Meredith #2
Josh y yo intercambiamos una mirada de desilusión. Ya no podemos irnos.
Josh sugiere que acerquemos nuestra mesa a la de Kate y Bea , para hacer una mesa para cuatro en vez de dos para dos. Esto produce algo de bajón, pero no mucho. La nostalgia que siento seguirá aquí dentro de una hora.
Llegan las bebidas para Kate y Bea . Kate propone un brindis.
—Por Bea .
Es su cumpleaños. Hoy cumple treinta años. Han venido a celebrarlo. Las copas se alzan sobre la mesa. Alguien choca demasiado fuerte y el líquido pegajoso se derrama por el borde, salpicándonos las manos. Nos reímos. Kate busca servilletas a toda prisa, disculpándose.
—¿Qué hacéis fuera un jueves por la noche? —pregunta Bea .
Josh me mira con complicidad.
—¿De verdad necesito un motivo para pasar una noche con mi guapa esposa?
La comida es abundante. Las raciones son grandes.
Me lo como todo porque el alcohol me ha abierto el apetito.
Traen la comida de Bea y Kate . Más bebidas.
Josh y yo pedimos otra ronda por el cumpleaños de Bea .
Alguien en la azotea se entera del cumpleaños y todo el mundo se pone a cantar «Cumpleaños feliz».
Es una cacofonía. No suena bien. Bea intenta esconderse detrás de la carta de postres, pero Kate se la arrebata.
No está avergonzada de verdad; lo hace por dar la nota.
No es de las que se avergüenzan fácilmente. Cuando terminan, se besan.
Kate y Bea son opuestas. Kate es convencional.
Bea no. Kate no destaca como lo hace Bea .
Bea es llamativa. Inolvidable en actitud y aspecto.
Nada ni nadie puede tocarla. El atuendo que ha elegido para esta noche es de medias negras con pantalones muy cortos, una chaqueta de piel sintética sobre una camiseta y botas Doc Martens .
Pocas personas pueden lucir así ese atuendo.
Bailamos. Bailo con Josh . Y luego bailo con Kate y con Bea .
El techo de cristal está surcado por luces de colores. Son para crear ambiente. Pierdo toda noción del tiempo. El suelo se mueve bajo mis pies como el fondo arenoso del océano cuando van y vienen las olas.
Ahora tengo conmigo a Josh y bailamos lento. Y luego Josh se va y es Kate quien baila conmigo. Alguien me da una palmada en el hombro: Josh ha vuelto. Su rostro ha cambiado.
—¿Qué pasa? —pregunto.
Los cuatro estamos junto a la mesa. Kate se acaba la copa. Bea sigue moviendo las caderas.
Josh grita por encima del ruido. Ha llamado la canguro. Delilah ha tenido una pesadilla y se ha despertado. Está inconsolable. La noticia me devuelve la sobriedad. Me lo estoy pasando demasiado bien como para irme. Pero Josh dice:
—Le he dicho a la canguro que llegaremos en nada.
Kate se inclina hacia Bea .
—Nosotras también deberíamos irnos.
La noche llega a su fin.
Bea tira de la mano de Kate , de vuelta a la pista de baile. La mira suplicante.
—Solo una canción más. Una copa más. Por favor, Kate .
—Se hace tarde —protesta Kate —. Mañana trabajo.
—Pero es mi cumpleaños —responde Bea , poniendo morritos.
Baila sola a nuestro lado, las manos en alto, los ojos cerrados, dejándose llevar por la música. Es un regalo para la vista.
Kate está en un aprieto, dividida entre querer irse y no querer decepcionar a Bea en su cumpleaños. Nos confiesa a Josh y a mí que al día siguiente le toca operar. Hoy ha pasado diez horas en pie. Ha tenido que practicar una eutanasia. Está cansada y emocionalmente agotada.
Soy la única que no trabaja mañana.
—¿Por qué no llevas a Kate a casa? —le digo a Josh —. Mira cómo está Delilah . Acuéstala. Yo me quedaré con Bea para tomar la última.
—¿No te importa? — Kate está agradecida.
—No me importa.
Me da un abrazo.
Josh pega los labios a mi oído. Sus palabras son un cosquilleo que me llega a los pies.
—Despiértame cuando llegues. Ya sabes a qué me refiero. —Se aparta, sus ojos fijos en los míos.
Cuando me besa, noto el sabor de la cerveza en sus labios. Veo cómo se van Kate y Josh , abriéndose paso entre la gente. Bea me coge de la mano. Estamos bailando. Me resulta fácil entender por qué Kate está tan enamorada de Bea .
La música y el alcohol tienen un efecto narcótico en mí. Esta noche el camarero ha sido generoso con el vodka.
—Eres una buena amiga por quedarte conmigo.
—No todos los días cumples treinta años.
Mis palabras salen lentas. Estoy algo aturdida, eufórica.
Bailamos un poco más. El hombre de cabellos castaños sigue aquí. Quiere bailar conmigo. Bea le dice que se pierda. Nos partimos de risa. Me río tanto que me duele el estómago.
Una vez de vuelta en la mesa, el camarero trae más bebidas. Llega la cuenta. Alguien paga.
Bea y yo caminamos hacia el aparcamiento. Ninguna de las dos debería conducir después de todo lo que hemos bebido. Pero no puedo llamar a Josh para que venga a recogernos porque entonces tendría que despertar a los niños. Bea no llamará a Kate porque Kate tiene que trabajar por la mañana.
—Mira eso —dice Bea , señalando hacia arriba. Las calles de la ciudad están decoradas con un millón de pequeñas luces blancas, como estrellas.
El aire nocturno es fresco. Bea se agarra a mí.
Nos metemos en el ascensor. Es lento y chirriante. Hay latas de refresco en una esquina. El suelo está pegajoso. Las puertas se abren. Salimos y buscamos el coche de Bea . No está allí. Ella se echa a reír.
—¿Qué pasa? —pregunto.
Estamos en la planta equivocada. Nos parece tremendamente gracioso. Nos partimos de risa otra vez. Volvemos al ascensor, esta vez hacia abajo. Las puertas se abren y ahí está el coche de Bea .
Subimos a él. Bea lo pone en marcha. Enciende la radio. Cantamos. Me siento feliz, ebria. Bea gira el coche para bajar por la rampa del aparcamiento y sale a la calle.
Dicen que la mayoría de los accidentes tienen lugar a menos de ocho kilómetros de casa.
No lo veo venir.