Sin dejar rastro Meredith
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Meredith

hace once años

Abril

Una clienta se pone de parto el fin de semana.

Es sábado. Normalmente, Josh está en casa.

Pero este sábado en concreto, está con unos clientes en un partido de los Cubs .

Tienen un palco en la línea de primera base.

Hace un tiempo horrible: ventoso y frío, pero estarán a cubierto.

Además, tienen a su disposición toda la comida y la cerveza que puedan comer y beber.

Josh me preguntó si me importaba que fuera.

Estaba emocionado como un niño en Nochebuena. ¿Cómo iba a negárselo?

Esperaba que mi clienta no se pusiera hoy de parto, no con Josh fuera y los niños conmigo en casa.

Tengo que ver dónde los dejo. Primero voy a casa de Cassandra .

Llevo a los niños conmigo, a pesar del mal tiempo.

No llueve. Pero el cielo es amenazador. El viento nos revuelve el pelo.

Es como andar contra una pared. Cuesta caminar.

Cojo a los niños de la mano y les hago cruzar la calle. El viento intenta echarnos hacia atrás.

Podría llamar a Cassandra . Pero cuesta más rechazar a alguien en persona que por móvil.

Es Marty quien abre la puerta. La sorpresa es evidente. No esperaba verme.

— Meredith —dice, mirando a los niños helados de frío y luego a mí—. ¿Qué hay?

Josh y Cassandra saben que Marty y yo fuimos a la misma universidad de Indiana. Lo que no saben es que éramos amigos, que el primer año vivimos en la misma residencia mixta de estudiantes.

Tampoco saben que salimos juntos, que tuvimos una relación muy apasionada durante un tiempo, hasta que dejamos de tenerla.

Después, perdimos el contacto. Él es de Indiana y tras irme yo se quedó para hacer el posgrado.

Después de eso dejamos de hablar. Nunca imaginé que volveríamos a hacerlo.

De hecho, me había olvidado por completo de Marty , salvo por esos pensamientos aleatorios que te asaltan de vez en cuando, entre ellos, el momento en que perdí la virginidad con él.

Pienso en él sobre todo en relación con Delilah , porque algún día mi hija crecerá, irá a la universidad y conocerá a chicos guapos, encantadores y con labia como Marty Hanaka, de esos a los que nunca puedes decirles que no.

No quiero que le pase eso. Quiero para Delilah a alguien más parecido a Josh : sólido, sincero, fiable.

No me lo podía creer cuando Cassandra y Marty se mudaron hace diez meses a la casa de enfrente. A Marty no le van las redes sociales. Y tampoco es que seamos amigos de Facebook . Ni siquiera está en Facebook . Si se hubiera muerto yo ni me habría enterado.

Cuando se mudó enfrente, ya tenía un máster y trabajaba en Chicago como analista de mercados. Ya no tenía veintidós años. Tenía treinta y seis y estaba casado, con dos hijos.

—Siento molestar —digo.

—Tú nunca molestas —responde. Sonríe. Marty sabe cómo hacer que me sienta cómoda. Sigue siendo tan guapo y encantador como siempre. A veces, cuando hablamos, es como si no hubieran pasado dieciséis años desde que nos vimos—. ¿En qué puedo ayudarte?

—¿Está Cassandra en casa? —pregunto, mirando más allá de él. Hay ruido y actividad en otra parte de la casa.

—Ha salido a hacer la compra —dice Marty —, pero creo que la he oído entrar por atrás. Déjame ver —dice, pero no necesita hacerlo.

—Oh, Meredith —dice Cassandra , apareciendo de pronto en el umbral de la cocina.

Lleva abrigo, pero tiene las mejillas sonrosadas.

Los cinco grados que hace y el cielo gris son más apropiados para esta época del año que el tiempo que venimos teniendo.

Aun así, sigue siendo un tiempo difícil.

Un paso adelante y dos atrás. Todo el mundo odia este invierno eterno que vivimos.

Cassandra ve a los niños y sabe exactamente qué hago aquí.

—No sabía que fueras a pasar —dice—. Estaba haciendo recados. He vuelto un momento porque se me ha olvidado devolver una cosa —dice mientras se dirige al armario de los abrigos, abre la puerta y saca una bolsa de la compra.

Marty la mira incrédulo.

—¿Vas a volver a salir? —pregunta. Se mira el reloj—. Creía que ya habías terminado. Te dije que quería ir al gimnasio.

