Sin dejar rastro Meredith
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Meredith

hace once años

Marzo

La cena está en el horno. Me he puesto a hacerla muy tarde porque he tenido que dar clase. Josh vuelve del trabajo y trae a Delilah y a Leo después de recogerlos de casa de Charlotte .

—¿Cómo ha ido todo con los niños? —pregunto.

Lo que realmente quiero decir es cómo ha ido todo con Leo.

Delilah habrá estado bien, porque cuando está lejos de nosotros siempre lo está.

Es juguetona y desinhibida, muy capaz de hacer amigos.

Quiero saber cómo se encontraba Leo cuando lo recogió.

¿Dejaría de llorar? Claro que sí. En caso contrario, Charlotte me habría llamado para decírmelo, ¿verdad?

Yo habría cancelado las clases y habría ido a recogerlo.

Me habría roto el corazón que hubiera estado todo el día llorando en casa de Charlotte .

—Todo bien —dice Josh .

Se lo toma con calma. Yo tengo la desventaja de ser quien deja a Leo. De verlo llorar. De tener que dejarlo en brazos de otra mujer para que lo consuele. Josh es quien lo recoge y lo trae a casa.

—¿Qué hacían cuando llegaste? —le pregunto.

—Jugar fuera —responde. Esta semana es primaveral, soleada, cálida. El invierno nos ha dejado, aunque puede que no dure mucho.

—¿Cuánto falta para que esté la cena? —pregunta.

—Unos treinta minutos —le digo, y le pregunto cómo ha ido la presentación. Bien, dice Josh , sonriendo de oreja a oreja. Ha conseguido el cliente.

—Iba a llamar —dice—, pero la tarde pasó volando. Lo celebramos a lo grande.

Supongo que después de cerrar el trato abrirían una botella de champán. Veo lo emocionado que está, y me emociono también por él.

—Es igual —le digo. Me acerco a él, sintiéndome fatal por no haber pensado en preparar algo especial para esta noche, pese a saber desde que se marchó esta mañana que tenía el acuerdo casi en el bote.

Debí prepararle su cena favorita, o buscar una canguro y reservar mesa para Josh y para mí en el asador del pueblo.

En vez de eso, le estoy preparando un plato bastante prosaico de pollo al horno que de pronto me parece inadecuado para sus buenas noticias—. Me alegro mucho por ti.

—Por todos —dice Josh , todavía sonriendo.

—Tomemos algo de champán con la cena —digo.

—Suena perfecto.

Se disculpa para subir a cambiarse.

Preparo el baño mientras espero a que el pollo se hornee. Delilah se baña primero. Está de mal humor.

—Esa idiota de Lily Morris —dice, poniendo morros—. La odio.

Delilah se deja caer en el agua caliente. Lo hace con tal ferocidad que salpica agua fuera de la bañera.

—¿Qué ha hecho? —le pregunto.

—Quiere robarme a mi amiga. Es una ladrona, mami. Una ladrona de amigas.

—Ay, cariño —le digo, con el corazón dolido por ella.

Ojalá pudiera decirle que dentro de cinco o diez años no le importará nada de eso.

Que para cuando tenga dieciséis años ni se acordará de esta pequeña decepción.

Pero no quiero trivializar su dolor. Son palabras que consolarían muy poco a una niña triste de seis años—.

Siento que te haya molestado. Las amistades no son siempre fáciles. ¿No podríais ser todas amigas?

—A Lily Morris no le caigo bien —se queja.

—Eso es porque no te conoce. Le caerías muy bien si te conociera.

¿Cómo no va a ser así? —pregunto, sonriéndole—.

Igual podríamos invitar a Piper y a Lily a jugar a casa —le digo.

Le comento que haríamos galletas, manualidades.

No sé cuándo encontraríamos tiempo para hacer todo eso, pero a Delilah le gusta la idea.

La tranquiliza. Le da algo que esperar ilusionada.

Ya encontraremos el tiempo. Lo sacaremos de alguna parte.

Después le toca a Leo. Cuando lo tengo desnudo en la bañera, veo el moratón de su trasero. Es del tamaño de una pelota de béisbol.

—¿Qué ha pasado? —exclamo.

Paso un dedo por el moratón y él hace una mueca de dolor. Le duele si se lo toco. El moratón es rojo. Es reciente. La zona que lo rodea está hinchada. No le ha dado tiempo a ponerse morado. El golpe es de hoy.

