Kate
hace once años
Mayo
Tal y como prometimos, Bea y yo vamos a casa de la canguro a recoger a Leo.
Aparcamos en la calle y caminamos hasta la puerta compartiendo el paraguas.
Al otro lado de la puerta parece reinar el caos.
Llamo con los nudillos. No consigo llamar la atención de nadie y golpeo con fuerza.
Quien acude es Charlotte , la canguro. Cuando abre la puerta despacio, tengo un atisbo del caos que hay al otro lado.
Un televisor encendido, con el volumen muy alto, sin que nadie lo mire.
Hay un grupo de niños jugando a Simón dice, mientras otros juegan al pilla-pilla.
Se persiguen en círculos por el salón, saltando sobre los muebles cuando hace falta para escapar.
Es una locura jugar al pilla-pilla dentro de casa, pero fuera llueve. Y de no llover, el suelo estaría empapado tras tantos días de lluvia. Demasiado mojado para jugar.
Intento contar a los niños, pero no paran de moverse y resulta imposible. Puestos a adivinar, diría que son más de una docena, incluido el que se cuelga de la pierna de Charlotte para que lo lleve a caballito. Los niños están histéricos, alborotados.
Tardo un rato en localizar a Leo. Está sentado solo en una mesita en una esquina de la habitación.
Hace un puzle, solo. Los niños corren en círculo a su alrededor.
Uno choca contra la mesa. Lo hace por accidente, pero sigue siendo un gesto descuidado, insensible.
Ha sido una niña que le saca una cabeza a Leo.
Si se da cuenta de lo que ha hecho, no se disculpa.
Sigue corriendo, riendo, mientras el puzle de Leo cae al suelo.
Las piezas dispersas. Solo nos damos cuenta Leo y yo.
Leo pone cara triste, pero no llora. Parece muy pequeño al lado de los demás mientras se deja caer de la silla para arrodillarse y recoger las piezas tiradas del puzle.
—¿Puedo ayudarlos en algo? —pregunta Charlotte , mirándonos a Bea y a mí a través de la mosquitera.
Aparto la mirada de Leo, con tristeza. Charlotte tiene el pelo gris.
Los ojos grises. Arrugas marcadas alrededor de la boca y bajo los ojos, que aumentan cuando sonríe, cosa que hace. Tiene una sonrisa amable.
—Venimos a recoger a Leo —digo—. Leo Dickey —añado, por si hay más de un Leo en medio de ese caos.
—Sí, claro —dice ella—. Josh ha llamado para decirme que vendrían. Es por este tiempo —se queja Charlotte , inclinándose hacia adelante para poder hablar por encima del ruido—. Normalmente tendría a los niños abajo, pero ayer se me estropeó la puñetera bomba del sumidero y tengo el sótano inundado.
—Oh, no, qué horror —digo—. Menudo desastre.
—Hemos instalado una nueva, pero todavía se está secando.
Llevará un rato. Hemos puesto ventiladores por todas partes y cuando esté seco habrá que hacer algunas reparaciones antes de que los niños puedan volver a bajar.
Se vuelven locos al estar así encerrados —dice, volviéndose para mirar a los niños—.
Mucha energía reprimida. Necesitan salir al aire libre y jugar.
Llama a Leo, que sigue de rodillas, recogiendo las piezas caídas del puzle.
Alza la mirada al oír a Charlotte y nos ve a Bea y a mí al otro lado de la mosquitera.
Sus labios dibujan lentamente una sonrisa, y Bea le saluda con la mano.
Leo termina de recoger el puzle como un buen chico y lo guarda antes de irse.
Charlotte le da un abrazo antes de que se vaya y nos confiesa a Bea y a mí:
—Es mi preferido. Ojalá todos los niños se portaran tan bien como él.
Me pregunto si se lo dice a todos los niños.
Charlotte abre la puerta y Leo sale con nosotras. Nos dirigimos al coche. Leo está callado, como siempre. No pregunta por Josh , por Meredith o por Delilah . Aun así, Bea dice algo superficial sobre por qué no lo llevamos a su casa.
— Delilah está enferma —nos dice Leo de pronto.
—Sí, amiguito —dice Bea —. Así es. Delilah está enferma.
No me parece bien mentirle.
Una vez en casa, Bea nos prepara la cena. Deja que Leo la ayude. Hacen pasta. Bea la sirve con un vaso de leche para Leo y una copa de vino para mí. Prepara un plato de más para Josh , aunque sabe que no se lo comerá.
Nos sentamos a la mesa y comemos. Bea intenta que Leo le cuente cómo le ha ido el día. No es muy comunicativo. Cuando Bea le pregunta si le gusta ir a casa de Charlotte , los ojos se le llenan de lágrimas. No responde con palabras. No hace falta.
Me termino la copa de vino y Bea me trae otra.
Cambia de tema a algo más ligero. Ella y Leo se pierden en una discusión sobre qué superhéroes tienen los mejores superpoderes.
No participo. Tengo la mente en otra parte, y le doy vueltas a tres cosas: ¿Qué está pasando en casa de Josh y de Meredith ?
¿A quién vería Cassandra aquella noche en el césped de los Dickey ? ¿Cómo puedo conocer al Dr. Feingold ?
Estamos jugando a las adivinanzas cuando Josh viene a por Leo.
