Meredith
hace once años
Mayo
No puedo seguir ocultándole tantas cosas a Josh .
Me estoy desmoronando intentando ocultarle la verdad.
Es hora de contarle lo que pasa. Lo sepa él o no, los sucesos de los últimos meses nos han distanciado.
Quiero que volvamos a ser la pareja que éramos antes.
Necesito contarle lo de Marty y yo. No puedo confiar en que Cassandra se eche atrás y deje que yo se lo cuente primero.
¿Qué le diría ella si se lo contara? Cree que sigo acostándome con Marty .
El jueves por la noche llamo a una adolescente que vive al final de la calle para que se quede con los niños. Para cuando llega ya están en la cama. Será un trabajo fácil. Solo necesita estar viva.
Le digo a Josh que lo saco a cenar fuera.
—¿Qué celebramos? —pregunta, sonriéndome.
Hace mucho que Josh y yo no pasamos un rato a solas. Al estar siempre con los niños, casi nunca tenemos tiempo para hablar como adultos.
Lo que de verdad necesitamos Josh y yo es un fin de semana lejos.
Lo que daría por que los padres de Josh tomaran el coche desde Michigan y se quedaran un par de noches con los niños.
Reservaríamos una habitación en el Four Seasons del centro.
Haríamos cosas de adultos: ir a ver un espectáculo, dormir hasta después de las siete de la mañana, ponernos al día con todas las conversaciones para las que no hemos tenido tiempo o que los niños han interrumpido.
Hace mucho que Josh no me dice más que una o dos frases sobre el trabajo, los clientes o los compañeros, porque cada vez que va a hacerlo se ve interrumpido por las necesidades y discusiones de los niños.
«¿Puedo tomar más leche? Me está tocando. Odio el brócoli».
—Nada especial —digo, inclinándome hacia él—. ¿Es que una esposa no puede querer pasar una noche con su marido?
Llevo a Josh a un bar caro con vistas al río.
La comida es buena. Es conocido por sus hamburguesas, pero lo que realmente atrae a la gente es el paisaje.
El restaurante tiene dos plantas, con una terraza en la segunda, que es donde nos sentamos.
La terraza tiene un techo retráctil para que, cuando la temperatura es baja, como esta noche, los clientes no pasen frío mientras disfrutan del paisaje. A Josh le parece una genialidad.
El lugar está lleno porque los jueves por la noche hay música en directo y baile.
Josh me guía por entre el abarrotado restaurante, posando una mano en mi espalda.
Me retira la silla. Deja que yo me siente primero.
Todos los gestos románticos que se quedan atrás cuando hay que ocuparse de los niños.
Pedimos bebidas. Estoy tensa, pero no se me nota por fuera.
Me digo que cuando lleguen las bebidas le contaré todo lo que vine a decirle.
Empezaré con el Dr. Feingold y la demanda por negligencia.
Iré desviando la cosa hacia Marty . Le diré que Marty y yo no se lo contamos a Cassandra y a él porque ya daba igual.
Porque lo que pasó entre Marty y yo no tuvo importancia.
No volveré a cometer el error de hablar de amor juvenil.
Josh también tendrá secretos, cosas que nunca me haya contado.
Y si lo que me dijo era cierto, tuvo como media docena de amantes antes de aparecer yo.
Yo solo tuve a Marty y a otro más. No está tan mal.
El hecho de que Josh lo conozca no deja de ser coincidencia.
Llegan las bebidas. El primer sorbo es como una sacudida para el cuerpo. Es todo vodka y cerveza. Tras ese primer sorbo, Josh alarga la mano sobre la mesa. Nuestros dedos se entrelazan. Es eléctrico.
—Qué agradable es esto —dice Josh , sonriéndome al otro lado de la mesa. El corazón se me acelera al tocarlo. Su pierna roza la mía bajo la mesa. La mirada de Josh es inequívoca. Sé lo que está pensando. Sé lo que quiere. Yo también lo quiero.
—No recuerdo la última vez que cenamos solos tú y yo.
Nunca creímos que nuestra familia acabaría con dos hijos.
Imaginábamos más. Pensábamos en una familia numerosa como la de Josh , con cuatro, cinco, seis hijos.
Aún no le hemos cerrado la puerta a la idea.
Quizá esta noche podamos intentar ir a por más.
Pienso en lo que otro bebé podría aportar a la familia, en cómo nos acercaría más.
Siento una cálida sensación en mi interior, un rubor agradable.
Quizá sea el subidón del alcohol en mi organismo.
Quizá la manera en que me mira Josh , como si no pudiera apartar los ojos de mí.
No se lo diré ahora. No quiero estropear el momento. Ya se lo diré cuando pase. Doy un largo y lento sorbo a mi bebida, esperando que me calme los frenéticos nervios.
—¿Han tenido oportunidad de mirar el menú?
El camarero está parado junto a la mesa. Es joven. Estos días todo el mundo me parece joven.
No hemos tenido oportunidad de ver el menú, porque hemos estado muy ocupados mirándonos. No importa. Ya hemos venido antes. Sabemos lo que queremos. Yo pido primero y luego Josh .
El camarero se marcha. Josh alza el vaso de cerveza.