—¿Te has chocado con algo? —le pregunto. Él me responde mirándome. No dice nada. O no lo sabe, o no quiere decirlo—. ¿Te acuerdas de cómo te lo has hecho? —vuelvo a preguntarle. Esta vez niega con la cabeza.

Leo me pide sus juguetes para el baño. Se los traigo.

Pero esta vez, cuando coloca la ballena y el pez en el borde de la bañera, no se zambullen en el agua con elegancia como hacen siempre.

En vez de eso, se empujan el uno al otro en la bañera.

Son agresivos. Crueles. La ballena, que es mucho más grande, utiliza su gran aleta azul para tirar al pequeño y desprevenido pez rojo al agua.

El pez cae y se sumerge. Pero solo por un momento.

Enseguida sale flotando a la superficie.

Leo coge el pez. Vuelve a colocarlo en el borde de la bañera. Vuelve a pasar lo mismo.

—Leo —digo. Mi voz es más firme—. ¿Alguien te ha hecho esto? —pregunto, señalando el moratón por tercera vez.

Leo no responde con palabras. En vez de eso, se lleva un dedo a los labios y dice «Shh».

De pronto noto el corazón en la boca. ¿Le ha hecho esto alguien y le ha dicho que no lo cuente?

Llamo a Charlotte cuando termina el baño. Cuando Josh lo recogió, Charlotte debió decirle si le había pasado algo. Le pregunto a Josh . No le dijo nada. Va a ver el moratón por sí mismo.

Charlotte responde al tercer tono.

—Hola, Meredith —dice.

Habla con voz cantarina. Charlotte es mayor que yo.

Fue profesora. Enseñaba en una escuela alternativa del pueblo.

En uno de esos programas «contra la expulsión».

Un curso al que mandan a los chicos que, de otro modo, serían expulsados de la escuela.

Los profesores se queman enseguida. Charlotte no aguantó mucho antes de montar su propia guardería.

Le cuento a Charlotte por qué la llamo. Le digo lo que he visto en el baño.

—¿Se ha caído en tu casa? ¿Se hizo daño? ¿Lo sabías?

—Déjame pensar —dice.

Charlotte cuida a varios niños, con edades que oscilan entre los dieciocho meses y los doce años.

Los niños mayores, como Delilah , pasan la mayor parte del día en la escuela.

Pero Charlotte y los demás van a recogerlos a las tres.

Entonces, el número de niños a su cargo se duplica.

Cada vez que voy, es un caos organizado.

—No —dice Charlotte tras una breve pausa—. No recuerdo que a Leo le pasara nada. No vi que le pasara nada y no me dijo que se hubiera hecho daño. —Hace una pausa antes de preguntar—. ¿Ha dicho eso, Meredith , que se cayó en mi casa?

—No, no ha dicho eso. Me lo preguntaba yo, porque no ha estado en casa en todo el día y esta mañana no tenía ningún moratón.

No quería que sonara como una acusación.

—Quiero creer que me habría dicho algo si se hubiese hecho daño —dice Charlotte —. Le habríamos puesto un poco de hielo.

Lo dice de una forma que me toca la fibra sensible. Le echa la culpa a Leo. Quizá no por lo que le ha pasado, sino por no pedirle ayuda.

Dicho esto, no quiero darle más importancia de la que tiene.

Es un niño. Los niños se golpean y se hacen heridas todo el rato.

Además, Leo es tímido. No acudiría a Charlotte en busca de consuelo.

Eso saldría de su zona de confort. La única manera en que Charlotte hubiera podido enterarse sería si Delilah lo hubiera visto y se lo hubiera contado.

Charlotte venía recomendada por casi todos los vecinos con hijos de la zona. Es como una abuela paciente y cariñosa, aunque no sea abuela por no haber tenido hijos. Nuestros conocidos la consideran un regalo del cielo, un ángel. La mejor. No puede estar mejor recomendada.

—Ya sé que te habrías ocupado de él, Charlotte . Hablaré con Leo y me aseguraré de que sepa que puede decirte lo que sea si alguna vez vuelve a hacerse daño en tu casa.

Lo hablo con Leo, pero no me tranquiliza mucho. Me aterra la mera idea de que a uno de mis hijos pueda pasarle algo cuando no estoy yo.