Sin dejar rastro Leo
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Leo

presente

Es el tercer día que pasas en casa y mencionas a un niño llamado Gus . Pasa por casualidad. Alguien juega fuera a la pelota. Nos llega el ruido sordo de la pelota al golpear el cemento. Te llama la atención.

—Solo es una pelota de baloncesto —dice papá, al ver que te pones pálida.

Desde que llegaste a casa, papá está neurótico con lo de tener puertas y ventanas cerradas con las persianas bajadas. Nunca se es demasiado precavido. Se pasa las noches en vela. Se sienta en el salón a leer. Nadie te llevará consigo de aquí.

— Gus juega al baloncesto —dices.

—¿Quién es Gus ? —pregunta papá, alzando la mirada de los huevos revueltos.

Se lo cuentas. Papá también se pone blanco. Se disculpa y sale de la habitación, llevándose el móvil consigo.

No estabas sola en ese sótano. Había alguien contigo. Alguien que se quedó atrás.

Volvemos a la comisaría. La mujer policía se pone más seria al interrogarte. Ya no te trata con delicadeza como si fueras a romperte. Ahora que sabemos que allí había alguien más, hay que ponerse serios, dice.

Te pregunta lo que sabes de ese chico: Gus . No sabes gran cosa. Ni siquiera puedes decirle a la policía cómo es porque no le viste bien la cara en todo el tiempo que pasasteis juntos. No sabes cuántos años tiene. No sabes de dónde es.

La mujer policía busca en las bases de datos de niños desaparecidos.

Sus hombres y ella encuentran un puñado de niños desaparecidos llamados Gus o alguna variante de ese nombre.

Argus . Augustus . Gustavo . Te enseñan fotos y te preguntan si alguno de ellos es tu Gus .

No lo sabes. Crees que podría ser un niño desaparecido de Cookeville , Tennessee .

Pero, en realidad, no lo sabes. Solo intentas complacer a la mujer policía diciéndole algo. Seguramente yo también lo haría.

Cuando no estabas, me pasaba mucho tiempo visitando páginas web de niños desaparecidos.

¿Lo sabías? Lo alucinante de esos sitios es que no tienen solo fotos de los niños desaparecidos que buscan.

A veces lo que tienen son restos de esqueletos que han encontrado y quieren saber de quién son.

Niños a los que llaman Jane y John . Hay tropecientos millones, simples puntos rojos y azules en un mapa, un punto por cada cuerpo no identificado que se ha encontrado.

La policía no sabe quiénes son, pero cuando los encuentran están en muy mal estado, o solo hay partes de ellos.

No hay límite a las cosas malas que se hacen las personas unas a otras.

Cuando te fuiste, pasé mucho tiempo en internet preguntándome si no serías uno de esos puntos sin identificar.

Le conté a papá lo de esos chicos. Me quitó internet durante un mes. No volví a mencionarlos. No fui tan idiota como para decirle a papá que eras uno de esos restos. Aun así, le metí esa idea en la cabeza.

La mujer policía te hace muchas preguntas. No sabes nada. No llegamos a ninguna parte.

Cuando te encontraron, un policía local te llevó en coche por todo el pueblo, por si podías recordar dónde habías estado.

Pero no tenías ni idea y solo identificaste unas chimeneas y una valla.

Busqué el pueblo por internet, si es que llegaba a ser un pueblo.

Hay que ampliar mucho el mapa para verlo.

Se llama Michael y tiene una población de unos cuarenta y cinco habitantes.

Está a cinco horas de nuestra casa, más o menos cerca del Misisipi, en una zona que es todo árboles y cultivos. Todos los años se inunda.

Por las fotos de internet, parece un lugar de lo más deprimente. Tiendas vacías, con ventanas rotas y tapiadas. Granjas decrépitas. Las únicas casas que no son granjas son carne de tornado, es decir, casas prefabricadas.

Hace que me pregunte cómo acabaste allí.

Papá es quien sugiere la hipnosis por si te ayuda a desenterrar recuerdos sobre mamá, sobre Gus . La mujer policía no está de acuerdo. Dice que tu estado mental no está preparado.

Es verdad. Estás en estado de shock. No duermes, y cuando duermes tienes pesadillas.

Te despiertas sudando y gritando. Por la noche duermes en el sótano porque es el único lugar donde puedes dormir.

No miras a nadie a los ojos. Te da miedo el agua corriente.

Te cagas de miedo cuando pasa el autobús escolar.

—El hijo de alguien sigue desaparecido —le dice papá a la mujer policía—. Yo tengo a mi hija en casa. No puedo cargar con eso sobre la conciencia.