Meredith
hace once años
Mayo
No me he olvidado de Cassandra . He estado muy ocupada. Pero la he tenido presente todo este tiempo. Quiero ser mejor amiga suya de lo que he sido hasta ahora. He estado tan ocupada agobiándola con mis necesidades que me he olvidado de las suyas. Le pasa algo. Tengo que averiguar qué es.
Un viernes por la tarde, compro un bizcocho Bundt en la panadería. Voy a casa de Cassandra una vez que he dejado a Delilah en el colegio y a Leo con Charlotte . Llamo a la puerta. Abre con Arlo en brazos.
—¿Qué haces aquí? —pregunta. El tono es seco.
Le enseño el bizcocho.
—He pensado que podíamos hablar un rato. Parece que ya nunca tenemos tiempo para charlar. Te echo de menos, Cassandra .
Ella resopla, lo que me dice que está muy molesta por algo.
—Pasa —me dice. Entro y me quito los zapatos—. ¿Un café?
Le digo que sí y la sigo a la cocina. Cassandra lleva un vestido, como casi siempre. Es largo, de algodón y parece cómodo, pero sigue siendo un vestido. Le queda muy bien. No recuerdo la última vez que me puse un vestido.
—Me alegro de que hayas venido —dice mientras me siento en una silla.
Miro cómo prepara una cafetera con una mano, llevando a Arlo en la otra. Lo hace sin esfuerzo. A mí ya se me habría caído Arlo o el café.
—Hace tiempo que quería pasarme. He estado muy liada.
—Quiero enseñarte algo.
—¿Ah? —pregunto, pensando que será algo relacionado con los niños. Algo relacionado con Delilah , Piper , Lily y su pequeña pelea. Espero que Delilah no haya hecho algo que no debiese, como darle a Lily Morris algún dibujo cruel.
Cassandra trae un libro a la mesa. Es un álbum de fotos. La gente ya no guarda álbumes de fotos. Hoy en día todo es digital. En todo caso, la gente hace libros de recortes. Son un encanto. Pero yo no tengo tiempo para eso.
Al álbum se le notan los años. Las fundas de plástico de las fotos están dobladas. Las fotos en sí parecen viejas, tomadas con una cámara de 35 mm. Ya nadie tiene cámaras.
Cassandra pasa las páginas hasta llegar a una concreta.
Cuando la encuentra, deja el álbum en la mesa.
Veo en la foto suficiente color rojo como para saber de qué se trata.
El nombre de mi universidad está en casi todas las camisetas y sudaderas del álbum.
Cuando vivíamos en el campus, siempre llevábamos ropa de la universidad.
Señala una foto. Ahí estoy yo. Ahí está Marty . Me sonrojo. Me cuesta tragar. De pronto noto la saliva muy espesa.
Su voz tiembla cuando habla, tan furiosa como dolorida.
—¿Por qué no me lo dijisteis ni Marty ni tú, si no teníais nada que ocultar? Hace semanas que sé lo que hacéis —sigue diciendo sin esperar una respuesta—. Creíais que podríais saliros con la vuestra.
No sabe que salíamos juntos, que nos acostábamos. Pero la foto en sí ya es bastante condenatoria. En ella estamos juntos. Marty me rodea los hombros con el brazo. Es algo casual, cómodo. Nos conocíamos. Nos conocíamos muy bien. Está mal que no se lo contáramos ni a Josh ni a ella.
—Si te dijera que no ha pasado nada entre Marty y yo, ¿me creerías? —le pregunto.
—Puedes intentarlo. Pero no te creería.
La miro a los ojos. Ella aparta la mirada. Sienta a Arlo en su silla y le corta un pedazo del bizcocho.
—Hace dieciocho años que no pasa nada entre Marty y yo.
Ella vuelve a mirarme.
—¿Pero sí que pasó algo entonces?
—Fue hace mucho tiempo, Cassandra . No te conocíamos. No existías para nosotros.
—¿Pero salisteis juntos?
