nos la turnamos.
También cogemos ramas de árbol para apartar la tierra.
Bea le quita la ropa antes de enterrarla. Le arranca salvajemente la camiseta por la cabeza. Le baja los pantalones. Le deja la ropa interior alrededor de las rodillas.
Shelby desnuda todavía conserva el peso que ganó con el embarazo. No ha perdido los kilos de más que tanto le preocupaban. Tiene los pechos enormes y caídos. Se le salen del sujetador que Bea le quita.
Miro a Bea mientras le saca los zapatos. Pienso en la vergüenza y la indignidad de que te encuentren desnuda. Un último desastre. Aparto la mirada. No puedo mirar.
—¿Por qué, Bea ? —pregunto.
—Que esté desnuda implica que ha pasado algo de tipo sexual. La policía buscará a un hombre.
La arrastramos hasta el agujero. Usamos la tierra y el barro que hemos desenterrado para cubrirla.
Recorremos el bosque, recogiendo todos los restos que encontramos: hojas y palos.
Los arrojamos sobre el barro que la cubre.
El cuerpo de Shelby sobresale ligeramente de la tierra.
Pero poco. Con suerte, nadie la encontrará.
En algún momento del camino a casa deja de llover.
Bea se detiene justo antes de llegar a casa y aparca a un lado de la calle.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —pregunto.
Bea apaga el motor.
—Sígueme —es lo único que dice.
Salimos del coche y empezamos a caminar por la acera. Las dos estamos sucias, cubiertas de barro. Lo llevo en la ropa, en las manos, en los zapatos. En el pelo.
Bea me pregunta si tengo lejía. Le digo que sí. Para entonces, la lluvia ya se ha llevado la sangre de Shelby de la calle. Ya no se ve. Nadie sabrá que estuvo allí.
Pero el maletero de Bea sigue teniendo rastros de sangre. Hay que limpiarlo.
—¿Dónde está? —pregunta, caminando deprisa. Tiene las piernas más largas que las mías. No me espera. Tengo que correr para mantenerme a su altura.
—En el garaje —digo.
Es donde Josh y yo guardamos los productos de limpieza, para que Wyatt y los niños no puedan encontrarlos por accidente.
Llegamos a mi casa. Me resulta surrealista estar fuera de ella a estas horas de la noche. No reconozco mi patio.
—Ve a por ella —dice, refiriéndose a la lejía—. Esperaré aquí.
Se queda en el patio. Está lleno de árboles. El barrio tiene cientos de años. Algunos de los árboles estaban aquí antes que las casas. Nos protegen. Nadie puede vernos, o al menos eso creemos.
Mi casa está a oscuras. Las luces del porche, apagadas.
Josh debió olvidarse de encenderlas para mí.
Le pasa a menudo. Debe ser medianoche. Si Josh se despertase, se preocuparía.
Aunque Josh tiene el sueño profundo. Las probabilidades de que despierte son escasas.
Es mucho más probable que lo haga uno de los niños y venga a buscarme.
Pienso en Jason . ¿Estará profundamente dormido como Josh , o estará despierto, preocupado, preguntándose por qué no ha vuelto Shelby de correr?
Me meto en el garaje. Dejo las luces apagadas. Me muevo de forma mecánica. Cojo la lejía y vuelvo con Bea . Fuera hace frío. Solo ahora que me ha bajado la adrenalina me doy cuenta. Empiezo a temblar. Al principio es leve, pero luego se vuelve muy fuerte. Tengo convulsiones.
Bea me quita la lejía de la mano.
—Yo me encargo —dice—. Ve a darte una ducha y acuéstate. Y recuerda: no le digas nada a nadie, ¿me oyes? Nada.
Me ofrezco a ayudar a Bea a limpiar. No quiere mi ayuda.
Antes de irse, me obliga a desnudarme.
—¿Por qué? —le pregunto.
—Tú hazlo —dice.
Me desnudo ante la puerta de mi casa hasta quedarme en sujetador y bragas. Estoy demasiado rota para sentir vergüenza. Bea se lleva la ropa.
—¿Qué vas a hacer con eso? —pregunto. Está cubierta de barro, de sangre.
—Deshacerme de ella. Es una prueba —dice, antes de añadir—: Vete a casa, Meredith . Vete a casa, con tu marido y tus hijos. Olvida todo lo que ha pasado esta noche.
Empieza a alejarse de mí. La agarro del brazo.
—¿Y si no puedo? —pregunto, sabiendo que nunca olvidaré esta noche.
—Tienes que hacerlo —dice mientras se suelta y se marcha.