Kate
hace once años
Mayo
Nos pasamos el resto del camino a casa alerta por si vemos el coche. Tanto Bea como yo somos precavidas, pero yo empiezo a dudar, preguntándome si de verdad nos seguía ese coche o si solo sería alguien con las mismas dificultades que yo para circular. Quizá no lo sepa nunca.
Para cuando llegamos a nuestro barrio, la lluvia ha amainado.
Aun así, todo sigue siendo gris y apagado.
Las calles están vacías. Los árboles están cargados de agua de lluvia y las ramas, o lo que queda de ellas, están inclinadas hasta el suelo.
Las ramitas más débiles se han caído, incapaces de soportar el peso del agua o la fuerza del viento.
Pero sigue viéndose el granizo, derritiéndose en el césped.
Me meto por el callejón hasta detrás de casa.
La mayoría de las casas del barrio tienen callejones que llevan a la parte de atrás, porque así se mantiene la uniformidad y la estética de la calle.
El callejón es estrecho. Solo lo bastante ancho como para que pasen a duras penas dos coches yendo en dirección contraria.
Entro despacio por el callejón. Josh está a unos treinta metros, volviendo de donde sea que haya estado.
Me meto en nuestro camino de coches y aparco, y Bea y yo salimos y nos dirigimos hacia él.
Está parado junto a su coche, esperando.
Tiene prohibido entrar en su garaje, por considerarse posible escena del crimen.
Una cinta amarilla de aviso cruza la puerta.
Veo que Bea mira hacia allí antes de apartar la vista.
Cuesta creer que allí pudiera pasar algo malo.
—He salido a buscar a Meredith y a Delilah —dice Josh antes de que podamos preguntarle.
Viste una camisa abotonada, medio remetida en los vaqueros. No lleva cinturón y se le caen. Se sujeta la cintura y los sube. Tiene los ojos hinchados.
—No sabía que el grupo de búsqueda fuera a salir hoy —digo, sintiéndome culpable de que Bea y yo no estuviéramos para ayudar. Mañana me toca trabajar en la clínica veterinaria, por lo que tampoco podré ayudar.
—No ha salido, no con esta tormenta, pero no podía quedarme quieto todo el día sin hacer nada —dice.
Bea le pregunta por dónde ha buscado y él enumera media docena de sitios, la mayoría parques y lugares al aire libre a los que Meredith solía llevar a los niños, aunque es dudoso que estuvieran en un parque con un tiempo tan inclemente como este.
—Qué idiotez, ¿no? —dice.
Su perro, Wyatt , se ha pasado todo el día encerrado en casa porque Josh no tuvo paciencia para llevárselo, preocupado por si el perro lo retrasaba.
Los lugares a los que puede ir con un perro son contados.
Nos dice que tiene que sacar a Wyatt para un paseo rápido y luego recoger a Leo, que está con la canguro.
Está sobrepasado. Hecho un manojo de nervios.
—¿Le has contado a Leo algo sobre Meredith y Delilah ? —pregunto.
Josh cierra los ojos. Niega enérgicamente con la cabeza. Me mira.
—No soy capaz. ¿Qué puedo decirle? —pregunta, desahogándose sobre lo agobiante e incapacitante que es todo porque no quiere tener que pasear al perro o ir a buscar a Leo; solo quiere seguir buscando a Meredith y a Delilah .
Odia estar en casa sin hacer nada. Se siente inútil.
Debería estar recorriendo las calles, buscando a su familia.
—Leo es tu familia, Josh . Te necesita tanto como Meredith y como Delilah .
—Deja que yo pasee a Wyatt —se ofrece Bea —. Kate y yo nos quedaremos con él mientras tú vas a por Leo. Pasa tiempo con él. Habla con él. Es un chico listo, es observador. Seguro que ya se ha dado cuenta de que Meredith y Delilah no están. ¿Cuándo ha estado sin Delilah ?
Meredith podría haber estado trabajando todo este tiempo, ya que ha tenido antes algunos partos seguidos, pero Delilah y Leo solo se separaban las pocas horas que ella estaba en el colegio.
Bea acompaña a Josh a por Wyatt . Entro sola en la casa, pasando junto a los obreros. No interrumpen lo que hacen, pero veo que me miran de reojo. No dejan de hablar otro idioma que no entiendo. No sé lo que dicen.
Subo la escalera y recorro el pasillo hasta el dormitorio.
El pasillo está oscuro; no le llega la luz de las ventanas.
Cierro la puerta del dormitorio con cerrojo y pongo una silla delante, por si acaso.
Normalmente, no me ducho con los obreros en la casa, pero no soporto ni un segundo más sin hacerlo.
Me desvisto en el cuarto de baño. Oigo a los obreros en la casa.
Oigo sus herramientas y sus ruidos, reformando el segundo cuarto de baño al final del pasillo.
Al no funcionar ese, este es el único que puede usarse ahora.
Es el de nuestro dormitorio, por lo que los hombres vienen aquí a hacer sus cosas cuando nosotras no estamos.
Ya no es solo de Bea y de mí, porque dejan la tapa del inodoro levantada y las toallas mojadas y torcidas.
Me meto en la ducha y dejo que el agua caliente borre el recuerdo de las manos del Dr. Feingold .