—Fue un amor de juventud.
Se queda espantada al oír esto.
—¿Lo querías?
Me arrepiento de inmediato de lo que he dicho. Debería haberlo expresado de otra forma. No debí utilizar la palabra «amor».
—Creía que sí. Estaba cegada por todas las emociones abrumadoras que sentimos cuando tenemos dieciocho años. Pero ahora sé que no era amor. Cassandra , amor es lo que tenéis Marty y tú. Éramos muy ingenuos. Estábamos encaprichados el uno del otro. Éramos dos críos idiotas.
—¿Por qué te debería creer, cuando me has estado mintiendo todo este tiempo?
—No te he mentido nunca —le recuerdo.
—Me has ocultado cosas, manteniéndome en la ignorancia.
Cassandra es una mujer muy guapa. Elegante y elocuente, lista e inteligente. Marty nunca me querría ahora que tiene a Cassandra . Pero cuesta ver estas cosas sobre uno mismo. Cassandra se siente engañada.
—Lo hicimos por tu bien. Por tu bien y el de Josh —le digo.
Cassandra se pone muy tiesa.
—¿ Josh lo sabe? —pregunta.
—No. No conseguí animarme a decírselo. Pero tampoco habría importado porque no hay nada entre Marty y yo. Te lo juro, Cassandra , por mi vida. Por la vida de mis hijos. No hay nada entre Marty y yo.
—¿Te acostaste con él? —pregunta.
— Cassandra . No hagas esto.
—¿Lo hiciste? —insiste. Las dos nos hemos olvidado por completo del café y del bizcocho. El bizcocho sigue a nuestro lado. Solo se lo come Arlo. El café ha terminado de hacerse. Nos espera en la cafetera.
—Tenía dieciocho años —digo. No es la respuesta que quiere.
—Entonces sí que te acostaste con él.
— Cassandra .
—Responde a la pregunta, Meredith . ¿Te acostaste o no con mi marido?
Ahora está gritando. Arlo se asusta en la trona. Cassandra le ofrece otra porción de bizcocho para calmarlo. Lo coge con las manos y se lo mete en la boca hasta mancharse toda la cara. Tiene bizcocho en el pelo.
—Sí —susurro, aunque entonces no era su marido. Pero recordárselo solo hará que se enfade más aún.
Las cosas van de mal en peor. Antes de preguntármelo, ya sabía que me acostaba con Marty .
Porque entre dos páginas del álbum de fotos hay una nota, doblada por la mitad, que le escribí hace más de una década y media.
Cuando la desdobla y me la pone en la mano, sé lo que es.
No me atrevo a leerla, aunque sé lo que dice.
Me quedé embarazada a los dos meses de empezar a salir.
El niño era de Marty . Estaba decidida a tenerlo, como le dije a Marty en la nota.
Si quería, podría ser parte de la vida del bebé, pero no tenía ninguna obligación de hacerlo.
Resultó que no tuvo que elegir. Porque tuve un aborto dos días después.
—¿Qué hiciste con el bebé? —pregunta ella.
—Lo perdimos a las doce semanas.
—Qué pena —dice con frialdad.
A Cassandra le aterroriza saber lo cerca que estuvo Marty de tener un hijo que no era de ella. De no haber abortado, podríamos haber criado al niño. Podríamos habernos casado. La vida que ella tiene podría no haber existido.
—¿Sigues follándote a mi marido? —pregunta con frialdad, y yo me sobresalto.
—Por supuesto que no —susurro.
—No soy idiota —dice—. Lo sé.
—¿Sabes qué? —pregunto, realmente confundida.
—Sé lo que hacéis. Sus visitas nocturnas al supermercado.
Las ganas de comer helado a las diez de la noche.
—Lo dice todo poniendo comillas en el aire, dando a entender que ni por un momento se cree que Marty vaya tan tarde al supermercado porque le apetezca tomar helado—.
¿Sabes que a veces se cree que soy tan tonta que no me doy cuenta cuando vuelve a casa con las manos vacías?
