Sin dejar rastro Meredith
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Meredith

hace once años

Marzo

—Buenos días —dice Josh al aparecer por la puerta de la cocina con un traje gris oscuro entallado.

Me sonríe, todo elegante, preparado. Yo estoy ante la cocina, ya duchada y vestida, haciendo tortitas y beicon para Josh y los niños. Josh se me acerca. Me abraza por detrás y respiro su aroma, el de su crema de afeitar y su colonia.

—¿Qué tal has dormido? —me pregunta.

—Bien —respondo, aunque no sea verdad. Me he levantado temprano, sintiéndome ansiosa, queriendo saber si Shelby está bien tras el mensaje de anoche.

No dejo de mirar el móvil, pero no hay nada.

Lleva así desde poco después de las tres de la madrugada—.

Y tú, ¿qué tal? —le pregunto, volviéndome hacia él—. ¿Cómo has dormido?

—Como un bebé —dice, besándome.

No es un beso apresurado. Dura mucho más que el beso rápido habitual, que es el único para el que tenemos tiempo antes de que nos interrumpan los niños.

Es un beso tierno, sin prisas, y me sorprendo pensando en cómo echo de menos esto, algo tan cotidiano como besar a mi marido.

Todo lo demás pasa a un segundo plano. La ansiedad de los últimos días se apacigua durante un minuto maravilloso.

Y entonces oigo que alguien tira de la cadena arriba: la primera señal de vida. Delilah o Leo, el que se haya levantado primero, bajará enseguida. Josh se aparta lentamente, sin dejar de sonreír.

—¿Qué tienes para hoy? —pregunto y él me cuenta.

—Cerrar un trato con un posible cliente. Espero.

Su equipo y él llevan un tiempo trabajando en la propuesta. Conseguir este cliente supondría todo un mundo para Josh y para su carrera.

—¿A qué hora es la reunión?

—A las once.

—Buena suerte —le digo—. Aunque no la necesitas.

Josh es increíblemente bueno en lo que hace. Ha conseguido ascender en el escalafón más rápido que la mayoría.

—Gracias —dice, y luego pregunta—: ¿Tienes alguna clienta de parto?

—No. ¿Por qué?

—Tu móvil —dice—. Esta noche oí cómo te llegaba un mensaje.

—Ah. —Pues claro que lo oyó. Si se apartó y se tapó la cabeza con la manta para no ver la luz del móvil—.

Contracciones de Braxton-Hicks —miento, diciendo que una clienta creía estar de parto, pero no es así.

Es algo que confunde a las madres primerizas.

Las contracciones no son tan intensas como las de verdad.

No llegan a intervalos regulares, ni progresan.

A menudo tengo que convencerlas de que no están de parto.

Pero tampoco importa, porque es mentira. Ninguna de mis clientas tiene contracciones de Braxton-Hicks .

No me gusta mentirle a Josh . No lo hago a menudo.

De hecho, no lo hacía hasta hace unos seis meses, cuando Josh empezó a ponerse más aprensivo con mi trabajo.

Empezó a ponerse así por el robo de un coche.

A cosa de medianoche, una joven se detuvo en un semáforo en rojo en el pueblo.

En un cruce muy transitado de día. Hay una tienda de comestibles, un gimnasio, un Walgreens .

Pero a esas horas de la noche estaba todo desierto. Todo cerrado.

Dos enmascarados se acercaron al coche a punta de pistola.

Obligaron a la mujer a salir de él. Primero la agredieron y luego le robaron el coche.

Se llevaron el móvil, el bolso y el documento de identidad.

La mujer no pudo pedir ayuda. Tuvo que andar casi cinco kilómetros en plena noche hasta su casa.

No encontraron a quienes le hicieron eso.

Ello dejó a Josh aterrado por mi seguridad.

El resultado ha sido que se ha vuelto sobreprotector.

Quiere que sea una madre de las que solo se ocupan de la casa, como Cassandra .

«No necesitamos el dinero», dice. Es una conversación que tenemos a menudo.

Insiste en ella porque me quiere. Y no quiere que me pase nada malo.

Lo entiendo. Y le quiero aún más por ello. Pero también me encanta mi trabajo.

—¿Está bien? —pregunta Josh , refiriéndose a mi clienta con contracciones de Braxton-Hicks .

—Está bien. Es una cosa perturbadora —le digo—. Algo que no había vivido antes. Pero ayer cumplió cuarenta semanas. Pronto se pondrá de parto.

—¿Cuánto te tuvo despierta? —pregunta, mirándome y evaluando mis ojos. Están cansados, ojerosos. Voy por la tercera taza de café.

—No mucho.

—Eres una buena persona —dice antes de irse al trabajo. Odio que siempre estemos apresurándonos para ir en direcciones opuestas.

Me siento culpable por mentir a Josh . Pero lo que no sabe no le hará daño. Miento para protegerlo. Para proteger a Shelby . Para proteger mi carrera.

A través de la ventana, Delilah ve a Cassandra , Piper y Arlo irse a la escuela. Se enfada porque quiere ir a la escuela andando con Piper . Pero todavía no podemos irnos: no encontramos uno de los zapatos de Leo.

—Ayúdame a buscarlo —le digo a Delilah , y lo hace.

