Leo
presente
Papá te lleva a una psiquiatra. La mujer policía se la recomendó porque trabaja con víctimas de traumas.
Yo voy porque papá necesita mi ayuda para meterte en el coche. Los reporteros están hambrientos y el paseo hasta el garaje, donde tenemos el coche, es largo.
Salimos por la puerta de atrás. Corremos hacia él, pero los periodistas están preparados y esperando. Son como buitres. Se abalanzan sobre nosotros en cuanto salimos por la puerta. Nos gritan preguntas.
—La Primera Enmienda no os da derecho a pisar nuestro césped —les dice papá.
Está fuera de sus casillas, pero intenta no perder los estribos porque los reporteros se limitarían a grabarlo y sacarlo en la tele.
Aun así, papá amenaza con denunciarlos por allanamiento. Los dos policías gordos necesitan un rato para salir del coche patrulla, acabar con la insistencia de los periodistas y hacer que salgan de nuestro césped.
Tú tiemblas entre papá y yo. No estás acostumbrada a tanto caos, a la luz del sol, al ruido.
Papá te ha puesto su parka con capucha y tú te escondes bajo la capucha como Caperucita Roja, con pinta de estar muerta de miedo de que el lobo vaya a comerte.
Llevas mi manta, lo cual me hace sentir todo tipo de cosas que no he sentido antes.
Pero no te lo digo porque no quiero que te sientas rara.
Además, no va conmigo lo de exteriorizar mis sentimientos. Así que finjo que no veo la manta.
Cuando llegamos a la consulta de la psiquiatra, papá y yo nos quedamos en la sala de espera, para su disgusto.
Pensaba entrar contigo. Pero la psiquiatra ha dicho que no, que es mejor que papá no pase.
No sabemos qué le dices o dejas de decirle.
Hay una máquina de ruido blanco encendida, por lo que ni papá ni yo podemos oír lo que dices.
Veo cómo papá la mira. Leo su mente. Piensa en desconectarla, pero no llega a hacerlo.
Esto es lo que le dijiste a la policía: que una mujer y un hombre te tenían encerrada en un sótano.
La policía quiere ahora encontrarlos. No sabes cómo llegaste allí.
No sabes mucho de tu vida anterior. Has bloqueado la mayor parte, pero tienes recuerdos borrosos de nuestra casa, de la cara de papá, del hecho de que mamá está muerta.
Papá espera que la psiquiatra pueda sacarte lo demás, sobre todo los últimos minutos con mamá.
Necesita saber de una vez por todas qué fue lo que le pasó.
Está dispuesto a intentar lo que sea para conseguirlo: medicinas, hipnosis.
Después de ver a la psiquiatra vamos a la policía. La mujer policía nos está esperando cuando llegamos.
—¿Puedo hablar contigo, Josh ? —pregunta, y desaparecen.
Me quedo contigo. Cualquier otro intentaría entablar una conversación contigo.
Pero yo me quedo parado como un idiota, sin saber qué decir.
Debería decir algo para hacerte sentir mejor, pero no encuentro las palabras.
Cualquier cosa que diga parecerá una estupidez, así que no digo nada.
Papá y la mujer policía están en el rincón más alejado de la habitación.
Ella sostiene una carpeta en la mano, pero no la abre.
Es la única que habla. Papá asiente con la cabeza.
—¿A qué venía todo eso? —le pregunto a papá cuando vuelve.
—Los resultados del ADN.
—¿Qué pasa con ellos?
—Es ella. Es tu hermana.
Creía que eso ya lo sabíamos.
Hoy, al hablar con la policía, recuerdas que el hombre y la mujer se llamaban Eddie y Martha .
Son los que te tenían encerrada. La mujer policía te pregunta si puedes describirlos, y los describes, pero eres imprecisa, con cosas como pelo castaño y la cara gorda.
Hace que un dibujante se siente contigo.
Luego habla con papá. Le pregunta si mamá conocía a alguien llamado Eddie o Martha .
No, que papá sepa. La mujer policía cree que pudo ser por algo relacionado con dinero.
Que podía deberle dinero a alguien y que te llevaron con ellos como pago.
Pregunta si mamá tenía deudas con alguien, si se había metido en líos.
¿Era jugadora? ¿Adicta a las drogas? ¿O las vendía?
Resulta que hay madres de zonas residenciales que venden medicamentos con receta, como el Vicodin o el Adderall de los hijos, para poder llegar así a fin de mes. Ha salido en las noticias.
Papá lo duda. Incluso después de lo sucedido, sigue idolatrando a mamá. Te llevó con ella, se quitó la vida. Y yo la odio un poco por eso. Pero él la idolatra.
— Meredith nunca habría hecho eso.
—Sé que es lo que quieres creer, Josh . Pero hay que tener en cuenta todas las posibilidades.
Mamá no era la misma antes de que sucediera aquello. Le pasó algo que hizo que quisiera suicidarse. No sabemos el qué.
Papá se pregunta en voz alta si no habría algún intermediario. ¿Y si mamá te dejó en un lugar seguro y fue esa persona la que luego te secuestró? Es la única manera que se le ocurre para que acabases con Eddie y Martha .
Papá se obsesiona enseguida con esta idea del intermediario.
Nunca se investigó mucho lo que le pasó a mamá.
Cuando se creía que había desaparecido, tenían algunos sospechosos; uno de ellos era papá.
Pero en cuanto resultó que se había suicidado, de golpe todos se volvieron inocentes.
Mamá era la única que tenía la culpa, a pesar de que la policía descubriese en la investigación cosas que después barrió bajo la alfombra.
En cuanto el forense dijo que fue un suicidio, todos se dedicaron a buscarte.
Y la nota de mamá —«Nunca la encontraréis.
Ni lo intentéis»— hizo pensar a la policía que te había entregado a alguien conocido. Alguien en quien confiaba.
La policía habló con todos los conocidos de mamá. No encontró nada.
Por aquel entonces, a nadie se le ocurrió la posibilidad de que alguien pudiera haberte robado.
Papá se consolaba con eso, aunque te quisiera de vuelta.
Lleva toda mi vida aferrado a esa historia, diciéndome a mí y a cualquiera que quisiera escucharle que mi hermana mayor, Delilah , estaba en buenas manos porque mamá nunca habría permitido que te pasara nada malo.
Es la única forma en que conseguía dormir por las noches.
Empiezo a pensar que no sucedió así.