Sin dejar rastro Meredith #2
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Meredith #2

—No podemos hacer eso —dice Bea .

—¿Por qué? ¿Qué más da?

La respuesta de Bea es meditada, rápida. Va dos pasos por delante de mí.

—Porque si la dejamos aquí, mañana por la mañana como muy tarde tendremos a la policía buscando a un conductor que se dio a la fuga, si es que no empieza a hacerlo esta misma noche.

Si nos deshacemos de ella, buscarán a alguien desaparecido.

Es distinto. ¿No lo entiendes, Meredith ?

Podría tener marcas de neumáticos en el cuerpo, pintura en la ropa.

Pruebas que la relacionarían conmigo. No tenemos otra salida —dice—.

Sé que es duro. Pero tenemos que deshacernos de ella.

Niego frenéticamente con la cabeza. Me echo a llorar.

—No puedo. No puedo participar en esto —vocifero. Le doy la espalda. Agarro la manilla de la puerta. Pienso en marcharme. ¿Adónde voy? ¿Qué voy a hacer?

Bea me agarra antes de que pueda irme. Intento zafarme de ella, pero no puedo. Me vuelvo hacia ella.

—Déjalo, Bea . Suéltame. No pienso ser parte de esto. No puedo cargar con esto sobre mi conciencia. Debemos llamar a la policía. Tienes que entregarte.

—Despierta ya —dice, y me da una fuerte bofetada.

Me callo, sorprendida. La mejilla me escuece.

Me la toco con la mano mientras contengo un sollozo—.

¿Sigues sin entenderlo? —pregunta. Tiene la presencia necesaria para no subir la voz—.

No eres una espectadora inocente. Eres parte de esto.

¿Qué crees que diría Josh de saber que hemos atropellado a una mujer en la calle?

¿Crees que seguirá viéndote de la misma manera?

Me noto dominada por la vergüenza y el miedo. ¿Qué haría Josh si lo supiera? Atropellar a Shelby fue un accidente. Pero ¿qué pensaría de mí por ir en el coche con Bea , sabiendo que estaba borracha?

—No lo sé —digo frenéticamente, negando con la cabeza—. No sé cómo se lo tomaría.

—Sal del coche, Meredith . Ahora. No puedo cargar sola con ella.

Habla con firmeza. Ya no somos iguales. Bea es la que manda.

Salimos del coche. Volvemos al cuerpo. Shelby boca arriba es más fácil de llevar.

Bea pasa los brazos por debajo de las axilas y levanta la parte superior del cuerpo.

Para que yo pueda cogerla por los pies, tiene que sacarla antes de debajo del coche.

Yo lloro todo el rato, entre espasmos de mi cuerpo.

Bea me dice que me calle, que me dé más prisa.

Solo es cuestión de tiempo que aparezca alguien.

Lo hago de forma automática. Hago lo que me dice. Esto no está pasando, me digo. No es real. Sigo esperando el momento de despertarme. Tiene que ser un sueño, una horrible pesadilla.

No me despierto.

Llevamos a Shelby hasta la trasera del coche.

Está tan flácida como una muñeca de trapo.

En la cabeza tiene una marca de cuando se estrelló contra el asfalto.

Está hinchada. Sangra. Le sale sangre por la boca.

Lo que le ha causado la muerte es algo más que superficial.

Traumatismo craneal. Fallo orgánico. Hemorragia interna.

Bea la sujeta con una mano para poder abrir el maletero. Es incómodo y torpe. La cabeza de Shelby cae hacia atrás, casi rompiéndose. Cuando Bea abre el maletero, sale de él una luz insignificante. Pero en esta calle oscura es como el sol. Bea se asusta.

—Deprisa —dice, casi arrojando la mitad que tiene de Shelby dentro del maletero, junto a las pinzas de arranque y una caja de arena para gatos.

La cabeza de Shelby golpea el interior del maletero con un ruido sordo. Siento náuseas. No haré lo mismo. Deposito con cuidado y ternura la mitad inferior de Shelby y la coloco para que esté cómoda.

A Bea no le gusta eso.

—Date prisa, Meredith . Métela ya.

Sus ojos estudian la calle. Hay casas. La mayoría a oscuras. Casi todo el mundo está durmiendo. Las ventanas de las pocas que hay iluminadas están vacías. No hay nadie mirando.

Me aparto del maletero. Cuando Bea lo cierra, me parece que oigo gemir a Shelby .