Me da vergüenza presenciar su discusión. Los niños y yo seguimos fuera, en la entrada, helándonos de frío. No nos han invitado a pasar.

—Sí —le dice Cassandra a Marty —. Tengo que hacer algunas paradas más. Tampoco es que pueda hacerlo entre semana con los niños y tú nunca estás en casa.

De esta manera, consigue de paso evitar mi pregunta. No estaría bien por mi parte pedirle que deje sus recados para otro día. Sabe que no soy tan atrevida.

También sabe que nunca dejaría a mis hijos con Marty . Ni él los conoce a ellos ni viceversa. Cassandra cree que no conozco a su marido, que nuestros encuentros se limitan a las pocas barbacoas y cenas ligeras que se dan en la calle. Se equivoca.

No es que decidiera no contarles nuestro pasado a Josh y a Cassandra .

Simplemente pasó. Los dos estaban presentes cuando nos vimos por primera vez después de tantos años.

Fue el verano pasado. Alguien del barrio había organizado una barbacoa.

Josh los conoció primero y me los presentó.

Marty me tendió la mano. Se presentó como si fuera alguien a quien no conocía.

Y le seguí el juego. No sé por qué lo hicimos así, pero ya no podíamos dar marcha atrás.

—¿Qué hace hoy Josh ? —pregunta Cassandra .

—Ir al partido de los Cubs .

—Debe estar bien —dice ella—. ¿No llevarás a los niños?

—Es por trabajo —respondo.

—Debería llevaros a los niños y a ti a esas salidas tan divertidas.

—No sé si son tan divertidas —digo. Es mentira. Josh siempre se lo pasa bien en esas cosas, aunque tenga que tratar con un montón de clientes. Sería un lugar espantoso al que llevar a los niños—. Cuando está allí es por trabajo —le recuerdo—. Consiguiendo posibles clientes.

Intentando convencer a posibles clientes para que le confíen sus millones de dólares.

—Por supuesto —dice ella—. No has dicho a qué has venido.

—Oh —digo, sintiéndome incómoda.

Tampoco es que pueda pedirles que se ocupen de los niños, no tras su pequeña discusión.

Ninguno de los dos quiere quedarse en casa con sus propios hijos.

Quieren estar fuera, haciendo cosas. Ni mucho menos cargar también con los míos, encima de que ahora ha nacido esta tensión repentina y muda entre Cassandra y nuestra amistad.

—Es por Piper —digo.

—¿Ah? —pregunta. A mi lado, Delilah alza la mirada al oír el nombre de su amiga.

—Sí. Delilah se preguntaba si no le gustaría venir esta semana a jugar a casa. Pensábamos invitar también a la pequeña Lily Morris .

—Oh. Sí —dice—, sería estupendo.

—Maravilloso —digo—. Llamaré a Amber para fijar una fecha.

Nos vamos. La siguiente parada es la casa de Kate y Bea .

Procuro no preocuparme por lo que sea que le esté pasando a Cassandra .

Está muy borde. Pero quizá no tenga nada que ver conmigo.

Quizá sea por algo suyo, de su matrimonio.

Si yo fuese mejor amiga, se lo preguntaría.

Le llevaría unos pasteles y le preguntaría si va todo bien.

Ya lo haré cuando las cosas se tranquilicen y tenga más tiempo.

Toco el timbre y Bea abre la puerta. Es muy guapa.

Tan alta como Josh . Al principio parece inaccesible.

Pero no lo es, para nada. Tiene tatuajes, demasiados para poder contarlos.

Significan cosas. Un pájaro en una jaula.

El nombre de una mujer escrito con letra gótica.

Cuando lleva unas copas encima, te cuenta lo que significan.

El nombre de la mujer, al contrario de lo que pensé al principio, es el de su hermana, que tiene necesidades especiales.

Los ojos de Bea se iluminan al ver a Leo y a Delilah .

—¿Cómo están mis dos personas favoritas? —pregunta.

Bea viste con un estilo grunge desenfadado y guay, que yo nunca podría llevar. Si lo intentara, me quedaría fatal. Pero no a ella. Vaqueros rotos, botas Doc Martens , gorra de repartidor de periódicos.

Delilah se ríe a los pies de Bea . Responde que están bien. Lo dice con alegría, mezclando su risa con las palabras. Leo es tímido y no dice nada, pero sonríe, con ese tipo de sonrisa que se prolonga hasta sus ojos. Se alegra de ver a Bea .

