Sin dejar rastro Kate #2
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Kate #2

—Muy bien, Kate y Bea —dice—. ¿Qué saben?

Yo hablo primero. Empiezo con Cassandra Hanaka, la vecina de enfrente.

Me siento muy culpable por ocultar esta información desde hace más de veinticuatro horas y no contarla, pero a Bea y a mí se nos pasó con el descubrimiento del cuerpo y con todas las emociones intensas que se desataron.

Le cuento a la detective lo de la noche con Cassandra y su hijo despierto, lo de ver a gente en la parte delantera de la casa de Josh y Meredith a altas horas de la noche.

—Pensamos que alguno de los vecinos podría tener algún sistema de seguridad con cámara.

Bea y yo no tenemos la casa con sistema de seguridad. Nunca nos había parecido necesario. Hasta ahora.

—Por desgracia —dice ella—, muchos de los actuales sistemas de seguridad domésticos solo recogen imágenes en directo.

No graban. Y los que lo hacen solo almacenan las imágenes un par de días.

Pero lo investigaremos. Quizá haya suerte.

Y hablaré con el Sr. Dickey por si recuerda algo raro esa noche o al día siguiente.

¿Qué día dijo la Sra. Hanaka que sucedió?

—No lo dijo —respondo—. No estaba segura. Ella calculaba que había sido hace una o dos semanas.

Ahora le toca a Bea . Le cuenta a la detective lo de la demanda por negligencia de los Tebow contra el Dr. Feingold , porque es otro posible sospechoso a tener en cuenta, además de Jason Tebow .

La detective ya sabe lo de la demanda por negligencia.

Lo que no sabe es que Meredith era la doula de Shelby . Se lo cuenta Bea .

Me avergüenza admitir nuestro propio encontronazo con el Dr. Feingold . Dejo que sea Bea quien lo cuente, sintiéndome tan avergonzada como ella. La detective nos dice que en el futuro dejemos el trabajo de investigación a la policía.

Dice que se mantendrá en contacto. Terminamos la llamada.

Bea y yo encendemos la televisión. Me bebo el vino e intento relajarme mientras otra tormenta azota la ciudad.

Pero no puedo relajarme. No puedo dejar de pensar en Meredith y Delilah ahí fuera, con esta lluvia, heladas, asustadas y mojadas.

Los relámpagos se suceden como disparos.

Los truenos son tan fuertes que parece que la casa va a venirse abajo.

Y entonces, de repente, la casa se queda a oscuras. La tormenta nos ha dejado sin electricidad.

La oscuridad es tan repentina que casi se me para el corazón.

Grito sin darme cuenta. El zumbido grave del refrigerador se interrumpe de pronto.

La secadora, el ventilador del techo y la televisión se apagan.

La casa está en silencio, con un silencio anormal.

Nunca me había fijado en el zumbido del ventilador del techo, pero noto su ausencia. Una ausencia ensordecedora.

Wyatt comienza a gemir a mis pies y yo le rasco las orejas, diciéndole «No pasa nada, no pasa nada», pero no sé si es así. Me levanto del asiento para ir a por velas y linternas y vuelvo con todas las que encuentro.

Hasta ahora éramos de las pocas afortunadas con electricidad. Parece que se nos ha acabado la suerte.

Me siento junto a Bea . Enciendo las velas y las coloco sobre la mesa de centro.

Le paso una linterna a Bea y uso la mía para explorar los rincones más oscuros de la habitación.

Los muebles me sobresaltan mientras trato de dar sentido a las sombras comprendiendo que no son humanas, sino sintéticas. No hay nadie aparte de Bea y de mí.

Fuera, se desata la tormenta. Hay más truenos y viento que otra cosa. Bea y yo nos sentamos en el sofá con Wyatt , esperando a que el sonido de la sirena de tornados nos advierta para que corramos y nos escondamos.

El viento agita los árboles y los arbustos. Sus ramas arañan los costados de la casa y las mosquiteras de las ventanas, haciéndolas chirriar.

Y entonces, una puerta de arriba se cierra de golpe y Bea y yo gritamos.

—Puede que haya sido Zeus —digo, algo ridículo, porque nuestro gato de cinco kilos nunca podría cerrar así una puerta.

—Los obreros —dice Bea , intentando ser la racional, aunque no sé si se lo cree alguna de las dos—.

Habrán dejado una ventana abierta, y el viento la cerró —dice, aunque ninguna de las dos tenemos valor para subir a comprobarlo, da igual que acabe entrando agua si es una ventana abierta.

Nos acurrucamos juntas en el sofá, abrazándonos.

Tengo miedo. Me siento vulnerable y expuesta. Odio sentirme vulnerable. Vuelvo a levantarme del sofá y voy al perchero.

—¿Qué haces? —pregunta Bea . No digo nada. Me ilumina con una linterna y mira cómo me alejo.

Junto al perchero hay un paragüero. Meto la mano y saco nuestro paraguas gigante de golf. Puede que necesitemos algo con lo que protegernos.

Alzo la mirada desde el paragüero hasta la ventana. Nuestras ventanas son de adorno, hechas para ser más bonitas que prácticas. La casa es oscura incluso en los días más luminosos; las ventanas no dejan entrar mucha luz. Ahora están cubiertas de lluvia.