Lo encuentra escondido detrás de las cortinas de la cocina. Leo no se está quieto el tiempo suficiente para que pueda ponérselo. Para cuando salimos, ya no vemos a Cassandra y su familia. Están demasiado lejos para alcanzarlos aunque corramos.

—No te preocupes. Ya la verás en el colegio —le digo a Delilah , que está de morros.

Leo y yo acompañamos a Delilah las pocas manzanas que nos separan de la escuela. La llevamos hasta la esquina donde se reúnen los padres y vemos al guardia escolar ayudar a los niños a cruzar la calle y llegar al edificio de ladrillos rojos del otro lado.

Delilah nos hace caminar más deprisa para alcanzar a Piper antes de que cruce la calle. Quiere entrar con ella en la escuela. Pero para cuando llegamos ya ha cruzado la calle. Y, lo que es peor, va de la mano de otra niña de la escuela, Lily Morris . Está en la misma clase de preescolar que ellas.

Delilah se enfada por tener que aguardar a que este le permita cruzar. Pero ahora el guardia está dejando pasar el tráfico, así que debe esperar. Siento que tenga que ver a las demás niñas entrar sin ella, sintiéndose excluida. Las amistades son difíciles.

—Ya las alcanzarás en clase —le susurro al oído, tras inclinarme hacia ella—. Todo irá bien, cariño. Ya lo verás.

Cassandra y Arlo esperan en la esquina. Iría a saludarlos, pero Cassandra está hablando con Amber , la madre de Lily Morris .

Amber me cae tan bien como Lily a Delilah .

Según Delilah , Lily no es buena. Es mala.

Nunca juega con Delilah . Se burla de los niños.

Los llama cosas como estúpidos y tontos.

Veo que Piper y Lily entran en el edificio.

Sus madres dan media vuelta y pasan por mi lado.

Oigo que quedan para jugar y me pongo tiesa.

Piper y Lily han quedado para jugar sin Delilah .

No quiero verme metida en peleas de guardería.

Pero es mi hija. Se pondrá triste si la excluyen.

La felicidad de Delilah lo es todo para mí.

—Hola, Cassandra —digo. Cuando pasa por mi lado, alargo la mano para tocarle el brazo. Es un reflejo.

—Ah, Meredith . No te había visto —dice Cassandra al volverse hacia mí.

Me cuesta creerlo. Solo hay una docena de padres en la esquina.

Y ahora que me ha visto, no se para a hablar conmigo.

Sigue caminando con la madre de Lily . Siento una punzada de celos, de resentimiento.

Porque Amber solía ser aquella de la que hablábamos Cassandra y yo tomando un café.

De que se metía demasiado en la asociación de padres y profesores.

De que nada parecía importarle más que la venta de pasteles del colegio. De los aires que se daba.

Han cambiado las tornas. Apostaría la vida a que están hablando de mí. Intento no pensar en ello. Tengo suficientes amigas. No necesito que Cassandra sea mi amiga, aunque me caiga bien. Me cae muy bien. Me entristecería perderla como amiga.

El único motivo que puede tener Cassandra para estar enfadada conmigo es haber anulado demasiados cafés.

Es un riesgo de mi trabajo. No puedes planificar un parto.

Cassandra lo sabe. Siempre se ha mostrado tolerante.

Hasta ahora. Porque lo de su marido, Marty , conmigo, no puede saberlo.

A no ser que él se lo haya contado, pero él no haría eso.

Acordamos mantenerlo en secreto, por el bien de Cassandra y de Josh .

Leo y yo vemos a Delilah cruzar la calle y nos volvemos a casa. Una vez allí, subimos al coche y lo llevo con la canguro. Me olvido de Cassandra por el momento.

Aparco en la calle. Leo deja la mantita en el coche, aunque no le gusta separarse de ella.

Lo hace de mala gana, con mi promesa de guardársela mientras no esté.

Lo acompaño hasta la puerta. Para cuando sale Charlotte , la canguro, Leo tiene una rabieta.

Las tiene a veces, pero son algo relativamente nuevo.

Hay días en que Leo va de buena gana. Pero otros días no quiere ir a casa de la canguro. Quiere quedarse conmigo.

—Mamá tiene que trabajar —le digo con voz tranquilizadora.

Le separo los brazos de mi pierna y lo empujo suavemente a los brazos abiertos de Charlotte .

Me siento fatal al apartar de mi lado a mi hijo llorando.

Su llanto aumenta cuando ella lo coge en brazos.

Se me encoge el corazón. Leo intenta zafarse de ella y volver conmigo.

Se me quiebra la voz. Contengo las lágrimas mientras le hablo—.

Te lo pasarás bien. Jugarás con los demás niños.

Antes de que te des cuenta, papá estará aquí para recogerte y te lo habrás pasado tan bien que no querrás volver a casa.

Hace poco que Leo empezó a sentir ansiedad ante los desconocidos.

Vale que Charlotte no es una desconocida.

La conoce desde hace meses y está lejos de ser una desconocida.

Pero últimamente solo quiere estar con Josh o conmigo.

Hablamos de ello con la pediatra. Dijo que le diéramos tiempo, que es una fase pasajera, como la mayoría de las cosas en la vida de nuestros hijos.

—Estará bien —dice Charlotte —. Siempre lo está una vez que te has ido.