Sin dejar rastro Meredith #2
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Meredith #2

Es lo mismo que dijo la pediatra. Lo más difícil es despedirse. Me consuelo con eso mientras me quedo sola en el porche, viendo a Charlotte llevarse a mi hijo que llora y cerrar la puerta tras ella. Lo oigo llorar al otro lado.

Delilah y Leo vienen a casa de Charlotte desde que Delilah empezó este año en la guardería.

Antes iban a otra. No me gustó. Tenía un ambiente clínico, nada acogedor como el de esta.

Las cosas se complicaron en cuanto Delilah empezó en la escuela.

Entonces necesité una canguro que pudiera recogerla al acabar las clases y cuidar de ella hasta que Josh volviese a casa.

La escuela no tiene autobuses. Charlotte es esa canguro; la recoge cargada con todos los demás niños y llevando a los más pequeños en un carrito rojo.

Hasta hace poco, los dos estaban contentos con ella.

Pienso en lo que dijo la pediatra: es una fase pasajera. Esto también se pasará.

Le doy la espalda a la casa de Charlotte . La siguiente parada es la de Shelby . Después de los mensajes de anoche, necesito ver con mis propios ojos que está bien.

Conduzco hasta su casa. Dejo el coche en la calle, detrás de un sedán rojo aparcado junto a la acera. Salgo del coche. Camino hasta la puerta principal y llamo flojito.

Shelby abre la puerta despacio. Por lo que veo, sigue en pijama, aunque la puerta le tape casi todo el cuerpo.

Examino su rostro en busca de moratones.

No tiene. Pero parece agotada. No lleva maquillaje.

En la cafetería llevaba maquillaje. Hoy parece que acaba de levantarse de la cama.

Me alegro de verla viva y aparentemente ilesa.

Respiro aliviada. Nunca me habría perdonado que le hubiera pasado algo malo.

—¿Qué haces aquí? —pregunta Shelby . Es incapaz de ocultar su sorpresa. Soy la última persona del mundo a la que esperaba ver. Habla en voz baja, poco más que un susurro.

Me tranquiliza que no tenga moratones visibles. Pero he oído que hay cónyuges maltratadores que saben pegar sin dejar marcas. Podría tener moratones que no veo, o podría ser que su marido la maltrate de forma más emocional que física.

No solo me preocupa Shelby . Me preocupa el bebé por nacer. Una patada o un puñetazo en la tripa podrían acabar fácilmente con su vida. He buscado en internet fotos del Sr. Tebow . Es corpulento. Tiene una pinta cruel.

—Anoche no respondiste a mi mensaje, Shelby —digo—. Estaba preocupada.

Shelby parece ausente. O no sabe qué decir o no entiende lo que le digo. Tiene el pelo revuelto, recogido en una coleta mal hecha. Tiene las raíces más oscuras que el resto del cabello.

No dice nada sobre lo que le he dicho.

—¿Cómo sabes dónde vivo? —dice, en cambio. Casi acusándome. Como si pensara que me he pasado de la raya. Como si pensara que la acoso.

—Está en el contrato, Shelby —digo. Noto en mi voz que se me acaba la paciencia—. Pusiste la dirección en el contrato.

—¿Ah, sí? —pregunta ella.

—Sí.

—Oh —dice ella—. Es verdad. La puse. Es que no se me ocurrió que pudieras presentarte en mi puerta.

—No suelo presentarme en la casa de mis clientas. Es la primera vez que lo hago. Pero estaba preocupada —repito—. Por tus mensajes de anoche. Y vengo a asegurarme de que estás bien.

Oigo al fondo la voz de un hombre. Me sobresalta. Se me encogen las tripas. Veo su sombra en lo alto de la escalera. Trago saliva pese al nudo de la garganta. Debe de ser su marido, Jason . No esperaba que estuviera en casa.

Él la llama y le pide que le lleve una copa cuando suba. La rendija de la puerta se hace más estrecha. Sea consciente de ello o no, Shelby me está cerrando poco a poco la puerta.

Él ha hablado con tono brusco, pero no necesariamente cruel. «Oye, Shel , súbeme algo de beber, ¿quieres?»

—Enseguida voy —grita ella hacia arriba. Me mira y dice con ansiedad—: Tengo que irme.

Tiene toda la intención de cerrarme la puerta en las narices. Antes de que pueda hacerlo, adelanto el pie unos centímetros. Lo hago sin querer, sin pensar. Mi pie llena el estrecho hueco de la puerta, lo que hace que no pueda cerrarla cuando lo intenta.

—¿Qué haces? —pregunta Shelby , sorprendida. Mira mi pie. Sigue hablando en voz baja, con palabras que son un susurro. No quiere que él sepa que estoy aquí.

—No me has dicho si estás bien —digo con tono seco.

—¿Por qué no iba a estarlo? —pregunta con tono inmaduro.

Shelby tiene poco más de veinte años. Cuando yo tenía esa edad, creía haber alcanzado ya la madurez.

Ahora, más de una década después, me doy cuenta de que a los veintitrés o los veinticuatro años apenas sabía nada.

Tuve que crecer mucho más, descubrir más cosas sobre cómo funciona el mundo.

—Por tus mensajes de texto, Shelby . Dijiste que le tenías miedo a tu marido.

—Ah, eso —dice—. No debí enviarlo. —Se pasa las manos por el pelo y se quita la goma de la coleta. Su cabello se derrama sobre sus hombros. Se lo sacude—. Es que tuvimos una pelea tonta. Y envié un mensaje idiota. No iba en serio.

—Entonces, ¿por qué lo escribiste? —le pregunto, sin saber si creerla.

—Estaba enfadada —dice.

—Dijiste estar asustada.

—Me estaba gritando.

—¿Por qué? —le pregunto, sin estar muy segura de que vaya a decírmelo.

—Por una idiotez —dice. No digo nada. Espero a ver si continúa, y lo hace—.

Gasto demasiado dinero. Dijo que tengo el cerebro lleno de serrín porque fui a comprarme unas camisas para embarazadas y de paso me hice uno de esos masajes prenatales.

Dice que estamos arruinados y que no puedo malgastar así el dinero, pero no tiene ni idea de lo que supone cargar todo el tiempo con un bebé. Le da igual que ya no me valga mi ropa.

—¿Te hizo daño, Shelby ? —pregunto.

—Estaba muy enfadado —dice.

—¿Te hizo daño? —vuelvo a preguntar.

—¿Te parece que me hizo daño?

No lo parece. No sé qué pensar. Puede que sí y puede que no.

—¿Subes, Shel ? —vuelve a llamar él, esta vez con más brusquedad, perdiendo la paciencia—. No puedo esperarte todo el día.

—Es muy amable por tu parte venir a ver cómo estoy, Meredith —dice ella. El resto de sus palabras salen atropelladamente, como una cascada—. Nadie hace este tipo de cosas por mí.

—¿Te ha hecho daño? —digo entre susurros, hablando deprisa—.

Puedes contármelo si es así. Puedo ayudarte.

—No sé qué podría hacer para ayudarla, aparte de ir a la policía.

Pero lo haría por ella. Sigue sin decir nada—.

Puedes hablar conmigo —le susurro a través de la puerta, tras retirar el pie para cogerla de la mano. La tiene fría—. Cuenta conmigo.

La sonrisa de su rostro es muy de mujer de Stepford .

—Eres un encanto, Meredith . De verdad. Me alegro de haberte encontrado —dice.

Suelta mi mano. Vuelve a cerrar la puerta. Sigue sin decirme si está bien.

Intento detenerla. La puerta se cierra antes de que lo consiga.