Sin dejar rastro Kate #3
57%

Kate #3

Este me mira fijamente. Lo piensa, y agradezco la atención que le dedica, aunque no creo ni por un momento que sea sincero. Piensa antes de hablar, con mucha cautela. No quiere decir nada incorrecto.

—Si sintiera la necesidad de contratar a una doula —dice, haciendo hincapié en el «si»—, le iría bien con cualquiera de las dos primeras.

Pero a esta Dickey —dice, dando un golpecito al papel, y al principio creo que va a hablar mal de Meredith —.

Meredith Dickey . No la conozco —dice, antes de devolverme la lista y continuar con el examen.

Miente. Es una mentira descarada. Sí que conoce a Meredith .

El Dr. Feingold vuelve a decirme que me tumbe en la camilla. Esta vez lo dice con severidad. Me agarro sin darme cuenta a los cierres de la bata. De pronto, noto un sabor metálico en la boca. Me tumbo boca arriba en la camilla, en posición defensiva, apretando las rodillas.

Bea se inclina inconscientemente hacia delante.

—Su amiga puede esperar fuera, si lo prefiere —dice el doctor, al darse cuenta.

No es algo tan extraño que lo diga. Si fuera mi amiga, mi supuesta amiga, no querría que me viera desnuda.

Sería incómodo tener a Bea tan cerca durante un examen pélvico.

Es incómodo, pero me pone los pelos de punta la mera idea de quedarme a solas con el Dr. Feingold , desnuda, con sus manos dentro de mí. Bea no puede irse.

—Tengo muy mala memoria —digo, tragando saliva con miedo, con voz temblorosa.

Ya no puedo controlarla—. Le pedí que viniera para recordarme todas las cosas que olvidaría preguntar.

Tiene tres hijos —explico—. Ella sabe un poco lo que es estar embarazada.

Este es mi primero —añado, con voz cada vez más débil, adoptando el tono sombrío de una mujer que puede o no haber abortado.

Bea mueve la silla para que dé hacia otro lado y aparta la mirada.

El Dr. Feingold me hace un gesto para que me deslice hasta el final de la camilla y coloque los pies en los estribos.

Lo hago así, quedando tumbada con las piernas abiertas ante él.

El Dr. Feingold coloca sus manos firmes sobre mis rodillas desnudas.

Me abre más las piernas, antes de bajar a un lugar que no puedo ver.

Estoy tumbada boca arriba. No puedo ver lo que hace.

Cierro los ojos e intento transportarme a alguna parte lejos de aquí.

Mi ginecóloga me habla durante todo el examen, como si cada vez fuera la primera vez.

«Notarás algo de presión», me avisa. «Procura relajarte, Kate . Oirás un clic…».

Pero el Dr. Feingold no habla. Antes de que pueda procesar lo que pasa, tengo dentro el frío espéculo, las palas se abren con un clic y yo jadeo, sin estar preparada para la presión, para el dolor.

El Dr. Feingold se mueve rápido, desplazando el frío metal para echar un buen vistazo a mi interior.

Abro los ojos de par en par y me muerdo con fuerza el labio inferior, saboreando la sangre.

Antes de que pueda recuperar el aliento por la entrada repentina del espéculo, este sale, desaparece, sustituido por una mano invasora que palpa y tantea, mientras otra mano ejerce presión por fuera, sobre mi abdomen.

Para él será algo rutinario, automático, pero para mí es horrible, insoportable.

Saber que esas manos son las manos de un asesino hace que el calor vuelva a mi rostro.

Vuelvo a pensar en el cuerpo de Shelby en la orilla del río, abandonado desde hace días.

Este hombre puede haber quitado una vida, haber dejado a un bebé indefenso sin su madre.

De pronto, noto un zumbido en los oídos, una oscuridad que se propaga desde la periferia de mi visión hasta el punto de creer que voy a desmayarme.

Cierro las piernas contra mi voluntad y el Dr. Feingold me dice bruscamente que vuelva a abrirlas, como si fuera una niña de cuatro años a la que le hacen una limpieza bucal, y que cuanto más quieta me esté antes terminará.

—¿Va todo bien, Kate ? —me pregunta Bea mientras noto lágrimas en los ojos y me fuerzo a contenerlas. Murmuro una afirmación. No puedo verla desde donde estoy, pero noto en su voz un miedo y un asco semejantes a los míos.

Cuando él termina, retira bruscamente la mano de mi interior y dice que puedo sentarme.

—El análisis de sangre —dice sin expresión— será más concluyente.

—¿Qué significa eso? —pregunto, esforzándome por sentarme, agarrándome la bata por el pecho y el regazo. Los ojos del Dr. Feingold se fijan en ello, en mis manos, que todavía tiemblan.

—Quizá sea demasiado pronto para ver cambios en el útero —dice.

—¿Es que no ha visto ningún cambio? ¿No estoy embarazada? —pregunto—. Cree que he abortado. O cree que las pruebas de embarazo se equivocaron.

No tengo que simular el miedo, el shock , el disgusto. Ya están presentes.

—La enfermera vendrá a sacarle sangre. No me gusta especular. Prefiero que las cosas sean concluyentes. Veamos qué nos dice el análisis de sangre y entonces veremos qué se hace. Tal vez sea mejor no entrevistarse con ninguna doula mientras no sepamos más —dice yéndose.