Sin dejar rastro Meredith #2
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Meredith #2

—Dale tiempo, Jason . Habla con ella. Podrías estar equivocado. El embarazo es difícil. Puede que malinterpretaras la situación. Quizá esté distante por las hormonas, y no por otro hombre.

—No soy un puto idiota —dice.

Trago saliva. Su mal genio me pone nerviosa. Bajo la voz y me aparto un poco de él, aunque todavía no lo he visto agredir físicamente a nadie en sus arrebatos, solo verbalmente.

—No he dicho que lo seas.

—Me engaña —dice—. Y ni loco dejaré que me quite a mi niña si decide dejarme.

Shelby despierta al rato. La enfermera entra para ver cómo está. La dilatación y el borramiento no han variado mucho. Esperamos un poco más.

Como Shelby no progresa, el doctor receta oxitocina. Eso le refuerza las contracciones. Shelby no tarda en sentir dolor. Jason quiere saber por qué.

—La puta epidural no le hace nada. ¿No debería estar insensible? —pregunta.

—La presión puede volverse más intensa si esto se alarga, incluso con la epidural.

—Llama al doctor. Que lo arregle —dice.

—Ahora necesitamos que sienta la presión de las contracciones. Será lo que la ayude a expulsar al bebé —le digo, antes de darle la espalda.

Tendría que dedicar mis energías a consolar a Shelby , no a tranquilizarlo a él. Vuelvo a intentar que trabajemos con su respiración, pero está demasiado aturdida.

Cuando alcanza los diez centímetros, la matrona hace que descanse un rato antes de empezar a empujar, con la esperanza de que el útero y las contracciones hagan parte del trabajo por ella. Pero las contracciones son insoportables. Tiene muchas ganas de empujar.

Cuando llega el momento de hacerlo, le explico a Shelby cómo debe respirar, cómo empujar de forma eficaz. Cuando me grita que no puede hacerlo, le digo que ya lo está haciendo.

—Estás haciéndolo, Shelby . Estás haciéndolo.

Le sonrío para animarla.

Cuando me parece que Jason está a punto de vomitar, le sugiero que salga al pasillo a tomar el aire. Hace lo que le digo y vuelve al cabo de unos minutos.

Le doy a Shelby trocitos de hielo para que los mastique durante cada empujón.

Ella empuja durante mucho rato. Las madres primerizas que reciben la epidural suelen empujar hasta tres horas, a veces más, lo cual no es malo, siempre y cuando no corran peligro la madre y el bebé, o la madre no esté demasiado agotada para empujar.

Cuando el Dr. Feingold reaparece, Shelby ya está completamente agotada.

Lo que les gusta a las pacientes del Dr. Feingold es que es el único médico de su consulta.

No pertenece a ninguna clínica grande. Eso proporciona cierta tranquilidad.

Sus pacientes saben exactamente lo que obtendrán cuando se pongan de parto.

Otras consultas tienen más de diez obstetras en plantilla y puede que, durante el parto, te toque alguien que te caiga bien o alguien que te caiga mal.

Incluso alguno al que no hayas visto nunca.

Es una idea preocupante. Por eso prefieren tener a alguien concreto como el Dr. Feingold .

Con él hay pocas incógnitas, si es que hay alguna. Hace décadas que se dedica a esto.

—Cuanto más empuje, antes terminará —es lo primero que le dice el Dr. Feingold .

No solo eso no es necesariamente cierto, sino que, encima, es condescendiente. Shelby no tiene la culpa de que el niño no se mueva por mucho que ella empuje.

—No puedo —grita Shelby . El sudor le gotea por la frente y le resbala por las mejillas—. ¡Sáqueme a este bebé de dentro! —grita.

Jason , a mi lado, está indignado.

Llevo al Dr. Feingold aparte y le sugiero que Shelby no puede hacerlo, que ya ha tenido bastante.

Shelby no pone pegas a una cesárea. No es su primera opción, pero no le importaría someterse a una si es necesario.

