Meredith
hace once años
Abril
Shelby Tebow se pone de parto dos semanas antes de lo previsto. La llamada llega en medio de la noche. Es Jason quien llama desde el móvil de Shelby . Las contracciones son muy seguidas. Le digo que vaya al hospital, que nos veremos allí.
Veo a Jason por primera vez. Es tal y como esperaba que fuera, salvo por la voz que, ahora que la oigo, no es la misma que oí cuando estuve en su casa. Era la voz de otro hombre. Eso pone en duda todo lo que sé de Shelby Tebow .
Una enfermera de triaje examina a Shelby para ver si la ingresan o la envían de vuelta a casa. Jason se toma mal la posibilidad de volver a casa, aunque sea protocolo que te examinen antes de ingresarte, y se enfada con la enfermera.
—Tiene que calmarse, señor —le dice ella.
Él se queda demasiado cerca, respirando en la nuca de la enfermera mientras examina a Shelby .
Le dice que se aparte y le deje espacio.
Shelby ha dilatado cinco centímetros y tiene contracciones a intervalos de menos de cuatro minutos.
La ingresan. Se pone una bata de hospital y se acuesta en la cama.
Llega el Dr. Feingold . Nunca he tenido el placer de trabajar con él. Pero su reputación lo precede. Es arrogante e intransigente. Intenta relegarme a un rincón de la habitación. No se lo permito. Shelby es tan clienta mía como suya.
Quiere comprobar cómo evoluciona. Le introduce los dedos en el cuello uterino con mucha menos delicadeza que la enfermera. Shelby se encoge en la cama. Aprieta las rodillas. Intenta apartarse de él.
—Debe estarse quieta —dice. Es apático.
—Me hace daño —gime ella.
—Esto no duele —dice, quitándole importancia y siguiendo adelante.
No puede saberlo. Nunca se lo han hecho a él.
Shelby se retuerce. Él le dice que no se mueva.
Que cuanto más quieta esté, antes terminará él.
Es denigrante—. Ya está —dice, mientras se quita el guante de látex de la mano—. ¿A que no ha sido tan malo?
Ella sigue sin mirarlo.
El Dr. Feingold no utiliza la monitorización fetal electrónica para controlar de manera constante el latido del bebé.
En vez de eso, prefiere escuchar con un doppler fetal.
Lo usan muchos obstetras. El monitor no es necesario, a menos que sea un caso de mucho riesgo.
Pero la auscultación intermitente es justamente eso, intermitente, y requiere diligencia por parte del médico y de la matrona.
Esta noche el hospital está muy concurrido.
Hay muchas mujeres de parto, incluida otra paciente del Dr. Feingold .
—Será por la luna llena —dice la enfermera.
No es verdad. Es una leyenda urbana. Los cambios en la presión barométrica pueden provocar que una mujer se ponga de parto, pero no la luna llena. Es más probable que se deba a la proximidad de una tormenta que a la luna llena.
El Dr. Feingold sale de la habitación. Antes de irse, me pide que salga al pasillo con él.
—Va a tener mucho trabajo con esta —me dice en privado, como si fuéramos cómplices—. ¿Es de esas que solo quieren que les hagan casito? —añade con una sonrisa.
Estoy tan sorprendida que al principio no digo nada. Me limito a mirarlo boquiabierta y ojiplática.
—Mis clientas —le digo cuando recupero el aliento— siempre me piden que les recomiende un obstetra. A usted no lo recomendaré nunca, doctor.
De haber tenido alguna experiencia personal con el Dr. Feingold , le habría dicho a Shelby que huyera. Tengo una lista cada vez más larga de médicos con los que no trabajo, y de hospitales a los que no voy. Acabo de añadirlo a la lista. Cree que su título de médico le da carta blanca. No es así.
Una vez se ha ido, vuelvo con Shelby .
—Le odio —me dice.
—No te preocupes por el Dr. Feingold . Piensa solo en tu precioso bebé y en la vida que compartiréis. Ya casi estás, Shelby .
Menos de una hora después entra una enfermera para ver cómo progresa.
—¿Tan pronto? —pregunto cuando me dice lo que viene a hacer. Me parece muy pronto para otro tacto vaginal.
—El Dr. Feingold quiere que se le haga. —Se acerca a Shelby —. Vamos a echarle un vistazo.
Le indica a Shelby que doble las rodillas y abra las piernas.
Shelby hace lo que le dice. No sabe que puede negarse.
No sabe lo que sé yo. Que no hay estudios fiables que digan que los tactos vaginales sean necesarios durante el parto.
Tampoco son precisos al cien por cien. Las mediciones de una persona no son las mismas que las de otra, y no es necesario hacerlas cada hora.
—¿Estás bien, Shelby ? —le pregunto, interponiendo la mano para evitar que la enfermera toque a mi clienta sin su consentimiento—. ¿Te parece bien que la enfermera te revise el cuello uterino? Así verán cuánto has dilatado. Es lo que hizo el Dr. Feingold cuando estuvo aquí.
Se lo digo porque el consentimiento informado es importante. Una persona debe saber a qué le dice que sí.
Shelby se echa hacia atrás en la cama.
—¿Va a dolerme tanto como la otra vez? —gimotea.