Ni siquiera se molesta en comprar helado como parte de su farsa.
Se limita a salir, follar contigo y volver, y luego se mete en la cama conmigo, y nueve de cada diez veces se olvida de volver a ponerse el anillo.
Me apena pensar en Marty escapándose de casa por la noche para engañarla, aunque no puedo decir que me sorprenda. No es por algo que Cassandra haya hecho o dejado de hacer, sino porque el Marty que conocí en la universidad era un ligón. Un mujeriego.
Quizá no haya cambiado tanto como creía.
Lo que me sorprende es que Cassandra crea que yo también me escabullo de casa a las diez de la noche, dejando a Josh y a los niños, para verme con Marty .
— Cassandra , si Marty se ve con otra mujer —le digo—, no soy yo.
—¿Y por qué debería creerte, Meredith ? ¿Por qué debería creer nada de lo que me digas?
—Nunca te he mentido —le digo.
—Y una mierda —espeta, sobresaltando de nuevo a Arlo.
Nunca he visto a Cassandra tan enfadada.
Nunca le he oído utilizar ese lenguaje delante de sus hijos.
No la culpo por estar cabreada, sobre todo si cree que hay algo entre Marty y yo.
Aun así, está exagerando—. Me has mentido, Meredith .
Me llevas mintiendo desde el mismo día en que nos conocimos.
—Si lo hice, fue una mentira por omisión y no una mentira a las claras. Hay una diferencia.
—¿La hay? —pregunta ella.
No digo nada. La verdad es que no sé si la hay.
—¿Cuándo piensas decírselo a Josh ? —pregunta. No es tanto una pregunta como un ultimátum.
—Se lo diré, si eso es lo que quieres que haga —respondo. Se lo diré ahora que Cassandra lo sabe. Pero quiero decírselo a mi manera. No quiero que sea Cassandra quien se lo diga—. Por favor, deja que hable yo con él antes de que lo hagas tú.
—Yo no te haría eso, Meredith —dice—. No soy esa clase de amiga.
Es una bofetada. Ella no es el tipo de persona que le haría daño a una amiga. Pero yo sí.
Me levanto de la silla. Me dirijo a la puerta. Ella me sigue. En la puerta, me vuelvo para mirarla.
—Siento mucho que no te lo contáramos —le digo en un último intento por disculparme—. Marty y yo pensamos que sería lo mejor.
— Marty y yo, Marty y yo —repite como un loro, con una ira notable.
Está toda roja, ha perdido la compostura y la serenidad.
Cree que Marty la engaña conmigo. Que sale de casa a altas horas de la noche para verse con una mujer, y esa mujer soy yo.
No soy yo, claro. Mi matrimonio lo es todo para mí.
Josh lo es todo para mí. Nunca le haría algo así, tampoco a Cassandra , ya puestos. No soy ese tipo de mujer.
No hay nada que pueda decir para que me crea. Será mejor que me vaya.
—Espero que te pudras en el infierno, Meredith —grita Cassandra , cuando cruzo el umbral de la puerta—. Espero que los dos os pudráis en el infierno.
No puedo evitar darme cuenta de que sus palabras son idénticas a las de los mensajes de texto que he estado recibiendo. Los mensajes acuden a mi mente. «Sé lo que hiciste. Espero que te mueras. Nunca te saldrás con la tuya, zorra. Espero que te pudras en el infierno, Meredith ».
Era Cassandra quien me enviaba los mensajes.
Me vuelvo para mirarla.
—Eras tú —le digo, más sorprendida que otra cosa. Me tiembla la voz—. Eres quien ha estado enviándome esos mensajes horribles. Eres quien intentaba asustarme.
—¿Y funcionó? —pregunta, satisfecha consigo misma porque nota que sí.
—¿Me estabas siguiendo? —le pregunto, horrorizada, pensando en la vez que me llegó uno justo al salir del hospital, como si quien lo enviaba supiera que volvía sola a casa.
