Kate #2
Antes de aceptar mi sexualidad, salí con un chico en el instituto.
Solo tenía que estar de mal humor para que él diese por hecho que estaba en ese momento del mes.
Se metía conmigo por eso. Una vez, después de una pelea, me regaló una caja de Tampax.
«Es una broma», Kate , me dijo cuando rompí con él por eso. «¿No sabes tomarte una broma?».
—Esas mujeres no llegan a saber que han estado embarazadas —dice el Dr. Feingold —.
Esa podría ser la razón por la que las pruebas de embarazo dieron positivo.
—Pregunta si sangré después de hacérmelas, si manché algo.
Niego enérgicamente con la cabeza. Le digo que no—.
Le haremos un análisis de sangre para saberlo con seguridad —dice que un análisis de sangre nos dirá cuánta hCG tengo en el sistema, si es que tengo.
Que solo el cuerpo de una mujer embarazada produce hCG—.
Si no hay hCG, no hay bebé —dice, como si nada.
Se encoge de hombros al decirlo, como si habláramos de algo mucho menos importante que una vida. No importa que mi bebé sea inventado, que nunca haya existido. Eso no vuelve aceptable su actitud. Porque este momento podría significarlo todo para otra mujer.
—Yo no me preocuparía todavía —dice y, aunque esas palabras son alentadoras en sí mismas, destinadas a tranquilizarme, la forma en que las dice es cualquier cosa menos tranquilizadora. Son palabras sin sentimiento; no las acompaña de ninguna sonrisa cálida, ni siquiera de una falsa.
Creo que el Dr. Feingold busca contener cualquier posible emoción, que si yo lloro, sea luego en casa, a solas. Porque el llanto es desagradable. No le va.
—El análisis de sangre —me dice— se enviará al laboratorio. Tendremos los resultados en un par de días. La enfermera le sacará sangre en cuanto termine con el examen. Ahora, echemos un vistazo —dice, indicándome que me recueste en la camilla.
Se me corta la respiración. Empiezo a sudar bajo los brazos.
Sé que una exploración pélvica y una citología son algo rutinario en una primera cita prenatal.
Lo descubrí al documentarme para la cita.
Pero no esperaba que esto llegara tan lejos.
Ahora que el embarazo está casi descartado, no hay motivo para que el Dr. Feingold me haga el examen antes de tener los resultados del análisis de sangre, antes de saber con certeza si estoy embarazada, cosa que no estoy.
La idea de que este hombre me toque, de que introduzca sus dedos dentro de mí, me produce náuseas.
Pienso en Shelby siendo asesinada, en su cuerpo desnudo arrastrado hasta la orilla del río y abandonado allí.
¿Fue este hombre quien le hizo eso?
—¿No deberíamos esperar a los resultados del análisis? —pregunto.
Es entonces cuando sonríe. De forma altanera, obscena.
—Si voy a ser su médico, tendrá que confiar en mí.
¿Vale, Katie ? —pregunta, y yo asiento mecánicamente, sin decir nada, incapaz de corregir su error.
Nunca he sido Katie o Katherine . Siempre he sido Kate .
Es el nombre que me pusieron mis padres, no el diminutivo de otro nombre—.
Una mujer embarazada sufre cambios en el útero.
A veces, pueden detectarse con un examen pélvico —dice de forma mecánica, y aunque sé que él no notará estos cambios, creo que cualquier futura madre haría lo que le pidiesen para saber si está embarazada.
Cualquier futura madre en mi situación estaría desesperada por confirmar su embarazo.
¿Qué otra opción me queda? Me dispongo a recostarme, pero entonces me detengo.
Me incorporo, apoyándome en los codos. Tengo preguntas que hacer y, si voy a hacerlas, tengo que hacerlas ahora.
En cuanto el Dr. Feingold termine su examen y me dé la mala noticia de que no estoy embarazada, mis preguntas resultarán irrelevantes.
Sin un bebé no necesito un médico de bebés.
—Una amiga mía —digo, hablando con rapidez, dejándome llevar por los nervios—.
Otra amiga, no esta —digo, refiriéndome a Bea —.
Tuvo un bebé hace poco. Fue horrible. El parto fue largo.
Duró tres turnos de enfermería. En ese tiempo la vieron tres médicos diferentes.
Fue algo muy impersonal, nada que ver con lo que pensaba que sería dar a luz a su primer hijo.
Le habría gustado contratar una doula. Alguien que estuviera allí solo para ella.
Dice que si tuviera que volver a pasar por eso, contrataría a una. ¿Usted qué opina de las doulas?
El Dr. Feingold retrocede hasta la pared. Una vez allí, saca unos guantes de látex de una caja. Vuelve hasta mí, se para, se pone los guantes.
No veo a un médico con guantes. Veo a un asesino ocultando sus huellas dactilares.
El corazón me late con fuerza.
—A diferencia de la clínica obstétrica de su amiga, yo soy el único médico que hay en esta consulta —dice el Dr. Feingold —. Si está embarazada, seré yo quien la asista en el parto. Puede contar con ello. Según mi experiencia, la doula es innecesaria cuando se tiene al médico adecuado.
—Oh —digo, intentando ocultar el temblor en mi voz. Podría dejarlo aquí. Dejarlo correr.
Pero quiero decir algo más.
—Me sorprende —le digo—, porque he estado investigando lo de las doulas, por si acaso, ¿entiende? Por si estoy embarazada. He estado leyendo blogs y cosas así. Reseñas. Algunas mujeres se muestran muy entusiasmadas por el apoyo y la ayuda que puede proporcionarles una doula.
—Las doulas pueden ser muy caras —dice él.
—He hecho los cálculos. Creo que puedo permitirme una.
El Dr. Feingold sonríe, pero no dice nada. Le pido a Bea que me pase el bolso y ella lo hace de mala gana. No sabe lo que he hecho.
Meto la mano en el bolso y saco un papel donde he escrito unos nombres. Le enseño la lista al Dr. Feingold . Me la quita y le echa un vistazo.
—Son algunas doulas locales que he encontrado mientras buscaba —le digo.
En la lista hay tres nombres. Chloe Nord . Christine Frank . Y Meredith Dickey . Las tres son de la zona. Las tres tienen muy buena fama entre los grupos de Facebook de madres locales y serían del tipo de mujeres que yo buscaría si estuviera embarazada y necesitase una doula.
Me niego a volverme y mirar a Bea , sabiendo con seguridad que está cabreada. Me dirá que ha sido demasiado arriesgado, que he ido demasiado lejos al sacar a relucir el nombre de Meredith . Que me he pasado de la raya.
Pero estoy tan cerca. No puedo dejarlo correr.
—Si decidiera contratar a una doula, ¿me recomendaría usted a alguna de estas mujeres? —le pregunto al Dr. Feingold .