Pero nada de eso importa, porque por pequeñas u ornamentales que sean, cuando miro por ellas veo que las casas de enfrente siguen iluminadas. A diferencia de la nuestra, no están a oscuras.

La luz de porches y garajes sigue encendida. Veo gente conversando en las casas, iluminada por la luz de los dormitorios y las salas de estar. Veo a Marty , el marido de Cassandra , en el vestíbulo de su casa, bajo una lámpara colgante. Está encendida y su luz amarilla se derrama sobre él.

— Bea —susurro, pero tengo la garganta tan seca que apenas consigo hablar. Las palabras se me atragantan. Los ojos se me llenan de lágrimas.

Lo que necesito decirle es que el apagón no es en toda la ciudad.

Que solo se ha cortado la luz de nuestra casa.

La caja de luces está fuera; es una caja metálica empotrada en la pared.

Alguien se ha acercado a nuestra casa aprovechando la oscuridad y ha bajado deliberadamente el interruptor del diferencial principal.

La única forma de recuperar la corriente es que Bea o yo salgamos a encenderla.

La caja de luces no es fácil de encontrar.

Está camuflada, pintada de amarillo como la casa.

Yo solo sé dónde está porque los trabajadores la utilizan con frecuencia cuando trabajan en la casa, cortando la electricidad aquí y allá para no electrocutarse.

Alguien ha tenido que inspeccionar el lugar a la luz del día para saber dónde está.

Mi mente va un paso más allá, alimentando mis peores temores. Porque en esa caja hay una llave de casa. Cualquiera que conozca la combinación de la caja podría entrar en casa.

—¿Qué pasa? —pregunta Bea , acercándose a mí y dándome palmaditas en la espalda para que deje de toser.

—Mira —es todo lo que consigo decir mientras señalo con un dedo tembloroso al otro lado de la calle, a la casa de Marty y de Cassandra .

Bea tarda un momento en asimilar lo que digo.

Ve a Marty en el vestíbulo. Observa cómo se quita el abrigo y lo cuelga de una percha, porque es evidente que acaba de llegar.

Ve a Cassandra acercarse a él y observa cómo tienen un altercado.

Cassandra le tira algo antes de enfrentarse a él.

Ella está enfadada; él se disculpa. Él se acerca a ella con delicadeza.

Ella lo empuja. En ese momento, uno de los niños entra corriendo y se cae.

Empieza a llorar, lo cual interrumpe la pelea.

Marty coge al niño en brazos y todos salen del vestíbulo iluminado, Cassandra en una dirección, Marty y el niño en otra.

—¿Qué estoy viendo? —pregunta Bea .

Lo que no ve es la imagen general: que nuestra casa es la única de la manzana sin luz. Se lo digo y, aunque está demasiado oscuro para ver su expresión, sí que la veo estirar la espalda como un gato asustado. Por un momento se la ve más alta mientras asimila lo que le digo.

—Ay, Dios —dice—. ¿Qué piensas?

—Que alguien ha bajado el interruptor principal de la casa.

—¿Por qué? —pregunta—. ¿Por qué iba a hacer alguien eso?

—No lo sé —le respondo en voz baja, porque si se confirman mis peores temores, alguien ha robado la llave de la caja y está dentro de casa, con nosotras.

Una llave que abre dos puertas diferentes de la casa: la principal, junto a la que estamos Bea y yo, y la lateral, que usamos para entrar por el callejón trasero donde aparcamos los coches.

Los obreros lo saben porque la puerta lateral es más ancha y tiene mejor ángulo para meter grandes paneles de escayola.

Cualquiera que estuviera vigilando nuestra casa lo sabría.

La puerta lateral da acceso al lavadero. Desde allí, puedes acceder a la cocina, que lleva a la escalera de servicio. Y una vez allí, puedes ir a cualquier parte.

Ni Bea ni yo queremos ir solas al diferencial. Pero tampoco queremos ser la que se quede atrás.

Al final, decidimos ir juntas. Enciendo la linterna. Bea me dice que la apague, que no podemos llamar la atención con la luz. Tenemos que salir en silencio y a ciegas. Dejamos atrás las linternas.

Pongo la mano en la manilla de la puerta y la giro.

Abro despacio. Bea se pone detrás de mí con una mano en mi cintura.

Juntas damos un paso vacilante hacia fuera.

Soy hiperconsciente de mi entorno, pero el viento me distrae.

Me echa el pelo en la cara, amenaza con arrancarme la puerta de las manos y arrojarla fuera.

El mundo es oscuro y desorientador, lo que hace que me pierda incluso en mi propio porche.

No sé dónde están las cosas y me descubro tropezando con el escalón, pero Bea me agarra y me sujeta.

Un rayo ilumina el cielo, no en la distancia, sino cerca, justo encima de nosotras. Ha llegado la tormenta.

Bea y yo estamos ya en el césped, hundiendo los pies en el barro, cuando se abren los cielos y empieza a llover a cántaros, calándonos a las dos.

La lluvia es fría, desalentadora, pero seguimos adelante, con los ojos escudriñando toda la parte delantera, buscando frenéticamente señales de vida entre la lluvia.