—Y si lo hubiera hecho —pregunta ella—, ¿sería tan malo como lo que has hecho tú? ¿Como lo que sigues haciendo?
Pienso en las palabras amenazadoras y llenas de odio de los mensajes. ¿Solo estaba exagerando o de verdad quiere que me muera? ¿Tengo motivos para temer por mi seguridad, por mi vida?
—Yo no he hecho nada —digo, intentando volver a justificar el que Marty y yo le ocultásemos la información sobre nuestro pasado por su bien. Por el bien de Josh . No lo hacíamos queriendo hacerle daño a nadie. Pero apenas consigo decir nada antes de que cierre de un portazo y eche el cerrojo.
No dejo que Delilah juegue con Piper .
—Por favor, mami, por favor —me suplica. Quiere saber por qué.
—Porque lo dice mamá —le respondo bruscamente, cuando me canso de ponerle excusas, sintiéndome culpable por perder la paciencia. No tiene la culpa. La tengo yo. No puedo enfrentarme a Cassandra , ni confiar en que cuide de mi hija.
Al día siguiente, Lily Morris va a jugar a su casa.
Cassandra debe hacerlo a propósito para que las niñas jueguen delante, restregándoselo así a Delilah .
Ella se sienta en la ventana delantera y llora desconsolada porque no la han invitado, aunque yo tampoco la habría dejado ir si lo hubieran hecho.
Piper y Lily bailan delante de la casa, riendo, cogidas de la mano.
Me horroriza que Cassandra sea capaz de rebajarse tanto como para hacer daño a mi hija con el fin de vengarse de mí.
Los días siguientes, Leo sigue llorando cada vez que lo dejo con Charlotte . Se aferra a mí y me suplica.
—No, mami. No.
Me siento mal por obligarlo a ir. Pienso en llamar al trabajo para decir que estoy enferma y quedarme en casa con Leo. Pero hacerlo le haría un flaco favor, porque entonces los días en que fuese serían diez veces peores.
Hago tratos con Leo. Negocio con él.
—Si no lloras en toda la semana, mamá y Leo haremos algo especial el fin de semana. Solo tú y yo.
Le digo que iremos juntos al museo infantil o al jardín infantil del vivero, si el tiempo lo permite. Lo que quiera.
Mi culpa de madre me empieza a afectar. Me paso el tiempo pensando en dejar las clases de yoga, en aceptar menos clientes, si es que acepto alguno.
Por mucho que me guste lo de ser doula, estoy teniendo dudas desde que nació el bebé de los Tebow .
Pienso a menudo en Jason y en Shelby . No he mantenido suficiente contacto con ellos.
Me cuesta hacerlo. El bebé tiene lesiones irreparables.
No sé hasta qué punto. He empezado a cuestionarme la forma en que llevé las cosas en la sala de partos.
No hice todo lo que estaba en mi mano por proteger a Shelby .
Pude haber hecho más. Podría haberme interpuesto físicamente entre el Dr. Feingold y mi clienta.
Llamo a Jeanette . Le cuento lo que pasó. Lo hablamos.
Como comadrona, Jeanette es una de las pocas personas que conozco que está familiarizada con mi trabajo.
—Puede que sea el momento de dejar el trabajo y centrarme en mi propia familia, para variar —le digo.
Ella me dice lo mismo que le dije a Shelby .
—Tienes que hacer lo mejor para tu familia. Pero, Meredith , trataste al Dr. Feingold tal y como lo hubiera hecho yo. Ni se te ocurra pensar que no eres una buena doula o que no hiciste por esa mujer todo lo que pudiste. Solo eres humana.
Me sorprendo constantemente mirando por la ventana la casa de Cassandra y Marty .
Creo que, si Cassandra ha sido tan lista como para comprar un móvil desechable, seguirme por la ciudad y enviarme mensajes intimidantes, es capaz de hacer cosas mucho peores.
¿Son los mensajes simples amenazas? ¿O tengo motivos para temer por mi familia y mi seguridad?