Sin dejar rastro Kate #3
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Kate #3

El cuadro de luces está en el costado de la casa.

Vivimos en un barrio antiguo muy urbanizado; el jardín está lleno de árboles, cada uno de los cuales me da la impresión de ser una persona.

Bea y yo nos aferramos la una a la otra mientras andamos.

Bea mira a la izquierda, yo a la derecha.

De vez en cuando, las dos miramos hacia atrás.

El cuello se me pone rígido cuando mi sexto sentido me dice que Bea y yo estamos siendo observadas, seguidas, rastreadas.

¿Es una paranoia o de verdad hay alguien aquí? No lo sé. Detengo a Bea para poder echar un buen vistazo, pero me tira de la mano, instándome a seguir. Necesitamos encender la luz para poder volver dentro de la casa, a salvo de la tormenta.

A medio camino de la caja de luces me arrepiento de no haber traído la linterna, no por su luz, sino como defensa. Me arrepiento de no haber traído el paraguas. No tenemos nada con qué protegernos.

Bea y yo nos movemos deprisa, casi corremos, pero nuestros movimientos son torpes, el viento nos frena.

Sopla de frente, por lo que Bea y yo tenemos que movernos contra corriente, luchando contra él para llegar hasta el costado de la casa.

Tropezamos con unos palos. Se nos hunden los pies en el barro.

Me salpica las piernas, dejándomelas frías, sucias y mojadas.

Doblamos la esquina de la casa, esta vez con Bea delante, arrastrándome tras ella. Nos mantenemos pegadas a la casa, utilizándola para resistir el viento, para protegernos contra el tiempo. La lluvia cae de lado, directa a los ojos, casi cegándonos.

De pronto, oigo pasos detrás. Una respiración.

Bea y yo no estamos solas.

Me vuelvo de repente y apenas distingo el blanco de los ojos de un hombre a un metro de mí. Grito y se activa algo subliminal, un instinto animal. Aprieto el puño. Uso todo el peso de mi cuerpo para darle un puñetazo en el abdomen, y consigo que se doble de dolor.

Solo reconozco su voz cuando grita. Es Josh .

—Dios mío, Josh —digo, acercándome a él y ayudándolo a ponerse en pie.

Lo he dejado sin aliento y está dolorido.

Está doblado en dos bajo la lluvia, encogido, intentando recuperar el aliento.

Tiene espasmos en el diafragma y le cuesta respirar.

Me agarro a él, lo calmo y lo ayudo a incorporarse—.

Lo siento mucho. Oh, Dios, Josh , perdona. Creí que eras…

Pero entonces me callo. Me pregunto qué hace Josh aquí fuera en la lluvia, por qué se esconde en el costado de nuestra casa, tan cerca de la caja de luces. Me invade la confusión y pienso en los policías interrogando a Josh , en que le pidieron una coartada, en la sangre de su garaje.

Pero Josh ama a Meredith . Josh nunca le haría daño a Meredith.

¿O sí?

Me aparto de él. El pulso me late tan deprisa que me mareo. Se me doblan las piernas.

—¿Has cortado la luz de nuestra casa? —le pregunto, con voz que se traga el viento.

—¿Qué? —repone él, con voz apenas audible.

—¿Has cortado la luz de nuestra casa? —grito esta vez.

—¿De qué hablas? —pregunta Josh . Se apoya en las rodillas para intentar ponerse de pie.

—No tenemos luz en casa. Alguien la ha cortado. ¿Has sido tú?

— Kate —dice, todavía casi sin aliento, todavía con dolor—, ¿por qué iba a hacer eso? No hay luz en toda la calle.

—No es verdad —digo, señalando las casas iluminadas que nos miran desde el otro lado de la calle.

Él extiende la mano para ponerla sobre mi hombro. Yo me aparto rápidamente.

—Es en nuestro lado, Kate —dice, a modo de consuelo—.

Todo nuestro lado de la calle está a oscuras.

Tendrán una línea eléctrica distinta a la nuestra.

Mira —dice, señalando su propia casa a oscuras a solo seis metros de distancia—.

Yo también me he quedado sin luz. Un árbol ha caído sobre una línea eléctrica.

La compañía eléctrica ya está con ello. He mirado su página web por el móvil.

Deberíamos volver a tener luz por la mañana.

La casa de Josh está a oscuras detrás de nosotros. Igual que las casas que hay más allá de la suya. Bea y yo no podíamos verlas desde el salón porque están alineadas con la nuestra. Solo podía ver el otro lado de la calle.

Josh no ha cortado la luz de nuestra casa.

No lo ha hecho nadie. No hay luz por culpa de la tormenta y me siento como una idiota por pensar que Josh quisiera hacernos daño a Bea o a mí.

Josh no tiene la culpa de que alguien nos asustara, de que pueda habernos seguido desde la consulta.

Ni de que yo fuera tan idiota como para dejar mi verdadero nombre y dirección.

O de concertar una cita con el Dr. Feingold , ya puestos.

He sido yo quien se ha puesto en peligro.

Me inunda el alivio. Allí, en el césped, me echo a llorar, y todas mis emociones reprimidas salen por fin a la superficie. Bea me frota la espalda haciendo pequeños círculos, pero es Josh quien me consuela. Me coge el cuerpo tembloroso y mojado y me abraza.

—Lo que está pasando me tiene destrozado —dice—. Mi vida no es nada sin Meredith y Delilah . Esto es difícil para todos, nos estamos desmoronando.

Bea va a buscar a Wyatt , que es por lo que venía Josh : a recoger a su perro.

Todos vamos a casa de Josh , donde Leo está ya dormido.

Nos quedamos en el porche, protegidos de la lluvia por el techo, aunque estemos todos calados y helados.

Estoy temblando y me abrazo para conservar un poco de calor.

—La detective Rowlings llamó hace una hora —nos dice Josh en el porche—. La sangre del garaje no es de Meredith ni de Delilah .

Alzo la mirada bruscamente.

—¿De quién entonces? —pregunto.

—La policía no lo sabe. No coincide con ninguna en su base de datos.

—¿No puede ser antigua? —sugiere Bea —. Dijiste que costaba ver la sangre. Por lo que dices, podría llevar allí años. Quizá sea de algún propietario anterior.

Josh niega con la cabeza.

—Los forenses han podido determinar que la mancha es de hace unos días —dice.

Después de eso, nos quedamos callados. No queda nada que decir.

En ese garaje pasó algo, pero no sabemos qué.