Y, teniendo en cuenta su agotamiento, la duración del parto y el hecho de que la situación se ha estancado, a mí me parece algo necesario. Incluso prudente.

El Dr. Feingold descarta mis preocupaciones.

—El médico soy yo —me recuerda, alzando la voz para que todos allí puedan oírlo. Me mira fijamente mientras habla—. Hace más de treinta años que ejerzo. ¿Por qué no deja que sea yo quien decida cómo va a desarrollarse esto, a no ser que usted tenga algún título de medicina del que yo no sé nada?

Se aparta de mí y vuelve con Shelby .

—Además —le dice, como si hubiera estado hablando con ella todo este tiempo—, una cesárea le dejaría una cicatriz muy fea, y nadie quiere eso.

Un bebé sano. Es lo único que quería Shelby cuando hablamos de su plan de parto.

El Dr. Feingold decide sacar al bebé con fórceps, en vez de hacerle una cesárea.

Ya son muy pocos los médicos que los utilizan, y son sobre todo de la vieja escuela, como el Dr. Feingold .

Los fórceps suponen un riesgo potencial.

El Dr. Feingold no explica esos riesgos a Shelby o a Jason .

Solo les dice lo que quieren oír: que la ayudará a sacar el bebé enseguida.

Y no solo eso. No le da a Shelby la oportunidad de que dé un consentimiento informado para practicarle una episiotomía, cortándole el perineo con unas tijeras en vez de dejar que se desgarre solo, si llegase a hacerlo.

Hoy en día, la episiotomía debería ser una excepción, no la norma.

Y siempre debería ir acompañada de una explicación clara de las posibles complicaciones, que son muchas, desde relaciones sexuales dolorosas hasta incontinencia fecal. Estoy horrorizada.

—Doctor —le digo secamente, pero es demasiado tarde, porque ya está hecha.

Me dirige una mirada asesina por encima de mi clienta; estoy a su lado, intentando consolarla.

—¿Quiere esperar en el pasillo? —me pregunta. No me muevo.

No mira a Shelby cuando le habla.

—Voy a sacarle el bebé. ¿Le parece bien? — Shelby lanza un grito con la siguiente contracción. El Dr. Feingold lo encuentra gracioso—. Me tomaré eso como un sí —dice con arrogancia.

Me enfurece. La ausencia de un no nunca debería significar un sí.

He trabajado muy duro para crear una cultura de consentimiento con mis clientas, sobre todo en situaciones como esta, donde Shelby es vulnerable y el Dr. Feingold está en posición de poder.

Cada parto tiene sus propios riesgos. Lo sé.

Pero una mujer debería ser consciente de esos riesgos.

Tener la oportunidad de sopesar las opciones por sí misma.

Veo que el Dr. Feingold prepara los fórceps. No dejaré que me calle.

—El uso de fórceps para ayudar en el parto puede tener complicaciones, Shelby —le digo, hablando con rapidez, con urgencia.

Estoy a un lado de la cama, inclinándome hacia ella.

La miro a los ojos. Shelby está completamente agotada.

El cansancio es palpable. Hará lo que sea para acabar con el parto—.

Las peores son daños cerebrales, fracturas de cráneo, la muerte. Debes saberlo antes de que…

—Su doula —me interrumpe el Dr. Feingold , con aire de superioridad, rebajándome— no tiene formación médica. ¿Le hará caso a ella o a mí?

Otra contracción sacude a Shelby .

—¡Sáqueme este bebé! —grita.

El Dr. Feingold lo toma por un consentimiento.

Cierra el fórceps sobre la cabeza del bebé.

Lo utiliza primero para girarle la cabeza.

En la siguiente contracción, le pide a Shelby que empuje cuando él tire del bebé.

Cuando lo hace, Shelby grita al sentir un dolor insoportable a pesar de la epidural, como si la partieran en dos.

El bebé no llora una vez fuera. Lo primero que pienso es que no sobrevivirá.