Meredith
hace once años
Mayo
Tengo los ojos cerrados. Canto a pleno pulmón el estribillo de una canción. No me sé la letra. Me la invento sobre la marcha. A mí me suena muy bien. Bea y yo nos reímos, aturdidas, eufóricas. Vamos tan deprisa que el coche parece que vuela. Volamos.
Hemos dejado el centro. Las luces se han quedado atrás, las calles están oscuras.
Bea debe ver algo, porque oigo un grito ahogado un instante antes del impacto. Yo únicamente lo oigo, recuerdo después al hacer memoria.
El impacto es pronunciado, un golpe sordo y pesado, y luego el silencio.
Cuando ocurre, me enderezo de pronto en el asiento.
Estoy desconcertada. Abro mucho los ojos.
Bea pisa el freno a fondo, pero la velocidad del coche hace que no nos detengamos de inmediato.
Avanzamos unos metros más. El coche da un tumbo, pasa sobre lo que sea que hayamos golpeado.
Bea pisa más el freno. Esta vez nos detenemos.
El cinturón de seguridad se bloquea, inmovilizándome donde estoy.
Bea da marcha atrás y retrocedemos. El coche vuelve a botar.
Me quedo en silencio. Miro el mundo a oscuras que hay al otro lado del parabrisas y no veo nada, solo estrellas.
—Ay, mierda, ay, mierda, ay, mierda —no deja de decir Bea a mi lado.
—¿Qué ha sido eso? —es lo único que consigo preguntar.
Los zorros suelen merodear por el barrio de noche. También los coyotes. Hay muchos. Los vecinos siempre avisan a las personas que sacan a sus gatos y perros pequeños para que se anden con cuidado.
Bea no me contesta.
—Ay, mierda, ay, mierda —es todo lo que dice.
Golpea el volante con las manos.
El ambiente dentro del coche ha cambiado radicalmente. Hay un silencio sepulcral.
Bea sale. Con movimientos rígidos. Robóticos. Deja la puerta abierta. Va a la parte delantera del coche. Yo sigo en el asiento del copiloto, mirando, inmovilizada por el cinturón de seguridad.
Bea está iluminada por la luz de los faros. Parece un ángel.
Estoy muy bebida. Todo sucede a cámara lenta. He perdido el sentido de la profundidad. Me siento desconectada, pero sigo consciente, se me está pasando el colocón.
Bea y Kate tienen un gato. Acogen animales. Bea nunca haría daño a nadie a propósito. Está fuera de sí por la culpa. Se encoge, se lleva una mano a la boca y llora. Solo es un momento. Bea no es de las que lloran.
Se recupera. Se seca los ojos. Corre hacia el coche.
Al sentarse en el asiento del conductor, está escalofriantemente sobria. Tiene un plan.
Lo primero que hace es cerrar de un portazo. El coche se sume en la oscuridad. Apaga los faros. La calle que tenemos delante también se vuelve negra. Las farolas son como linternas. Son más decorativas que prácticas.
—¿Qué haces? —pregunto.
Si el animal está muerto, no podremos hacer nada por él. Si sigue vivo, podemos llamar a Kate . Kate podría ayudar.
Bea se vuelve hacia mí. Me agarra del brazo tan fuerte que me duele. Me clava las uñas.
—No puedes contarle esto a nadie. ¿Me oyes, Meredith ? Tienes que prometérmelo. ¿Me lo prometes?
Me sereno de pronto porque me está asustando. La gente atropella animales todo el rato. Por eso hay una palabra en inglés para ello. Roadkill . No es que sea una insensible, pero son cosas que pasan.
—Tranquilízate, Bea —digo sin darle importancia, con un susurro despreocupado—. La gente atropella animales todo el rato. No pasa nada. ¿Sigue vivo?
Intento soltarme el brazo. Bea no me deja. Más bien al contrario, me aprieta con más fuerza. Noto mis latidos en el antebrazo.
Apenas hay luz en el coche. Puedo distinguir la silueta de Bea , pero los detalles son imprecisos.
—Prométemelo —exige Bea . No le tiembla la voz. Pero hay algo desquiciado en su mirada, no está bien.
—Lo prometo, Bea —respondo a petición suya—. No diré nada.
Le digo que lo que sea que estaba en la calle apareció antes de que ella tuviera oportunidad de reaccionar. No puede culparse por ello. Es culpa de esa cosa, sea lo que sea.
—Cuando tenía dieciséis años atropellé a toda una camada de mapaches. Crías —le digo. Acababa de sacarme el carné. Conducía de noche. No los vi, pero me sentí culpable durante meses. Me sentí fatal por ello.
—¡No es un puto mapache, Meredith ! —grita Bea .
No la he visto perder los estribos desde que la conozco. No conozco esta faceta suya. Dura, con una voluntad de hierro. No conozco a esta Bea . Esta Bea que replica.
El silencio llena el coche. Me mira fijamente, con ojos desorbitados y el pelo cayéndole sobre el rostro.
No puedo oír mi respiración entrecortada, pero siento la forma en que me sube y me baja el pecho.
— Bea —digo. Me sale como un suspiro—. ¿Qué pasa? ¿Con qué has chocado?
Su silencio me aterroriza. Me suelta el brazo. Se relaja en el asiento, mirando al frente.
Salgo del coche. Me tambaleo hasta la parte delantera. Tengo que ver qué es.
Me preparo para lo peor. Los animales atropellados nunca son bonitos. Pienso en una decapitación, en alguna extremidad arrancada. Aquí ha pasado algo horrible. Algo que ha afectado a Bea hasta lo más hondo.
