Sin dejar rastro Kate
61%

Kate

hace once años

Mayo

—Debiste decirme que ibas a preguntar por Meredith —me grita Bea mientras cruzamos el aparcamiento hacia el coche.

Llueve con fuerza; el aparcamiento está cubierto de charcos que pisamos salpicando agua por todas partes, empapándonos pies y piernas.

Usamos todo lo que podemos para mantenernos mínimamente secas.

Bea se quita la chaqueta y la sostiene sobre la cabeza.

Yo uso mi tote bag, aunque sea de lona y no sea muy buena para protegerse de la lluvia.

El agua se filtra por ella y me mojo igualmente.

El edificio médico da a una autopista. El tráfico es intenso y ruidoso.

Que vuelva a llover solo complica el problema.

La lluvia es tan ruidosa como el tráfico.

Las calles están mojadas. La gente suele conducir como loca cuando las calles están mojadas, por lo que alguien toca el claxon cada pocos segundos.

Bea no me grita, aunque esté enfadada. Grita para hacerse oír por encima del ruido.

—¿Por qué? —grito en respuesta cuando llegamos al coche.

Bea y yo nos separamos; yo voy hacia el lado del conductor, para abrir la puerta y meterme rápidamente antes de que la lluvia me siga.

Tengo el cuerpo dolorido por el examen. Me encuentro sucia y mal. Solo quiero ir a casa, ducharme, cambiarme de ropa, quitarme de encima al Dr. Feingold .

Al otro lado del coche, Bea se desliza en el asiento del copiloto y cierra de un portazo. Se vuelve hacia mí.

—Podría haberte convencido para que no lo hicieras. Me dijiste que solo querías verlo, Kate . No que fueras a preguntarle por Meredith . —Hace una pausa para respirar—. No es un hombre agradable —dice, cosa que sé.

Aunque no matase a Shelby ni le hiciera nada a Meredith , seguiría sin ser una persona agradable. Arrogante, insensible, borde.

Arranco el coche y empiezo a conducir. Llueve a cántaros.

Los limpiaparabrisas se mueven a un lado y a otro.

No pueden con el aguacero. Cuando salgo del aparcamiento y me incorporo a la calle me cuesta ver a través del parabrisas.

No calculo bien y le corto el paso a otro coche; el conductor toca el claxon mucho rato, poniéndome todavía más nerviosa de lo que ya estaba.

Normalmente yo pisaría el acelerador y me alejaría, pero con las calles tan mojadas no puedo hacerlo. Tardamos en ganar velocidad.

—Cuidado, Kate —me regaña Bea —. Eso estuvo cerca.

El otro coche cambia de carril y nos adelanta a toda velocidad, irritado, aparentemente inmune al mal tiempo.

Tengo el parabrisas empañado. Froto el cristal con la manga de la camisa, despejando un semicírculo por el que apenas consigo ver algo. Enciendo el desempañador trasero y el delantero.

—No te lo dije —le digo a Bea —, porque sabía lo que dirías.

—¿Y qué te habría dicho? —pregunta. Arroja la chaqueta mojada al asiento trasero.

—Que no lo hiciera.

—Tienes toda la razón. El hombre está en medio de una denuncia por negligencia.

Meredith iba a declarar contra él. Al margen de lo que pudiera pasarles a Shelby o a Meredith , ¿creíste que no sospecharía nada si la mencionabas?

Sabe dónde vivimos, Kate . Lo sabe porque se lo dijiste.

Lo pusiste en los formularios. Como descubra que somos vecinas de Meredith , pensará que estamos compinchadas con ella.

—¿Pero viste cómo reaccionó? —pregunto, luchando por ver algo a través de los cristales.

Me inclino hacia delante, mirando por ese círculo de diez centímetros que crece gradualmente, aunque no lo bastante rápido.

Pienso en parar y esperar a que pase el diluvio.

Pero, sobre todo, quiero estar en casa, detrás de una puerta cerrada.

Necesito una ducha. Necesito ropa limpia y seca.

En el coche hace frío y estoy calada hasta los huesos—.

Viste lo que dijo cuando le pregunté por Meredith , ¿verdad?

Mintió, Bea . Dijo no haber oído hablar de ella, cuando la verdad es que sí.

¿Por qué iba a mentirnos si no le hizo nada?