—Por nosotros —dice. Chocamos los vasos. Es un sonido flojito—. ¿Te he dicho alguna vez lo afortunado que soy por haberte encontrado?
—La afortunada soy yo —respondo.
Nos conocimos con veinticinco años. Yo conducía por la autopista cuando un gilipollas me golpeó de refilón.
Íbamos rápido; pudo ser una catástrofe. Mi coche giró perdiendo el control y chocó contra el quitamiedos del lado del conductor antes de pararse.
El otro no paró. Josh iba en el coche de detrás.
Fue quien llamó al 911. Fue quien me habló, manteniéndome tranquila y despierta a través de la ventanilla rota hasta que llegaron los paramédicos y los bomberos, y tuvieron que sacarme del coche.
Fue él quien me esperaba cuando desperté, aunque tuvo que mentir a la enfermera y decirle que era mi hermano, o no le habría dejado entrar.
Solo la familia. Josh tiene labia para salir de casi cualquier situación.
Basta con decir que Josh me salvó la vida. Para cuando llegué al hospital, ya había perdido una importante cantidad de sangre. Tenía una hemorragia interna. Estaba entrando en shock .
Lo digo en serio cuando digo que la afortunada soy yo.
Veo que un hombre sube al escenario. Afina la guitarra mientras la banda se une a él sobre el escenario.
Empiezan a tocar. La azotea está abarrotada.
Hay gente por todas partes, más gente que asientos.
Vienen por la música y el paisaje. Aquí arriba hay un bar.
La gente se amontona en la barra para pedir bebidas.
No es público universitario. Los universitarios van a bares de fraternidades con bebidas a un dólar y a poguear, lugares donde la gente baila en las mesas cuando bebe demasiado.
Este sitio es lo bastante caro como para que no vengan universitarios.
—Baila conmigo —dice Josh . Desliza la silla hacia atrás. Se levanta. Me tiende la mano. Dudo, y miro a mi alrededor. Todavía no hay nadie bailando—. Alguien tiene que dar el primer paso.
No me acepta un no por respuesta.
Pongo mi mano en la suya. Dejo que me levante. La habitación da vueltas. El camarero ha sido generoso con la bebida. Josh me hace girar en la pista de baile. La gente aplaude. Alguien silba y el sonido tiene eco.
Cuando vuelvo al centro de la pista, Josh detiene mi giro. Me rodea la cintura con las manos y me estabiliza. Me atrae hacia él hasta que estamos pegados. Me mira fijamente, con ojos seductores. Tengo mariposas en el estómago.
Un cuerpo roza el mío.
—Perdone.
Noto en el costado el golpe accidental de un codo. Los labios de Josh presionan los míos antes de que pueda responder. Es tierno, provocador. Mi cuerpo responde a él.
—Te quiero más que a nada en el mundo —me susurra al oído, y entonces empieza la música.
No puedo oír nada que no sea la música. Rodeo el cuello de Josh con mis brazos. Apoyo la cabeza contra su pecho. Nos mecemos. Josh me acaricia los costados con las manos. Se me olvida todo lo que quería decirle.
La siguiente canción es más rápida, algo pop.
Ya no estamos solos en la pista de baile.
Se ha llenado de gente. Cuerpos que chocan unos con otros.
El suelo retumba con la vibración del bajo.
No siempre se baila aquí. Pero los jueves por la noche se rompe la regla.
Josh y yo nos separamos. Es una música alegre, no pega para un baile lento.
Y entonces me veo bailando con otro hombre al que no conozco. Sus hambrientos ojos marrones me miran lascivamente. El hombre me hace girar como lo hizo Josh . Me agarra con fuerza con una mano sudorosa. Me hace girar otra vez y vuelvo al abrazo seguro de Josh .
Un relámpago ilumina el cielo. Lo vemos a través del techo de cristal. La gente se sobresalta. Espero que a continuación caiga un aguacero. Pero no llueve. La noche sigue seca, pero cargada de electricidad.
Cuando volvemos a la mesa, nos esperan dos bebidas sin tocar. El sudor brilla en la frente de Josh . Sigue sonriéndome mientras se bebe la cerveza a grandes tragos. El baile le ha dado sed. Nuestro deseo se ha transformado en algo vertiginoso, impetuoso. Nos reímos por encima de las copas.
—¿Pedimos la cuenta? —pregunta Josh con picardía.
—Aún no nos han traído la comida.
—Si tienes hambre, podemos pedir comida a domicilio.
Si volvemos a casa, encontraremos una canguro y un perro esperándonos. Habrá niños a los que callar. Pero Josh y yo no descartamos ir en coche a alguna parte lejos.
Le devuelvo la sonrisa
—Vamos.
Quiero estar a solas con Josh más que nunca.
Sus ojos recorren la azotea en busca del camarero.
—Hola, vecina.
La voz suena cantarina. Miramos y vemos a Kate sentada en la mesa de al lado, sonriendo abiertamente. Kate y Bea han venido a este mismo local, y están sentadas donde las ha puesto el camarero.
—¡Qué casualidad! —dice Bea , cogiendo el menú y echándole un vistazo.
En ese momento llega nuestra comida, y el camarero esquiva vasos y cubiertos para servirla.