Y entonces lo veo al tenue resplandor del cielo nocturno.
No es un animal.
Me invade el horror. El corazón se me acelera. Tengo las piernas de goma. Me sudan las palmas de las manos. Al principio me quedo paralizada, boquiabierta, llevándome las manos a la boca para contener un grito.
Es una persona, una mujer, a juzgar por la longitud del pelo y la forma del cuerpo.
Está tumbada boca abajo, con un charco de negrura apenas perceptible extendiéndose debajo de ella.
Tiene los brazos levantados como si fueran postes de fútbol americano.
Es la misma postura en la que solía dormir Delilah cuando era un bebé, boca abajo con los brazos por encima de la cabeza, envueltos en sus largos cabellos. Tiene las piernas debajo del coche.
Bea sale del coche. Se para a mi lado.
—Tendría que haber llevado ropa reflectante. Un puto casco con linterna. Haberse quedado en la acera.
Al final me ceden las piernas. Caigo de rodillas, no por elección sino por necesidad. La grava de la calle se me clava en la piel. Alargo la mano hacia la mujer.
—No la toques —dice Bea cuando lo hago. Son palabras cortantes. Me sobresaltan.
—¿Por qué? —pregunto, consternada, mirando a Bea por encima del hombro—. Tenemos que ayudarla, Bea . Necesita ayuda. No podemos dejarla aquí.
—Claro que no vamos a dejarla aquí. Ayúdame —dice, dejándose caer al otro lado de la mujer.
Ahora Bea lleva guantes. Los tendría del invierno en el coche.
Yo tengo las manos desnudas. Bea me dice que meta las manos en las mangas de la camisa para no tocarla con ellas.
No se me ocurre preguntar por qué. Me limito a hacerlo.
Intentamos darle la vuelta. No pesa mucho.
Pero está flácida, es todo peso muerto. Al principio no podemos levantarla.
Hay que hacerla rodar. Pienso que no deberíamos estar haciendo esto.
No debe moverse a alguien herido. Deberíamos dejarla como está y pedir ayuda.
El pensamiento no se me va de la cabeza.
Se queda conmigo. Hago caso a Bea . Me muevo casi automáticamente, sobre todo porque creo que estoy en estado de shock.
Esto no está pasando. No estoy aquí. Me he disociado de lo que pasa y, aunque físicamente tengo parte de mi ser aquí arrodillado, dándole la vuelta a esta mujer, el resto de mí mira, horrorizado, desde la distancia.
Solo consigo ver bien a la mujer cuando está tumbada boca arriba. El alcohol de mi interior me sube a la garganta y me sorprendo corriendo a vomitar a unos arbustos. Empiezo a gritar. Un instante después tengo a Bea delante de mí, pidiendo que me tranquilice.
—Cállate, Meredith —me espeta, más asustada que otra cosa—. Vas a despertar a toda la puta calle.
Me tapa la boca con la mano y contiene mis gritos. Tengo que luchar con ella para poder respirar. Bea está asustada, lo sé. Es presa del pánico. Yo también.
La mujer de la calle es Shelby .
Aparto a Bea . Corro de vuelta al coche. Busco el móvil en mi bolso. Tengo a Bea encima nada más encontrarlo. Me lo arrebata de la mano.
—Devuélvemelo —digo.
—¿Qué crees que haces? ¿A quién vas a llamar?
Forcejeo con ella por el móvil, pero Bea es más grande y más fuerte que yo. Me gana.
—La conozco, Bea —le digo, y se lo explico. Bea se queda desolada, pero eso no cambia nada para ella—. Hay que llamar al 911 —insisto—. Pedir una ambulancia. Necesita ayuda.
—Estamos borrachas —me regaña Bea —, y ella está muerta, Meredith . Muerta. Le he tomado el pulso, y no tiene. No podemos hacer nada por ella. Si alguien lo descubre, acabaré en la cárcel.
—¿Y qué quieres hacer? —pregunto—. ¿Marcharte sin más?
Me resulta inconcebible dejar a Shelby aquí, en medio de la carretera, para que la encuentre otro.
Bea niega con la cabeza.
—Claro que no, Meredith . No podemos dejarla aquí. —Y al principio siento alivio. Pienso que quiere hacer lo correcto—. Tenemos que deshacernos de ella —dice, y se me para el corazón.
—¿Qué quieres decir? —pregunto, horrorizada.
—Llevarla a algún lugar apartado, donde no la encuentren en un tiempo, si es que la encuentran.
—No —digo, negando violentamente con la cabeza—. No, Bea . ¿Por qué vamos a hacer eso? Has perdido la cabeza.
—Escúchame —dice Bea , con voz controlada.
Me coge la cabeza con las manos y me obliga a mirarla—.
Tú escúchame. Sé que estás alterada. Lo entiendo, Meredith .
Yo también. Pero piensa un momento. Para y piensa.
Esa mujer está muerta. No podemos hacer nada por ella.
Si estuviera viva, llamaría a una ambulancia.
Yo misma la llevaría a urgencias. Pero está muerta.
Está muerta, joder. Nada de lo que hagamos podrá cambiar eso.
Pero si nos entregamos, estaremos jodidas.
Yo estaré jodida. No podemos salvarla a ella, pero sí a nosotras.
—Así que la dejaremos aquí —digo, decidida—. La dejamos aquí y hacemos una llamada anónima a la policía.
Si la alternativa es ocultar su cuerpo, prefiero dejarla aquí.