—No lo sé, pero escúchame bien —dice Bea , bajando la voz, por lo que me cuesta oírla por encima del golpeteo de la lluvia, que ya no es solo lluvia, sino que graniza.

Las esferas de hielo contra el capó del coche como si fueran cuchillos—.

Va siendo hora de que nos olvidemos de hacer de detectives aficionadas y dejemos que sea la policía quien se encargue de esto.

Todo esto nos supera —dice, con aspecto asustado.

Bea es la fuerte de las dos, mi intrépida líder. Nunca la he visto asustada.

—Ya sé que nos supera —digo, sintiéndome culpable por lo que he hecho, por preocupar así a Bea —. No debería haberlo hecho. No debí mencionar a Meredith . Ha sido una estupidez por mi parte.

Pero me alegro de haberlo hecho. Obtuve la respuesta que buscaba. Salí de la cita con lo que esperaba conseguir: una reacción instintiva que me dijera que sí, que es un hombre capaz de hacer daño a otro ser humano.

La luneta trasera empieza a despejarse. La calle que tengo detrás se vuelve mínimamente visible a medida que se despeja, lo suficiente como para ver que un par de faros me siguen de cerca.

Al principio no le doy importancia. Pero quisiera que el otro conductor fuera más despacio.

Las carreteras están mojadas. Resbaladizas.

Me aferro con fuerza al volante y noto en las manos cómo se desvía el coche, lo imprevisible del movimiento, pese a circular por debajo del límite de velocidad.

Cae tanta lluvia que los limpiaparabrisas no dan abasto.

Se me hace muy difícil ver, casi imposible.

Me concentro en las luces traseras del coche que tengo delante e intento seguir en línea recta.

Pero no veo las señales de la carretera para saber con certeza si circulo entre las líneas blancas o si las estoy cruzando y voy por el carril contrario.

Contengo la respiración cuando pasamos junto a coches que circulan en dirección contraria, esperando y rezando para que haya suficiente espacio entre nosotros, porque la verdad es que no lo sé.

Mantengo la distancia de seguridad con el conductor que tengo delante.

Es lo más seguro, por si tiene que frenar en seco, y porque las salpicaduras de agua de sus neumáticos solo empeoran mi visibilidad.

Ojalá el conductor que tengo detrás hiciera lo mismo. Está a punto de chocar conmigo por detrás. La lluvia saca lo peor de los conductores.

Piso el acelerador, con la esperanza de ampliar la distancia que nos separa, pero es inútil porque el otro se limita a acelerar cuando lo hago yo, y sigue pegado a mí.

No veo bien el coche. La lluvia es intensa.

Es imposible ver a través de ella, solo veo la luz de los coches o las señales de tráfico.

—¿Qué pasa? —pregunta Bea , notando mi creciente agitación.

—Ese idiota se pega a mí —digo.

Bea echa un vistazo rápido por el espejo lateral.

—Tú ve a tu aire —dice—. Que nos adelante si quiere.

Bea sigue hablando. Creo que habla de lo que acaba de pasar con el Dr. Feingold , pero no sé qué dice en concreto, porque he desconectado sin darme cuenta.

Toda mi atención se centra en el coche que tenemos detrás.

Intento no asustarme, y deseo que el otro conductor haga lo que dice Bea : colocarse en el carril izquierdo y adelantarnos.

Me ha puesto muy nerviosa, y no quiero acelerar, aunque tampoco es que importase mucho, porque él haría lo mismo.

Me acerco a un cruce. Con esta lluvia ya no sé en qué dirección vamos.

No consigo orientarme y me doy cuenta casi demasiado tarde de que es en este cruce donde debo girar para ir a casa.

Giro bruscamente el volante, sin pensar ni indicar nada, y tomo la curva.

La calzada debe bajar de nivel en este cruce porque el agua estancada es profunda.

El coche pierde tracción por un segundo, y creo que estamos a punto de patinar.

Resisto la tentación de pisar el freno y, en vez de eso, dejo que el coche se enderece solo.

Bea se me echa encima.

—¿Qué ha sido eso? —pregunta, asustada, mientras recupero el control del coche. Bea se endereza en el asiento y mira por la ventanilla para orientarse y saber dónde estamos.

—Perdona —digo sin aliento, con el corazón acelerado por lo sucedido—. Casi me paso la curva.

—Bueno, vale, pero siempre podrías haber cogido otra. O haber dado la vuelta en un aparcamiento. ¿Es que quieres que nos matemos?

