Leo
presente
Más o menos al mismo tiempo que desapareciste tú, lo hizo otra señora. La encontraron. Pero para entonces ya estaba muerta.
Por un tiempo, la policía pensó que todo estaba relacionado. Se equivocaba. El marido de la mujer está ahora en la cárcel. Estará allí mucho tiempo, entre veinte años y cadena perpetua, porque encontraron la ropa ensangrentada de la mujer en un contenedor detrás de donde él trabajaba.
Esta noche, la mujer policía llama a papá por teléfono.
Él lo coge en otra habitación porque no quiere que oigas lo que le dice.
Pero me lo cuenta cuando yo le pregunto.
Resulta que quienes te secuestraron fueron tan tontos como para utilizar sus nombres reales, porque en Michael , Illinois , hay un Eddie y una Martha Cutter .
Hace doce años que tienen una casa en la calle Calhoun .
La mujer policía le envió una foto a papá.
No es una casa muy bonita, porque le faltan la mitad de las persianas y el revestimiento blanco tiene moho.
Los árboles han crecido demasiado y casi tapan la casa.
Por dentro es diez veces peor. Está sucia.
La moqueta manchada. Hay humedad en las paredes por el moho.
Agua estancada en el suelo. En el fregadero se amontonan los platos sucios.
Lo malo es que Eddie y Martha ya no viven allí, porque cuando la policía fue a investigar, la casa estaba abandonada.
—La detective Rowlings está intentando localizar a sus familiares, por si saben algo de su paradero.
Me pregunto qué pasará si intentan venir aquí.
No hay fotos del sótano. La policía le contó a papá las condiciones en que te tenían, pero no consigue contármelo porque está demasiado ocupado llorando.
Tu amigo Gus no estaba por ninguna parte. En el sótano había sangre.
Ya te haces una idea.
Se vuelve más urgente que recuperes la memoria. La mujer policía no lo dice a las claras, pero cree que lo de la hipnosis son chorradas. Papá lo estuvo mirando y dice que, si pueden relajarte lo suficiente, podrías recordar cosas que tu mente te está ocultando.
La noche antes de la hipnosis, nos preparamos para irnos a la cama.
Tú en tu habitación, papá en la suya. Te oigo desde el pasillo haciendo ruido en la habitación.
Me pregunto qué estarás haciendo. Voy a ver.
Ya no eres tan indecisa cuando abres la puerta, como si estuvieras empezando a entendernos a papá y a mí.
—¿Qué haces? —pregunto, mirando alrededor. La luz de la habitación está apagada.
—Nada —respondes. Estás como avergonzada. No quieres decírmelo.
—Debes estar haciendo algo.
—Es una tontería —dices.
—¿Como qué?
—Solo es algo a lo que juego.
—¿Cómo se llama? —pregunto.
—No tiene nombre.
—¿Cómo se juega?
No quieres hacerlo, pero de todos modos me lo enseñas después de pedírtelo durante un rato.
Crees que me voy a burlar de ti. No lo hago.
En cambio, juego contigo. La luz que se cuela del pasillo hace que la habitación no esté muy oscura, así que cierras la puerta, encerrándonos a los dos.
Aun así, sigue sin estar a oscuras del todo.
Al otro lado de la ventana brilla la luna.
—Es mejor cuando no se ve nada —me dices.
—¿Por qué es mejor?
—Porque sí. Así es como se juega. Tenemos que cerrar los ojos —dices, para compensar la falta de oscuridad. Me dices que mantenga las manos en los costados—. Si tocas con las manos, haces trampa.
Nos ponemos de espaldas a una pared. Me dices que el objetivo del juego es acercarte todo lo que puedas a la pared contraria sin chocar contra ella. No pueden usarse las manos.
Lo intento. Fracaso. Cuando intento caminar con los ojos cerrados soy como un pez fuera del agua. Ni siquiera puedo caminar en línea recta. Choco contra el bastidor de la cama y me rindo. Es una tontería de juego, pero no te lo digo.
Te observo mientras lo haces. Te detienes a un centímetro de la pared, como si un sexto sentido te dijera que está ahí.
—¿Cómo lo has hecho?
Me dices que es una de esas cosas en las que eres muy buena: orientarte en la oscuridad.
—Donde nos tenían no había luz —dices—. Ninguna. Cuando alguien te quita la vista, aprendes a arreglártelas con otras cosas.
Así que eso fue lo que hiciste. Aprendiste a sobrevivir con los demás sentidos y por instinto. Es muy guay.
—¿Quieres jugar otra vez? —preguntas.
No. La verdad es que no. Tengo el muslo dolorido por chocar contra el bastidor de la cama. Seguro que me sale un cardenal. No me apetece repetirlo.
Pero, aun así, me encojo de hombros y digo:
—¿Por qué no? —Porque sé que eso es lo que quieres hacer.