Pongo gel en una esponja vegetal y me froto el cuerpo con ella.
Me echo champú y me froto el cuero cabelludo.
Aunque no me ha tocado ahí, tengo la sensación de que sus manos me han pasado por todo el cuerpo.
Para cuando salgo del baño y me visto, los hombres ya están recogiendo sus cosas y marchándose. Miro a través de la persiana cómo cargan sus pertenencias en las camionetas y se alejan despacio.
Fuera, la tierra está empapada. Hay charcos por todas partes; en realidad, más que charcos son inundaciones.
El cielo se está oscureciendo, pero no sé si es por el tiempo o porque se acerca la noche.
Ahora es difícil saberlo. No recuerdo cuándo fue la última vez que vimos el sol.
Algo que de por sí resulta deprimente, pero que, tras lo sucedido con Shelby , y Meredith y Delilah , se ha vuelto realmente siniestro.
Bea y Wyatt vuelven del paseo. Los miro por la ventana mientras se acercan a casa, suben por el camino y llegan a la puerta. La puerta se cierra y la voz de Bea me llama desde la escalera.
—Ahora bajo —grito mientras me paso el peine por el pelo mojado.
Vuelvo al baño, me seco las puntas con una toalla y me hago un moño de mala manera.
Recojo las toallas para lavarlas y bajo la escalera mirando dónde piso.
Tenemos la casa forrada de plástico y papel prensado, y a veces se caen clavos u otras cosas.
Hay que limpiar cada vez que se van los obreros.
Zeus está en alguna parte, pero esté donde esté, se esconde.
Que haya gente en casa le gusta tan poco como a mí.
Bea se cambia la ropa mojada y se pone algo seco. Me sirve una copa de vino y la lleva al sofá, donde nos sentamos con Wyatt a nuestros pies. Cae la tarde y la casa se queda a oscuras. Bea y yo nos ponemos a encender luces. Volvemos a reunirnos en el sofá.
—He estado pensando —dice.
Le doy un sorbo a la copa de vino.
—¿Sobre qué?
—Que el hecho de que el Dr. Feingold sea un cretino no lo convierte en un asesino.
—¿Por qué dices eso?
—¿Y si mintió sobre lo de no conocer a Meredith , no porque tenga que ver de alguna manera con su desaparición, sino por la demanda de negligencia?
Piénsalo, Kate . Si ha creído por un solo segundo que estás embarazada y que necesitas una doula, no quería que Meredith te espantase.
Después de lo del bebé de los Tebow , Meredith nunca te recomendaría tenerlo de médico. Le habría venido mal para su negocio.
Pienso en lo que dice.
—Supongo que tienes razón —le digo, aunque eso no lo hace menos culpable para mí. No dejo de tenerlo en mi lista de sospechosos.
—Creo que no podemos pasar por alto al marido —dice Bea —.
Shelby y él tenían problemas. Era el único que sabía que esa noche saldría a correr.
Tenía un motivo para matarla y medios para hacerlo.
Y puede que Josh tuviera razón, puede que el marido solo dijera lo del Dr. Feingold para que acusaran a otro.
—Pero la comadrona confirmó lo que dijo.
—No digo que no pasara así. Solo digo que el marido tenía sus motivos para contárnoslo. Y, seamos sinceras, Kate , hasta ese momento, las dos creíamos que había matado a su mujer. Y ahora ya no estamos tan seguras. Fue quien plantó la semilla de la duda razonable.
Bea tiene razón, lo hizo. Antes de ayer solo había un nombre en mi lista de sospechosos, y ahora hay dos.
—Pero hemos conocido al Dr. Feingold —argumento, sintiendo todavía la manera en que me había separado las rodillas a la fuerza, cómo introducía sus dedos en mí como si vaciara una calabaza.
Horas después, he conseguido convencerme de que no me hizo nada poco ético.
Había sido la manera mecánica y brusca en que me lo hizo lo que me había dejado sintiéndome violada y rara.
Eso y saber que han asesinado a Shelby , e imaginármelo arrastrando su cuerpo frío y desnudo hasta el bosque para deshacerse de ella como si fuera basura—.
Hemos hablado con él. Y es detestable. Un cerdo.
—Eso no lo convierte en un asesino.
—Tenemos que llamar a la policía. Contarles lo que sabemos.
Bea está de acuerdo conmigo. Tiene el móvil en la mesa de centro.
Lo coge y busca un número que no sea el de emergencias.
La policía lleva su propia investigación.
Ya han interrogado a Jason Tebow tropecientas veces e intentan conseguir el contenido del móvil de Meredith , aunque les resulta problemático sin el móvil en sí.
—Tengo información sobre la desaparición de Dickey —le dice Bea a quien contesta. La ponen en espera.
Mientras esperamos, me bebo el vino, disfrutando con la manera en que me adormece los sentidos y me da valor. Le pido a Bea que ponga el móvil en altavoz para poder oírlo. Lo hace, sentándose a mi lado y poniendo el móvil entre nosotras. Se pone una mujer detective.
—Me dicen que tiene información para mí —dice.
—Sí —respondo, ansiosa por hablar.
—¿Y con quién hablo?
Es Bea quien se lo dice.