Se me hiela la sangre. Únicamente le ha tomado el pulso Bea . Yo no.

—¿Qué ha sido eso? —pregunto, asustada—. Vuelve a abrir —digo, pero Bea se limita a mirarme.

—Es hora de irse, Meredith .

Empieza a alejarse.

—Ha hecho un ruido. La he oído —insisto—. Tenemos que comprobarlo.

¿Y si sigue con vida?

¿Y si Bea se equivoca?

—Yo no he oído nada.

—Por favor, Bea —le suplico—. Abre para que pueda comprobarlo.

—Sube al puto coche —dice, yendo al asiento del conductor y entrando. Yo la sigo, solo porque Bea me dice que cuando lleguemos a nuestro destino podré ver si sigue viva. Arranca el coche. No enciende los faros.

—Si está viva, la llevaremos al hospital —digo—. Prométemelo, Bea . Prométeme que si sigue viva la llevaremos al hospital.

—No está viva.

—La he oído. Ha hecho ruido.

—Son imaginaciones.

Bea arranca. No sé a dónde vamos ni cuánto tardaremos en llegar. Si Shelby está viva, ruego para que en el maletero haya suficiente oxígeno como para que aguante un rato.

Pero ¿y el tubo de escape que está pegado al maletero? ¿Le entrará monóxido de carbono?

¿Y cuánto tardará en desangrarse si tiene una hemorragia interna?

Bea enciende los faros tras recorrer una manzana.

—Si oíste algo —dice al cabo de un rato—, es porque los cuerpos hacen ruido al morir.

Bea mantiene la vista fija en la carretera. No me mira.

Empieza a llover a cántaros. Las gotas golpean el parabrisas. Si los meteorólogos tienen razón, esta será la primera de las muchas lluvias que vendrán.

—¿No podemos comprobarlo? —pregunto a unos kilómetros de casa. El hospital está cerca. Si está viva, podríamos llevarla allí.

—Cállate, Meredith . ¡Cállate de una vez! —salta Bea .

Me callo. Pienso en Shelby en el maletero. Pienso en lo que hemos hecho. Pienso en Jason y su hija en casa. Pienso en Josh , en casa, en nuestra cama, esperando a que llegue.

Conducimos durante kilómetros. Atravesamos el pueblo y seguimos adelante.

La carretera se vuelve boscosa. Atraviesa la vega del río, en los lindes de una reserva forestal.

Desaparecen las casas. La carretera se vuelve estrecha, de grava.

Los árboles se cierran a nuestro alrededor, arañando el capó del coche.

Es ahí donde Bea detiene el coche, en medio de la carretera de grava abandonada. Salimos.

—No podemos hacer esto. No quiero hacer esto, Bea .

—No voy a ir a la cárcel —dice.

Está empeñada en eso. Nunca había visto este aspecto de Bea . No sé quién es esta mujer, pero sé que está tan asustada como yo, aunque lo manifieste con ira y control. Es una buena persona. No es una psicópata. Pero está acorralada, desesperada por encontrar una salida. Esta es su salida.

Abre el maletero. Me preparo, sin saber si encontraremos a Shelby viva o muerta.

Shelby está muerta. No tiene pulso. Ya han empezado a aparecer los primeros signos de rigor mortis. Tiene el rostro congelado en una mueca aterradora. Le ha cambiado el color de la piel.

Pero ha cambiado de posición desde que la metimos en el maletero. Eso me preocupa.

¿Estaba viva y se movió por sí misma dentro, intentando salir desesperadamente?

¿O estaba muerta y fue por la energía cinética?

No puedo dejar de pensar en ello, me obsesiono.

Pero eso ahora no importa, aparte de para aliviar mi culpa. Shelby está muerta.

He perdido la noción del tiempo. No sé cuánto tiempo hace que pasó el accidente, ni cuánto tiempo hemos conducido.

La lluvia es constante. Shelby se me resbala mientras la cargamos bosque adentro. En mis manos mojadas, sus tobillos son como sardinas. Me cuesta sujetarlos. El suelo está blando y húmedo. Tropezamos con raíces de árboles. Nos hundimos en el barro.

Aquí no hay que preocuparse por hacer ruido.

Nos adentramos unos doscientos metros en el bosque. Oigo el río en la distancia. Va rápido. Lo primero que pienso es que Bea quiere arrojar el cuerpo al río.

Pero entonces se detiene antes de llegar. Deja caer su mitad de Shelby . Sin cuidado.