Estamos en el salón con la televisión encendida, pero sin sonido.
Bea y yo llevamos una hora viendo en los avisos de la parte inferior de la pantalla que estamos en alerta de tormenta.
Cuando le abro la puerta, veo que el mundo de fuera se ha vuelto siniestro.
Es tarde y está oscuro; ha estado horas con la policía.
Le doy la bienvenida y hago presión para cerrar la puerta contra la fuerza del viento.
Josh corre hasta Leo y lo toma en brazos.
Hablan sobre el día que ha tenido Leo. Él pregunta dónde está mamá.
Josh duda, y lamento que tenga que improvisar al momento una respuesta para Leo.
Le dice una mentira, como la de Bea . En estos momentos, la verdad sería excesiva para que Leo pudiese encajarla, sobre todo cuando ninguno de los adultos de su vida conoce la verdad. ¿Dónde está Meredith ?
—Mamá está en el trabajo —le dice.
—¿Cuándo volverá mamá a casa? —pregunta él. Habla en voz baja, casi susurrada, como si no quisiera que lo oyéramos Bea y yo.
—Ya sabes cómo es eso, Leo —dice Josh —. A veces no sabemos cuándo vuelve mamá del trabajo. Pero volverá en cuanto pueda. Te lo prometo.
Dejamos que Leo elija el dibujo animado que quiere ver. Una vez está completamente absorto con él, Bea , Josh y yo nos escapamos a la cocina para hablar en privado.
—¿Qué ha pasado? —le pregunto a Josh .
Voy a la nevera y le ofrezco una cerveza. Bea le calienta la cena y se la lleva a la mesa, aunque, como era de esperar, no come nada. Josh parece agotado, desaliñado, destrozado. Hace dos días que no se afeita. No estoy muy segura de que haya dormido o se haya duchado.
—Han encontrado las pastillas de Meredith —dice a regañadientes.
Sé lo que quiere decir con eso. Lo que implica. Están culpando a la víctima.
Me enfado por Josh y por Meredith .
—¿Tenían una orden para registrar tu casa?
Él niega con la cabeza.
—No la necesitaban, Kate —dice con remordimiento—. Yo les di permiso para registrarla. No creía que tuviéramos nada que ocultar. No tenemos nada que ocultar.
Lo entiendo. Josh consideró que valía la pena que invadieran su intimidad si eso permitía que la policía encontrase algo que pudiera proporcionarles una pista sobre el paradero de Meredith y de Delilah .
No esperaba que sacaran conclusiones erróneas al encontrar las pastillas de Meredith en el botiquín.
Al nacer Leo, Meredith tuvo que superar una depresión posparto.
No se avergonzaba de ello. Nunca lo había mantenido en secreto.
De hecho, ni se disculpaba ni lo ocultaba, y valoraba la manera en que esa experiencia la había hecho mejor en su trabajo.
Meredith acudió por un tiempo a un terapeuta que le recetó antidepresivos.
Le habían venido bien y no tenía prisa por dejarlos. ¿Por qué dejarlos si le funcionaban?
—¿Y qué? —digo, preguntándome qué tienen que ver los antidepresivos de Meredith en todo esto.
—Me hicieron muchas preguntas. Sobre su salud mental. Sobre si había intentado hacerse daño a sí misma o a alguno de los niños.
—Dios mío —dice Bea , llevándose la mano al corazón.
Los medios de comunicación han tratado con sensacionalismo la depresión posparto, haciendo parecer que todas las mujeres que la padecen acaban matando a sus hijos.
Y no es así. La psicosis posparto es otra cosa.
Distinta y poco frecuente, y solo un pequeño porcentaje de quienes la padecen acaba cometiendo actos violentos.
Lo sé porque me lo dijo Meredith . Una vez dijo que quería escribir un blog sobre la experiencia de ser mujer, y que este sería uno de los temas por tocar.
La psicosis posparto la fascinaba y entristecía a la vez.
—¿Qué les dijiste? —pregunto.
—Les dije que no, claro que no. Meredith es la persona más sensata que conozco.
Preguntadle a cualquiera, les dije —nos cuenta Josh , y es cierto.
Meredith siempre ha sido de las del vaso medio lleno.
Enseña yoga, medita. Rara vez dice algo malo de los demás.
Es una buena persona. Incapaz de hacer daño a sus hijos, bajo ninguna circunstancia.
—La policía está muy equivocada si cree que Meredith le ha hecho algo a Delilah —digo.
Me estoy indignando. Estoy furiosa. El vino no ayuda, porque me siento más desinhibida, más libre para decir lo que quiera. La policía pierde el tiempo si cree que Meredith ha hecho eso.
—Hay más —dice Josh tras dar un gran trago a la cerveza.
Lo dice con cautela. Se calla. Se recuesta en la silla, da otro trago largo a la botella y la coloca despacio sobre la mesa.
Se seca la boca con el dorso de la mano, mirando fijamente las vetas de la madera de la mesa, evitando mirarnos a Bea y a mí.
—Han encontrado sangre —dice, y solo entonces levanta lentamente los ojos azules.
De pronto noto un gran peso en el estómago. Aparto la copa de vino, incapaz de seguir bebiendo. Las palabras de Josh me ponen sobria al instante. Sangre.
—¿Dónde? —pregunto.
Bea se echa hacia delante para escuchar.
—En el garaje.