Sin dejar rastro Kate
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Kate

hace once años

Mayo

Los siguientes días pasan dos cosas. Una prueba de paternidad, realizada por la policía con el permiso de Jason , revela que Jason Tebow no es el padre de la pequeña Grace . La noticia nos deja atónitas a Bea y a mí. Resulta que ni a Jason ni a Shelby les iba la monogamia.

Un día después, llama una enfermera de la consulta del Dr. Feingold con la noticia: han recibido los resultados del análisis.

—Lo siento, cariño —dice por teléfono—, pero no tengo buenas noticias. No está embarazada.

Simulo estar triste mientras le doy las gracias con un murmullo y cuelgo el teléfono.

La búsqueda de Meredith y de Delilah continúa hasta que se estanca.

Las batidas que organiza Josh crecen para luego decaer a medida que la gente empieza a perder la esperanza.

Se rinden. Sus vidas siguen adelante, mientras que las de Josh , Meredith y Delilah no lo hacen.

La policía aumenta la búsqueda por un tiempo recurriendo a perros y buzos, peinando los bosques y el río.

Se recurre a la policía estatal y, poco después, Meredith y Delilah se convierten en noticia nacional.

Aun así, siguen sin encontrarlas. El tiempo no ayuda.

Casi todos los días hay que suspender la búsqueda por las malas condiciones del río y la amenaza de más lluvias.

Y entonces, el pitido del móvil me despierta una mañana: es un mensaje en el chat del grupo. Cuando miro, en el móvil tengo una foto de la trasera de un coche con el primer plano de una matrícula.

Todavía estoy desorientada por el sueño. Necesito un momento para procesar lo que estoy viendo. Cuando lo hago, me doy cuenta de que la foto es de la matrícula de Meredith . Es el coche de Meredith .

Me incorporo en la cama. Grito a Bea , pero está fuera, trabajando otra vez en su estudio.

Los siguientes segundos, el chat del grupo es un hervidero de actividad.

El coche de Meredith fue visto por un miembro del grupo en el aparcamiento de un motel a dos pueblos de distancia. Ya se ha avisado a la policía.

Bea también ve el mensaje. Viene corriendo a buscarme.

Decidimos llevar a Josh al motel, sin ducharnos, sin cafeína.

Ha estado en contacto con la detective, pero se niega a quedarse en casa a esperar noticias, aunque eso sea justo lo que ella le ha dicho que haga.

Está comprensiblemente alterado y en esas condiciones no puede conducir.

Los tres dejamos a Leo con la canguro y, mientras Josh lo acompaña a la puerta, yo llamo a la consulta y pido que trasladen a los pacientes de la mañana a otro día.

Ahora los que me necesitan son Josh , Meredith y Delilah .

El trayecto se me hace muy largo, aunque no deben de ser más de veinte minutos. No hablamos en todo el viaje, cada uno perdido en sus propios pensamientos, imaginando lo peor.

El motel está situado junto a una carretera de dos carriles en una zona que no pertenece al municipio.

No hay gran cosa en los alrededores, aparte de un puñado de edificios industriales y campo, buena parte del mismo en venta y anegado.

Cuando llegamos al motel, ya hay presencia policial en el aparcamiento.

Al principio no vemos el coche de Meredith , pero lo localizamos por el círculo de agentes que lo rodea.

Josh abre la puerta con el coche todavía en marcha. Salta de él y corre hacia el de Meredith . Tiene las puertas y el maletero abiertos y la policía mira dentro.

No veo a Meredith ni a Delilah .

—¿Las ves? —le pregunto a Bea , mirando por el aparcamiento.

—No —dice Bea .

Ella también mira, pero solo hay un puñado de curiosos y la policía.

El aparcamiento no es muy grande. Aparco el coche en un sitio libre y caminamos en dirección a Josh .

No llegamos muy lejos sin ser detenidas por la policía, que nos obliga a esperar a unos diez metros de lo que el agente llama «la escena del crimen».

Sus palabras hacen que la garganta se me seque de repente y estoy segura de que en el coche han encontrado algo.

Un cuerpo o más sangre. Bea me coge de la mano mientras él nos dice eso y nos quedamos clavadas donde estamos, esperando impacientes a que Josh vuelva con noticias.

El motel en sí es un tanto cutre. Es pequeño y está muy descuidado.

