Leo
presente
Ya no necesitamos a la mujer policía. La crisis se acabó en cuanto te encontré en el sótano.
Aun así, papá no le dice que no venga. La deja venir, aunque sea de noche y su llegada despierte el interés de los reporteros de fuera.
Ella es la culpable de que tengamos focos y cámaras delante de nuestra casa.
— Josh —dice cuando papá la hace entrar rápidamente y cierra la puerta.
—Carmen.
Ella abraza a papá. Se abrazan durante demasiado tiempo. Me resulta embarazoso verlo.
—He venido en cuanto me has llamado. Debes de estar muy alterado con esta preocupación.
Papá se aparta. La mujer policía no lleva la ropa habitual de detective, sino la versión más arreglada posible de alguien a quien acabas de sacar de la cama. Huelo su perfume desde el otro lado de la habitación.
—La hemos encontrado —dice papá—. La encontró Leo —y entonces me miran, como si acabaran de darse cuenta de que estoy aquí.
—Oh, gracias a Dios. ¿Dónde estaba?
Papá se lo cuenta.
Ella se lleva la mano al corazón.
—Oh, Dios mío.
Papá no podía soportar la idea de que durmieras en el suelo del sótano, así que te despertó y te mandó de vuelta arriba. Tú hiciste lo que se te dijo, aunque estabas muy desorientada al despertar. No estabas muy segura de si seguías en ese otro sótano. Te asustaste.
—No pasa nada, no pasa nada —te dije entonces, procurando no tocarte como había hecho papá—. Solo somos papá y yo. Soy Leo. Estás en casa. Estás a salvo. ¿Recuerdas?
No estás muy segura de lo que significa «a salvo». Aun así, subiste la escalera y volviste a tu habitación. Cerraste la puerta. Me pregunto cuánto tiempo te quedarás en ella.
—Bien hecho, Leo —dice ahora la mujer policía.
Me encojo de hombros.
—Tampoco fue tan difícil encontrarla.
—Debí llamarte diciéndote que no hacía falta que vinieses —dice papá—. Pero la encontramos hace un momento. No hubo tiempo.
Menuda trola, me digo. Hace al menos quince minutos que papá te mandó a tu cuarto. Tiempo de sobra para llamarla y decirle que no viniese.
—No, no pasa nada. Sabes que siempre podrás contar conmigo cuando me necesites, Josh .
Ella lo mira fijamente. Siguen tocándose las manos. Vomito mentalmente. No digo que me voy a la cama. Me limito a irme, aunque no creo que consiga dormir.
No entro en mi habitación. En cambio, me siento en lo alto de la escalera.
Escucho lo que dicen. Algo que he descubierto de la mujer policía es que tiene dos voces.
Tiene una voz de policía, con la que se cree muy dura.
Es la que siempre le oigo en la comisaría.
Y luego está su voz de mujer, que es todo lo contrario.
Deseosa de complacer. Esta noche se oye su voz de mujer.
—Bueno, dime, ¿cómo es tener a Delilah en casa?
Sus voces se oyen apagadas en la distancia. Papá se ha calmado desde su casi infarto aquí arriba, pero se nota que aún tiene los nervios de punta. Tras traerte aquí arriba, sacó una cerveza fría y se la acabó en dos minutos.
—Mentiría si dijera que todo ha sido ideal. Está lejos de serlo. La niña no está bien, Carmen.
—Claro que no.
—Ha sufrido mucho.
—Cierto. Y tú también.
Nadie habla de mí o de mi sufrimiento.
—Desapareció hace más de una década. Ya no es mi niña pequeña.
No me interpretes mal. Estoy encantado de tenerla en casa.
Aliviado y entusiasmado. Tengo que recordarme constantemente que esto es de verdad, que Delilah está en casa.
Que no es otro sueño del que me despierto por la mañana, como me ha pasado mil veces desde que desapareció.
Que está aquí y que nadie volverá a quitármela.
Y lo conseguiremos. Habrá un momento en que todo esto volverá a parecernos normal.
—Una nueva normalidad. Puede que las cosas nunca vuelvan a ser como antes.
—Esto lo has hecho tú, ¿sabes?
—¿El qué?
—Esto. Me has devuelto a mi pequeña. Nunca la diste por perdida, ni a ella ni a nosotros. Me dijiste que seguirías buscándola hasta encontrarla, y la has encontrado. Nunca podré agradecértelo lo suficiente, Carmen.