—Puede que sí y puede que no —le digo—. Tú decides, Shelby . Si no quieres que la enfermera te examine, no lo hará —añado mientras la enfermera pone mala cara. Shelby se lo piensa. Toma una decisión. Me mira y niega imperceptiblemente con la cabeza—. Ahora no —dice—. Si no tengo que hacerlo, no.
—Apenas ha pasado una hora —le digo a la enfermera—. Es demasiado pronto para otra revisión.
La enfermera se va. No está contenta conmigo.
—¿Y si no vuelve? —pregunta Shelby .
Ese es el problema. Las parturientas no quieren cabrear a nadie. Porque los necesitan. Lo que significa que a veces, durante el parto, se hacen cosas innecesarias al cuerpo de una mujer, tanto por comodidad como por eficiencia. A veces soy más una guardaespaldas que otra cosa.
—Volverá —le prometo.
Shelby no soporta bien las contracciones.
Su umbral del dolor no es muy alto. Me siento a su lado.
Intento ayudarla a respirar durante ellas, pero está demasiado alterada para respirar.
Pide la epidural. Llaman al anestesista, pero en este momento no está disponible.
Shelby quiere un alivio inmediato, pero tendrá que esperar.
—¿Por qué coño tardan tanto? —pregunta Jason .
Da vueltas por la habitación. Le pido que se calme. Le digo en voz baja que no ayuda nada enfadándose. Que tiene que ser una presencia tranquilizadora, por el bien de Shelby .
Llega la epidural. Le piden a Jason que salga mientras se la ponen.
Eso lo enfurece. Salgo con él. En el pasillo intento explicarle que es un procedimiento estéril, por el que se inserta un catéter directamente en el espacio epidural de Shelby .
También es arriesgado. Los padres suelen desmayarse al ver las agujas.
Tardan más de lo esperado porque Shelby no se está quieta.
Lo cual hace que Jason se suba por las paredes.
Tengo que contenerlo físicamente para evitar que vuelva a la habitación.
La epidural ralentiza los progresos de Shelby . Lo que antes era rápido ahora es lento.
Pero el alivio es inmediato. Está casi entumecida de cintura para abajo. Me siento a su lado en el borde de la cama. Le aparto el pelo de los ojos. Le ofrezco trocitos de hielo y un masaje. Ella rechaza ambas cosas, prefiriendo dormir. Dormir es buena idea. Necesita descanso.
Mientras duerme, Jason Tebow habla conmigo. Es cínico, hostil. Utiliza muchos tacos. Pero puede que no sea el monstruo que había creado en mi imaginación. Tiene un lado amable. Es tierno con Shelby . Entrañable. Puedo ver que, pese a su mal genio, la quiere mucho.
Mientras ella duerme, Jason se acerca al borde de la cama. La observa. Le acaricia la cabeza. La coge de la mano.
—Mi padre nunca estuvo a mi lado —me cuenta—. Nos dejó cuando yo tenía cinco años, volvió a casarse y tuvo otro hijo. Me envió durante varios años un regalo cada Navidad y otro por mi cumpleaños. Luego, nada. —Tiene una mirada melancólica—. Yo me portaré mejor con mi hija —promete.
—Estoy segura de que sí —le digo. Alarga la mano y le toca la tripa a Shelby .
—Si pudiera, le daría el mundo entero.
—Te creo.
—¿Puedo contarte algo? —pregunta.
—Por supuesto —respondo.
—Creo que Shelby va a dejarme. Y que cuando lo haga se llevará a mi hija.
—¿Por qué va a hacer eso? —le pregunto.
No debería habérselo preguntado. Me arrepiento nada más preguntarlo. No es asunto mío. No debo permitir que me involucre en su matrimonio.
—Me engaña —dice—. Lo sé.
Yo también lo sé. O al menos, eso creo. Estaba con un hombre el día que fui a verla.
Estaba en lo alto de la escalera, haciendo señas a Shelby para que subiera.
Y ella estaba desesperada por que yo me fuera.
No era para que Jason no se enfadase al verme.
Era para poder volver con su hombre. Eso me hace ver a Shelby con otros ojos.
Su matrimonio está lejos de ser perfecto.
Pero no creo que la culpa sea solo de Jason .
Ambos son responsables de esto. Pienso en lo que ella insinuó de él, en la conclusión a la que llegué: que él le hacía daño.
¿Habría algo de verdad en eso, o solo sentaba las bases para el divorcio?
Cosas como la custodia de los hijos y la pensión alimenticia se verían afectadas si un juez creyera que Jason le pega.
Una denuncia por violencia doméstica inclinaría la balanza en favor de Shelby .
Pero solo son teorías. No tengo manera de saberlo con certeza.
—¿Cómo lo sabes? ¿Te lo dijo ella? —suelto, sin poder contenerme.
—No tuvo que hacerlo —responde. Dice que simplemente lo sabe.
—¿Lo has hablado con ella? —pregunto.
Niega con la cabeza. Me mira. En sus ojos hay una mezcla de ira y de tristeza. Se muestra arisco.
—Sé cómo es esto. Cuando la gente se divorcia, la madre siempre se queda el hijo. Shelby no podrá quitarme a mi hija.
—Los padres también tienen derechos —le digo, pero no se equivoca. La custodia casi siempre se concede a la madre.
—No me vale con un fin de semana de cada dos.