Un edificio de una sola planta con puertas en una única fachada.

En el aparcamiento, un letrero de neón parpadea con la palabra « Vacancy » (habitaciones libres), anunciando habitaciones por solo cincuenta dólares la noche o doscientos la semana.

Deduzco que la mayoría de la clientela es gente sin techo. Viven aquí.

No es el tipo de sitios a los que iría la Meredith que conozco.

—¿Qué han encontrado? —pregunta Bea cuando Josh se acerca.

—El coche —nos dice sin aliento—. Está vacío.

No hay rastro de ninguna de las dos, pero hay barro en el asiento del conductor.

Y sangre en el asiento del copiloto. Un agente fue a hablar con el recepcionista.

Meredith se registró aquí el mismo día en que desapareció.

Pagó en efectivo. Alquiló la habitación por un mes, no quería que pasase la de limpieza.

La policía va a registrar la habitación.

—Se interrumpe ahí, pasándose las manos por el pelo.

Tiene los ojos cansados, pero con un subidón de adrenalina.

No tiene buena pinta—. Se supone que debo quedarme aquí y esperar, pero…

Se le apaga la voz.

Al rostro de Josh asoman dos cosas: esperanza y desesperación.

Bea se acerca a él. Nos quedamos así los tres, uno al lado del otro, cogiéndonos de la mano.

Los policías entran en la habitación y cierran la puerta tras ellos. Tardan demasiado en salir. Mi preocupación aumenta exponencialmente a cada minuto que pasa. Me remuevo. Apenas puedo estarme quieta, pero me obligo a estarlo por el bien de Josh .

Josh pregunta cosas del tipo:

—¿Por qué creéis que tardan tanto?

Dios bendiga a Bea , a quien se le ocurren explicaciones razonables que tranquilizan a Josh .

—Querrán hablar con ella. Preguntarle cosas. Si es que está ahí.

Yo creo que, si Meredith y Delilah estuvieran allí, en esa habitación, los policías habrían salido de inmediato. Pero no salen. Llevamos demasiado tiempo mirando desde detrás de la barricada de la cinta de seguridad, contemplando expectantes la puerta cerrada del motel.

Algunos policías se han quedado para vigilarnos.

Hablan entre ellos por walkie-talkies, pero lo hacen en voz baja y apagada; no oímos lo que dicen.

Entonces, mientras miramos, dos de los policías se alejan, camino de la habitación.

Alguien a quien no podemos ver los deja pasar.

La puerta se cierra. En la habitación hay una ventana, pero las cortinas están echadas. No podemos ver nada.

—¿Qué está pasando? —grita Josh , pero nadie le responde.

El número de curiosos se ha duplicado desde que llegamos. Los coches que pasan por la carretera reducen la velocidad para mirar por la ventanilla.

Trago saliva cuando el primer policía sale de la habitación.

El día está nublado, aunque no llueve. Sorprendentemente, hoy no hay amenaza de lluvia.

En alguna parte detrás de las densas nubes, el sol lucha por abrirse paso y al principio pensé que era muy apropiado que hubiera luz tras tantos días a oscuras, pero ya no estoy tan segura.

El policía lleva el sombrero en las manos. Cruza el aparcamiento hacia nosotros con la cabeza gacha. La mujer detective lo sigue a tres pasos de distancia.

A mi lado, Bea me aprieta la mano con fuerza. Nadie dice nada. Nadie respira.

Cuando la mujer detective llega hasta nosotros, le pregunta a Josh si puede hablar con él.

Josh accede rápidamente y pasa por debajo de la cinta.

Sigue a la detective. Se dirigen a un lugar lo bastante apartado como para que nadie los oiga, pero todos podemos verlos.

Intercambian unas palabras. No tardan mucho.

J osh cae de rodillas en el aparcamiento ante una docena de curiosos.

Llora. Sus sollozos lastimeros se oyen incluso desde donde estamos, mientras se le escapa un «¡Noooooo!

» desesperado y prolongado que me acompañará el resto de mi vida.

Sus movimientos se vuelven salvajes, rabiosos, mientras golpea con las manos desnudas el suelo de grava del aparcamiento y mira suplicante al cielo, exigiendo saber por qué.

—¿Por qué? —grita—. ¿POR QUÉ?