Bea me mira.

—¿Qué pasa? —pregunta.

—Siento tener que molestaros —digo con un gimoteo.

Bea no me deja terminar.

—¿Tienes una clienta? —pregunta.

—Sí. Acaba de romper aguas. Va camino del hospital. Es su tercer hijo, así que…

Bea me interrumpe. Se hace cargo, como siempre; me invade el alivio. Admiro su disposición. Es de las que resuelven problemas.

—Llevo una hora con ganas de comer pizza, pero no me la puedo comer yo sola, y la Srta. Kate está en el trabajo —les dice a los niños. Mira suplicante a Delilah y Leo—. ¿Creéis que podréis echarme una mano?

No hay nada en este mundo que a mis hijos les guste más que la pizza.

—¡Sí! —grita Delilah . Leo asiente con la cabeza.

—Dios, Bea —digo, posando una mano en su brazo—, me salvas la vida. No sé cómo agradecértelo.

—Tú harías lo mismo por mí.

Los cuatro volvemos andando a casa. Delilah y Leo recogen unas cuantas cosas para llevarlas de vuelta. Digo que voy a acompañarlos, pero Bea me detiene.

—A partir de aquí, yo me hago cargo. Tú tienes que irte —me dice, y lo hago.

El móvil que llevo en el bolsillo suena cada pocos minutos. Es mi clienta. Está en el asiento del copiloto del coche de su marido, actualizándome la situación. En la autopista. Tráfico.

—Dadme un abrazo —les digo a los niños—. Hoy os quedaréis a jugar con Bea .

Los niños hacen lo que se les dice. Bea coge a cada uno de la mano y se va.

Leo no pone reparos en irse con Bea . Lo hace de buena gana, sin mirar atrás en mi dirección.

Resulta revelador. Hay algo en casa de Charlotte que lo tiene asustado.

Ver a Leo con Bea me alegra el corazón. Me siento en paz al ver cómo se aleja voluntariamente, arrastrando la mantita azul por la hierba.

El parto es rápido. Mi clienta casi da a luz sin mí. A veces pasa.

Josh me llama cuando salgo. Vuelve a casa después del partido de béisbol.

—Oh —dice—. No creí que fueras a coger el móvil. Iba a dejarte un mensaje.

—¿Y eso? —le respondo, preguntándome por qué pensaba que no se lo cogería.

—Porque estás en un parto —dice.

Encuentro el coche en el aparcamiento del hospital. Paso dentro y cierro las puertas con el seguro. Sin dejar de mirar al espejo retrovisor. No me gusta no saber qué tengo detrás, si hay alguien.

—Estoy saliendo —digo. Arranco el coche y pongo la marcha atrás, contenta de poder moverme—. ¿Cómo lo sabías?

Diría que ha hablado con Bea , aunque si Josh no sabía que estaba en un parto, tampoco habría llamado a Bea . A no ser que Bea le llamara por algo, pienso, esperando que los niños estén bien.

—Por la aplicación —dice—. Dice que estás en el hospital.

—Ah. Claro.

Sus palabras hacen que me sienta expuesta, como si alguien me vigilara, bueno, porque él me vigila.

Me lo imagino mirando la aplicación en el móvil.

La imagen en miniatura de mi cara moviéndose por el mapa.

Cómo se mueve a medida que salgo del aparcamiento y me incorporo a la calle, mientras Josh no deja de vigilarme.

Le pregunto por el partido de béisbol y a qué hora llegará a casa. Llegará antes que yo. Recogerá a los niños de casa de Bea .

—Conduce con cuidado —dice cuando nos despedimos.

Atravieso el cruce cuando mi móvil me avisa de un nuevo mensaje.

No debería mirar mientras conduzco, pero lo miro.

Es del mismo número 630 que ha estado enviándome mensajes amenazadores.

Basta con que vea el número para que sienta terror.

Me detengo en el aparcamiento de un campo de golf.

Las manos me tiemblan demasiado para conducir.

Pero quiero leer el mensaje sin distracciones.

Por un segundo pienso en Josh . Me lo imagino mirando la aplicación del móvil, preguntándose por qué me habré salido de la carretera y entrado en un aparcamiento.

¿La aplicación es lo bastante detallada para eso?

Respiro hondo. Leo el mensaje con cautela.

Espero que no te hayas olvidado de mí. Porque yo no me he olvidado de ti.

Esta vez el emoji es el de la cara gritando de miedo.