—Solo he hecho mi trabajo.
—Hiciste mucho más que eso. Y sigues haciéndolo —dice, y entonces se calla durante mucho rato. Demasiado.
En mi mente pervertida, me los imagino morreándose, aunque nunca haya presenciado nada entre ellos que sea más íntimo que sus empalagosos mensajes de texto y algún que otro abrazo.
Pero ¿qué sé yo lo que harán cuando estén solos?
Al fin y al cabo, son dos adultos solitarios.
Un hombre tiene necesidades, aunque la idea me produzca arcadas.
Haces ruido en tu habitación. No sé qué haces, pero sé que estás despierta. Me levanto del suelo y voy a tu puerta. Llamo. Y luego, como creo que he podido asustarte al llamar, te hablo sin abrir.
—Soy yo, Leo.
Tu lado de la puerta se queda silencioso. Puestos a adivinar, diría que estás al otro lado, intentando convencerte para dejarme entrar. ¿Cómo sabes si puedes confiar en mí? ¿Cómo sabes que no estoy aquí para hacerte daño?
No te culpo por tener miedo.
Vuelvo a llamar. Tardas un rato en abrir la puerta.
Cuando abres no dices nada. Te quedas parada, con aspecto tenso.
—¿Por qué no estás durmiendo? —pregunto. No respondes. Sigues llevando la ropa del hospital. Por el motivo que sea, no quieres ponerte la mía—. ¿Qué haces aquí dentro? —pregunto. Miro alrededor para ver qué hacías. Pero la habitación está casi a oscuras. No veo gran cosa.
Niegas con la cabeza. El pelo te cae sobre los ojos. Lo tienes sucio. Hueles mal. Necesitas una ducha, pero papá pensó que ya habías tenido suficiente por un día, y que la ducha podía esperar a mañana.
—Nada, señor —dices.
—Leo —te digo, empezando a enfadarme—. Soy Leo. Le-o —digo, por si no sabes cómo se pronuncia o algo así. Podría llevar una etiqueta con mi nombre para ayudarte a recordarlo, pero no quiero ser gilipollas y dar por sentado que sabes leer—. Repite conmigo. Le-o.
Dices mi nombre. Creía que cuando por fin lo dijeras sentiría algo parecido a un déjà vu , pero nada. No noto la chispa del recuerdo que esperaba sentir.
—¿Lo ves? No ha sido tan difícil, ¿verdad?
No dices nada.
—¿Por qué no estás durmiendo?
No me lo dices.
—¿Es que no puedes dormir?
No dices nada.
Pienso que debe ser difícil intentar dormir en un sitio nuevo, rodeada de gente que no conoces. En el sótano dormías, hasta que papá decidió despertarte.
—Quédate aquí —digo—. Ahora vuelvo.
Voy a mi habitación. Al fondo del armario tengo mi vieja manta de apego.
Es azul. Tiene los bordes deshilachados.
No sé por qué sigo conservando esta estupidez.
Solía llevarla a todas partes. Lloraba cuando no la tenía.
Papá dice que mamá tenía que engañarme para quitármela y poder lavarla.
Una vez, me la dejé en un carrito del supermercado y casi fue el fin del mundo.
Creo que necesitas mi manta más que yo.
Cuando vuelvo a tu cuarto, medio espero encontrarme la puerta cerrada. Pero está abierta. Te tiro la manta.
—Toma —te digo.
—¿Qué es? —preguntas, notando su textura, su peso. Se ha lavado tantas veces que ya no está suave. Y está muy fina. Ya no es algo que pueda abrigar a nadie. No parece gran cosa.
—Mi vieja mantita. Mi manta. Muchos niños tienen una. Puede que tú también. No lo sé. De niño no podía dormir sin esta cosa.
No dices nada. Te limitas a cogerla y mirarla fijamente, luego a mí, luego a ella, porque no puedes sostener la mirada de nadie más de un segundo. Como mucho.
—Se me ha ocurrido que igual podía ayudarte, no sé, a dormir. De niño era la única cosa que me ayudaba a sentirme mejor cuando estaba enfermo o triste.
Te doy la espalda y empiezo a alejarme.
—¿Tú no la necesitas? —dices tres pasos después, y añades—: Leo.
Lo dices con inseguridad, como si no estuvieras segura del todo de que debas decirlo. Me arranca una sonrisa, aunque no la veas. Sigo andando.
—Creo que tú la necesitas más que yo.