Sin dejar rastro Kate
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Kate

hace once años

Mayo

La consulta del Dr. Feingold se encuentra en la tercera planta de un edificio de consultas médicas situado junto al hospital.

El edificio en sí es moderno, con cristaleras y mucha luz natural.

En el vestíbulo hay cola para el ascensor, así que Bea y yo vamos por las escaleras hasta la tercera planta.

Hablamos muy poco mientras subimos los empinados escalones, guardando el aliento para el esfuerzo, aunque el silencio de Bea me dice que querría que yo cambiase de opinión.

Pero pienso seguir adelante. Estoy decidida. Es algo que necesito hacer.

Una vez en el tercer piso, caminamos la una al lado de la otra por el pasillo.

—¿Qué esperas conseguir con esto? —me pregunta por fin Bea , al acercarnos al despacho del Dr. Feingold .

Lo hace con tono amargo y acusador. Me agarra el brazo con la mano y me obliga a detenerme, a mirarla; lo hago.

No puedo expresar con palabras lo que espero conseguir sin parecer una inocente, así que no digo nada.

—¿Es que crees que si le hizo algo a Meredith te lo va a decir de pronto? —pregunta Bea , ante mi silencio.

—No —respondo, negando con la cabeza—. Claro que no.

—Entonces, ¿qué? —pregunta—. ¿Piensas preguntárselo?

—Claro que no —repito, intentando explicar que no espero una confesión, sino más bien una corazonada, una voz interior que me diga si el Dr. Feingold le hizo algo a nuestra amiga.

Una vez entramos, la sala de espera es pequeña pero acogedora. Una recepcionista anota mi nombre. Me entrega unos formularios y nos dice que tomemos asiento. Dice que la enfermera nos atenderá enseguida. Relleno los formularios mientras espero. Escribo mi nombre y mi dirección.

Bea mira los papeles mientras los relleno. Me da un codazo.

—¿Qué haces? —susurra entre dientes, al ver que he escrito mi nombre y dirección reales.

Bea rara vez se enfada conmigo. Pero no está enfadada.

Nuestras miradas se cruzan y veo en sus ojos que está asustada.

Le preocupa que me esté metiendo en algún lío, como le pasó a Meredith .

Y ahora Meredith ha desaparecido. No creí que fuera a necesitar un nombre y una dirección falsos.

Como si alguien con los honorarios del Dr. Feingold fuera a encargarse del papeleo. Pero Bea parece creer que sí.

—Pide otro formulario. Repítelo —me dice, pero ya es tarde para eso porque, un instante después, la puerta se abre y sale a buscarme una enfermera llamándome por mi nombre.

—Aquí —digo, poniéndome de pie, y la enfermera sonríe a Bea , pensando que se quedará esperando en la sala.

Pero Bea se levanta.

—Oh —dice la enfermera—. Tu amiga puede venir también, si quieres.

—Sí, por favor. El padre no ha podido venir —digo.

Hago todo lo posible por mantener la calma.

Me concentro en mi respiración. Aunque la verdad me parezca evidente, el Dr. Feingold y su personal no tienen por qué pensar que mis motivos para venir aquí no sean auténticos.

Solo saben que soy una futura mamá muy emocionada.

Así que pongo una sonrisa tonta y sigo a la enfermera hasta la consulta, donde no paro de parlotear sobre el embarazo y el nuevo bebé y lo emocionada que estoy de ser madre.

Le hago preguntas a la enfermera. Le digo que en mi familia nacen muchos gemelos.

¿Podrían ser gemelos? ¿Cuándo lo sabríamos?

—Puede —dice, siguiéndome la corriente, y me pregunta qué parte de la familia tiene gemelos y si a mi marido y a mí nos gustaría recibir una noticia así.

—Por supuesto. ¿A quién podría no gustarle? —Le digo que siempre he querido tener una familia numerosa.

—Hay algunas mujeres a las que no les gustaría —dice ella.

Mira mi mano cuando yo digo «marido». No llevo anillo de bodas.

Bea y yo no estamos casadas, todavía no, aunque tenemos muchas esperanzas de que el matrimonio homosexual no tarde en ser legal en el estado.

Hemos hablado de casarnos en otra parte.

Quizá en Massachusetts . Pero no nos encajaba que el matrimonio no fuera reconocido o aceptado una vez volviéramos a casa.

Lo que llevo es un anillo de compromiso.

Algo delicado y fino. Alguien perspicaz podría darse cuenta de que Bea lleva uno igual, un aro de plata con un delicado nudo.

Los elegimos juntas, prometiendo casarnos en cuanto pudiéramos.

—Quizá sea demasiado pronto para detectar gemelos con una ecografía —dice—. Pero el Dr. Feingold es el especialista. Él lo sabrá.

Toma nota de mis constantes vitales. Me pide información, como la fecha de mi última menstruación, algo que sé porque lo miré y supe que me preguntaría.

Le doy una fecha inventada, una que tenga sentido con mi reciente embarazo de unas cinco o seis semanas.

A petición suya, voy al baño y dejo una muestra de orina.

Cuando vuelvo, la enfermera ya no está. En la camilla me espera una bata de papel. Me la pongo. Bea y yo esperamos a que venga el médico.

