Sin dejar rastro Leo
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Leo

presente

El cuarto día que estás en casa, vuelvo al colegio. Voy andando, por el camino largo. Sigo sin poder pasar delante de la casa de nuestra antigua canguro sin tener ganas de vomitar, aunque me han dicho que ni ella ni su marido viven ya allí.

Papá dice que no hable de ti con los chicos de la escuela. Se supone que, si alguien me pregunta, debo decir que mi padre me ha dicho que no hable de ello. Sale tan bien como era de esperar. Durante el almuerzo, me tiran la bandeja de la cafetería porque no quiero dar detalles de lo que te pasó.

La bandeja se cae. El Dr. Carmichael me echa la culpa porque, para cuando toca el suelo, Adam Beltner se ha ido. Todos se ríen. «Mirad qué idiota», dicen.

El Dr. Carmichael me obliga a limpiarlo. Para cuando termino, ya no me da tiempo a comer. Me quedo con hambre.

Me dan empujones durante todo el día. Los niños me hacen preguntas que ignoro. Me tiran cosas. Me llaman cosas. Mamón. Capullo. Me miran. Me señalan con el dedo y se ríen.

Los malditos periodistas te han sacado tropecientas fotos desde que llegaste a casa.

Salen en el periódico. Salen en Snapchat y en Instagram .

Los chicos no paran de compartirlas en sus stories como si les afectara lo que sea que te haya pasado.

Todos han visto las fotos. Es una misma imagen, tomada desde diez ángulos diferentes por diez fotógrafos diferentes.

En ellas sales toda roja, con ampollas en los brazos y en la cara.

Quemaduras por lejía, dicen los médicos.

De segundo grado. Probablemente dejarán cicatriz.

La ropa no te queda bien. No te has bañado en once años; pareces basura.

Oigo que un niño te llama cara de burrito por las quemaduras y las ampollas. Voy a pegarle en la cara, pero Piper Hanaka se pone en medio.

—Ignóralo, Leo. Solo quiere fastidiarte. No le des ese gusto.

Piper Hanaka tiene tu misma edad. Es dos años mayor que yo.

Está en último curso y prácticamente prometida con un chico con el que sale desde primero.

Se dice que el año que viene irán a universidades diferentes.

Han decidido romper antes de irse. Ninguno de los dos quiere frenar al otro y «si tiene que ser», la he oído decir, «será».

Parece un gesto muy maduro y estúpido de cojones.

Pero eso significa que, dentro de ocho meses exactos, Piper Hanaka estará soltera.

Aunque tampoco es que yo le vaya a gustar.

¿Te acuerdas de Piper Hanaka? Solíais ser amigas. Yo no me acuerdo de eso. Me lo dijo ella una vez, en plan secreto, en el pasillo. Se acercó cuando estaba delante de mi taquilla y me dijo que había tenido un sueño contigo. Me quedé mudo. No supe qué decirle. Así que no dije nada.

—¿Quieres saber de qué iba, Leo? —dijo entonces.

—Vale. Supongo.

Me contó su sueño: las dos intentabais recoger todas las orugas de la calle.

Lo hacíais para que no las pisaran los coches.

Las recogíais con las manos y las devolvíais a los árboles.

Las poníais en las hojas y las mirabais irse.

Cuando llegaban al final de la hoja, ya eran mariposas y echaban a volar.

En su sueño, seguías teniendo seis años.

Pensé que igual significaba algo. Que su sueño podía ser premonitorio, como si hubieras muerto y te hubieras convertido en un ángel con alas y hubieras volado al cielo.

Pero resultó que solo era un sueño. No todos los sueños significan algo.

—Sigo pensando en ella, ¿sabes? —me dijo—. Pienso en que cuando éramos niñas pasábamos mucho rato juntas. Me pregunto si seguiríamos siendo amigas de no haberse ido.

Dijo que te fuiste. Como si hubieras podido elegirlo. No se lo tengo en cuenta. Es la única que me ha hablado de ti de una manera que no fuese cruelmente sincera. También es de las pocas que no cede a la mentalidad de rebaño ni se mete conmigo.

Piper Hanaka vivía al otro lado de la calle. Tú y ella solíais montar en bici por la acera, dar volteretas, jugar a las casitas, trepar a los árboles. Yo no me acuerdo de nada de eso. Todo lo que sé me viene de segunda mano por papá.

Piper y su familia se mudaron cuando pasó todo.

No los recuerdo viviendo allí. Que yo sepa, esa siempre ha sido la casa del viejo Sr. Murphy .

Pero papá dijo que pusieron la casa en venta cinco días después de que muriera mamá.

No creo que se fuesen muy lejos, porque Piper sigue yendo al mismo colegio que yo.

Se quedarían en el pueblo, pero en la otra punta, donde no tuvieran que mirar por la ventana y algo les recordase que a la gente buena también le pasan cosas malas.

Es como los seis grados de separación de Kevin Bacon .

Siempre estamos más cerca del desastre de lo que pensamos.

Le pedí a papá que también vendiera la casa. Quería irme. Volver a empezar en otra parte como alguien nuevo, donde nadie hubiera oído hablar de mamá y de ti.

Papá dijo que no, porque ¿y si volvías y no nos encontrabas? Nunca se iría mientras no estuvieras. El tiempo se detuvo en tu ausencia.

La verdad es que Piper Hanaka y yo no somos amigos. Es demasiado guay para ser mi amiga. Por si aún no te has dado cuenta, no tengo amigos.

Dicho esto, Piper Hanaka no quiere que me expulsen por pegar a algún palurdo en la cara. Así que se queda entre él y yo hasta que me echo atrás y me voy.