Me quedo callada. Me concentro en la carretera.

Odio pelearme con Bea . Está enfadada conmigo.

Pero también enfadada por mí, por lo que ha pasado con el Dr. Feingold .

Tuvo que estar mirando mientras yo aguantaba el examen pélvico.

Para ella debió de ser tan horrible como para mí. Las dos estamos deshechas.

Bea lo sabe tan bien como yo. Suaviza el tono. Pone una mano en mi brazo.

—¿Quieres parar y que conduzca yo? Hoy lo has pasado muy mal y este tiempo es lo peor. ¿Por qué no dejas que conduzca yo, Kate ?

—No pasa nada —digo, encogiéndome de hombros—. Estoy bien. Y ya casi estamos en casa.

Miro por el retrovisor. Seguimos teniendo pegado el mismo coche.

El conductor ha hecho en el último momento el mismo giro de noventa grados que yo.

Me pongo superatenta. Nos sigue. No quiere perdernos de vista.

Por eso se pega tanto: no quiere dejar espacio suficiente para que lo adelante otro coche y nos separe.

Lo siento en las entrañas. Me esfuerzo todo lo que puedo para ver al conductor, pero tanto el coche como el rostro son borrosos e indistinguibles en la lluvia.

Si no fuera por esos faros que me siguen, puede que no me hubiera enterado de que me sigue.

—Creo que ese coche nos sigue —le digo a Bea .

—¿Qué coche? —pregunta ella.

—El que tenemos detrás. Pegado al parachoques.

Bea se vuelve en su asiento para mirar por el parabrisas trasero.

—¿Quién es? —pregunta—. ¿Tú lo ves?

—Esta maldita lluvia —respondo—. No puedo verlo bien.

Bea y yo salimos juntas del edificio médico.

Estábamos solas en el ascensor. No había nadie más con nosotras.

El Dr. Feingold podría haber tomado la escalera y habernos seguido.

Bea y yo estábamos tan distraídas en el aparcamiento que casi chocamos con nuestro coche, discutiendo entre nosotras, deseando escapar de esta lluvia torrencial.

No nos fijamos en quién más podía haber allí con nosotras.

El Dr. Feingold podría haber estado a tres metros de nosotras y ni nos habríamos enterado.

—Puede que sea el coche al que le cortaste el paso al salir de la consulta —dice ella—. Estaba enfadado. La gente se pone muy violenta cuando conduce.

—Ese conductor me adelantó —le recuerdo—. Se alejó.

Aún estamos a varios kilómetros de casa. Me domina el pánico porque no quiero llevar a esta persona a donde vivimos, aunque eso daría igual si fuera el Dr. Feingold , ya que le di mi dirección. Qué idiota fui.

Sigo conduciendo porque no se me ocurre otra cosa que hacer. Si lo que quiere esa persona es asustarnos e intimidarnos, lo ha conseguido. Estoy tan nerviosa que prácticamente se me ha olvidado conducir. Conduzco despacio, con las manos agarrotadas en la posición de las diez y las dos.

—Tú intenta ignorarlo —dice Bea , pero eso es más fácil decirlo que hacerlo.

Se inclina hacia delante para encender la radio; es una distracción agradable.

No hablamos. Antes de darme cuenta, estamos cerca de casa.

Estoy a solo unos kilómetros y sigo sin saber qué hacer.

No puedo ir a casa. No puedo llevar a este individuo a nuestra casa.

¿Quién sabe lo que hará cuando lleguemos?

Por primera vez, me consuela que tengamos la casa llena de obreros.

Seguro que nadie intenta hacernos daño a Bea o a mí delante de testigos.

Es pura suerte que camino de casa pasemos ante la comisaría de policía.

La vemos a través de la lluvia solo porque, al acercarnos, sale a toda velocidad un coche patrulla de su aparcamiento, con las luces y las sirenas encendidas.

Seguro que el conductor de ese coche no será tan idiota como para seguirnos hasta el aparcamiento de una comisaría.

Cuando estoy cerca, pongo el intermitente y reduzco la velocidad.

Entro allí mientras el otro coche cambia de carril y acelera, dejando a su paso una estela de agua de lluvia.

Bea y yo lo intentamos, pero ninguna de las dos consigue ver bien al conductor o la matrícula. Todo es una imagen borrosa, indescifrable en la lluvia.