—No es demasiado tarde —dice Bea mientras me acomodo en la camilla, mirando fijamente los estribos y notando náuseas en la boca del estómago.

No sé cómo saldrá esto. No sé qué esperar, pero tampoco sé si importa mucho.

Dentro de nada, la enfermera analizará la muestra de orina que le he dejado.

Descubrirá que no estoy embarazada. La visita al médico será breve, solo hasta que me dé la mala noticia.

Entonces yo fingiré ponerme triste y Bea y yo nos iremos.

Pero, al menos, lo conoceré antes de todo eso.

—Todavía podemos irnos —dice Bea —. No tenemos por qué seguir.

—¿Y qué diríamos? —pregunto, pensando en lo raro que resultaría que nos fuéramos de repente.

—Que ha surgido una emergencia familiar.

Pero irme no es una opción para mí. No mientras no lo vea y hable con él. Hemos llegado muy lejos.

Cierro los ojos. Respiro hondo.

—Solo serán unos minutos. No pasará nada. Para él no seré más que una embarazada más. Tú intenta actuar con normalidad —le digo.

En la encimera hay revistas y le digo que coja una y finja leerla.

La llamada a la puerta de la consulta es poco delicada.

Dos golpes rápidos y el doctor entra. Mi ginecóloga suele llamar a la puerta antes de abrirla unos centímetros y preguntarme si estoy vestida.

Solo entra cuando le digo que sí. Pero el Dr. Feingold no espera.

Se queda en el umbral, serio pero sonriente, con una sonrisa que no asoma a sus ojos.

Una sonrisa falsa. Es alto. Lleva una bata blanca de médico sobre unos pantalones grises y una camisa.

Tiene más o menos la edad que le suponía por la descripción de Jeanette .

Dijo que era inflexible. Eso me hizo creer que sería más viejo en mi mente, de la vieja escuela, alguien que ha vivido mucho y con costumbres arraigadas.

Tendrá unos sesenta y cinco años, y estará pensando en jubilarse, en pasar los inviernos en el sur, sin acabar con su carrera manchada por el caso de negligencia médica de los Tebow .

El Dr. Feingold tiene el pelo canoso y se está quedando calvo.

— Dr. Feingold —dice—. ¿Y a quién tenemos aquí?

—pregunta, refiriéndose a mí, y me molesta que no sepa mi nombre, que no se preocupase por mirarlo antes de entrar.

Es formal, clínico. Mi ginecóloga es cálida.

No puedo afirmar con seguridad si me recuerda de una visita a otra, pero nunca me ha dado motivos para pensar lo contrario.

Ella se sienta en el taburete y charla un rato conmigo antes de empezar la exploración.

Pregunta por mi familia. Pregunta por mí.

Como si fuéramos viejas amigas. Hasta yo, cuando ejerzo como veterinaria, dejo que los perros me olisqueen antes de examinarlos.

Es nuestra manera de conocernos antes de tocarlos.

—Soy Kate . Y esta es mi amiga Bea .

Bea sigue en la silla. Su incomodidad me resulta palpable, aunque no sé muy bien si él lo nota porque ni la mira. Bea ha cruzado los brazos y se los aprieta con tanta fuerza que la piel se le pone blanca. Odia no tener el control de la situación.

—Así que dice que está embarazada —continúa. Ve embarazadas todos los días. No hay nada extraordinario en ello. A él no se lo parecerá, pero para una madre primeriza es algo milagroso. Intento recordarlo, recordar que debo estar eufórica, no asustada.

—Así es —digo, radiante—. Me he hecho tres pruebas de embarazo —añado, entusiasmada, porque cualquier otra mujer en mi situación, tras haber orinado en tres palitos y visto un total de seis líneas rosas, nunca tendría motivos para pensar que no estás embarazada.

—¿Y? —pregunta sobre las pruebas de embarazo caseras.

—Todas positivas —digo con una sonrisa, poniéndome la mano en la tripa.

Me mira escéptico.

—¿Todas? —pregunta, entrecerrando los ojos.

—Sí, señor —respondo, cambiando mi actitud entusiasta. Mi sonrisa se desvanece y pregunto—: ¿Es que pasa algo? —porque me ha dado motivos para creer que sí. Sigo con ello.

—La prueba que le hemos hecho ha sido negativa.

El silencio reina en la sala. No dice que lo siente. No se disculpa en absoluto por la mala noticia. No me lo comunica con delicadeza. Se queda mirándome, esperando a que diga algo en respuesta.

—No lo entiendo —digo al cabo de un rato, alegando ignorancia y sorpresa. Me tiembla la voz porque estoy asustada. Tiene el efecto que busco—. Pero las pruebas que me hice en casa… —digo, dejando que se me apague la voz, dejando que el doctor infiera lo que vendrá a continuación.

Él se muestra frío. Me sermonea.

—A veces tiene lugar lo que se denomina un embarazo químico, un aborto espontáneo poco después de la implantación, tan pronto que, de hecho, las mujeres suelen confundirlo con ese momento del mes —dice, con lo que me parece una expresión tan arcaica como machista.