Meredith
hace once años
Marzo
Oigo el aviso del móvil en medio de la noche.
Hace cuatro días que no recibo mensajes amenazadores.
Me las he arreglado para borrarlos de mi mente, no sé cómo.
Al no haberme pasado nada malo, me he convencido de que no serán más que la estúpida broma de algún adolescente.
Algún crío que habrá conseguido mi nombre y mi número y se lo estará pasando en grande metiéndose conmigo.
Así que cuando recibo el mensaje, no pienso en una amenaza, sino en alguna clienta de parto. Tengo dos mujeres a punto de parir. Nunca me acuesto pensando en que conseguiré dormir toda la noche sin tener que ir a un parto. Son riesgos laborales.
Josh se remueve a mi lado al oír el móvil. Es una respuesta ya incorporada; se ha acostumbrado a ello. Se aparta de mí y se tapa la cabeza con la manta.
Busco el móvil. Lo miro y la luz de la pantalla me quema los ojos.
Tengo miedo, dice el mensaje.
Es de Shelby Tebow . Suspiro. Me apoyo en los codos para responder.
Shelby le tiene miedo al parto. Lo tienen muchas mujeres.
Yo también lo tuve, tanto con Delilah como con Leo.
Es un miedo que nunca desaparece, ni siquiera tras el primero.
Con Delilah fue todo bien. Con Leo todo salió mal.
Seguiría teniendo miedo si fuese a tener un tercer hijo.
Pero este no es el mejor momento para darle una charla.
Hay clientas que no siguen las reglas. Creen que, como pagan por mis servicios, pueden disponer de mí las 24 horas del día.
Y no es así. Las reglas están claras en el contrato.
Si se ponen de parto, estaré a su entera disposición.
Pero si tienen dudas, que las tengan en horario laboral.
Mañana estaré encantada de hablar con ella.
Le respondo: Todas las madres primerizas se asustan. Es normal. Intenta dormir. Necesitas descansar. Hablemos mañana. Besos.
Es una respuesta empática, que espero que ponga punto final a una conversación que se anuncia larga. La llamaré mañana, le preguntaré si quiere que quedemos para tomar un café y hablarlo. Haremos una lista de sus miedos y los abordaremos uno a uno.
Shelby no me responde enseguida. Son las tres de la madrugada. Ha captado la indirecta y ha vuelto a la cama.
Pero el móvil suena justo cuando voy a dejarlo en la mesita de noche.
Tengo miedo de mi marido, dice esta vez.
Me quedo mirando las palabras. Las leo dos veces. No conozco a su marido. No sé quién es. Sé que se llama Jason y alguna cosa más que me ha contado Shelby .
No despierto a Josh . Me diría que dejase a esta clienta. Que no tengo por qué involucrarme en una disputa doméstica.
Pero ya estoy involucrada, ¿no? Shelby pagó el depósito. Las dos firmamos el contrato. Ayer le envié una copia por correo.
Dicho esto, el cheque sigue en la encimera de la cocina.
Espera a ser ingresado. Supongo que podría devolvérselo.
Decirle que tengo más trabajo del que puedo asumir y que no puedo aceptar otra clienta.
Ya tengo ocho mujeres que darán a luz el mes que viene, el mismo mes que Shelby .
Hay muchas posibilidades de que dos de ellas den a luz al mismo tiempo.
Podría disculparme, recomendarle otra doula.
Shelby me dejaría una mala reseña en Yelp , y la cosa no pasaría de ahí.
Es lo más que podría hacerme. No creo que pudiera demandarme.
Dicho esto, lo último que quiero es cargarle con esto a otra persona. Además, las mujeres que más me necesitan son las parecidas a Shelby . Son la razón por la que me dedico a esto, para apoyar a mujeres que no tienen en quién apoyarse.
Respiro hondo. Miro a Josh de reojo para asegurarme de que sigue con la manta sobre la cabeza.
¿Te ha hecho daño?, pregunto. Recuerdo las gafas de sol de la última vez que la vi. Estaba ocultando algo, un ojo morado, o tal vez ojos rojos e hinchados por el llanto.
Pienso en todo lo que podría contestarme. Decirme que sí, que le ha hecho daño. Que le ha pegado. Que tiene mal carácter. Que grita y tira cosas.
Pero el maltrato no es siempre físico. También puede ser emocional.
Puede decirle cosas, insultarla, condicionar todo lo que haga, vigilar constantemente sus movimientos, controlarla financieramente.
Antes Shelby trabajaba. Ya no. Ya no tiene ingresos propios.
Se dice que las víctimas de maltrato deben dejar a sus parejas.
Se las juzga por no dejarlas y permanecer en una relación de abuso.
Pero ¿qué otra cosa pueden hacer las mujeres como Shelby , sin trabajo y con un bebé en camino? Es dependiente de Jason .
El maltrato físico me preocupa más que el emocional. Pero lo más desconcertante es que Shelby no me responde.
Pienso en lo peor: en que la haya sorprendido escribiéndome y se haya enfadado.
¿Va todo bien, Shelby ?, pregunto.
Cuando vuelve a no responder, me planteo acercarme a su casa para ver si está bien. Su dirección está en el contrato. No vive lejos. De hecho, vive muy cerca, en mi mismo barrio. Quizá fuera por eso por lo que Shelby oyó hablar de mí.
Ahora que lo pienso, no sé cómo se enteró Shelby de mi existencia. A veces es el ginecólogo quien me recomienda. Pero al de Shelby no le gustan las doulas. No he trabajado nunca con él, pero su reputación lo precede. Nunca me habría recomendado, ni a mí ni a nadie más del ámbito.
Tengo una página web. Hay una base de datos de doulas donde pudo haberme encontrado. El que pueda ir caminando hasta su casa podría ser una simple coincidencia.
Pero sería muy imprudente por mi parte ir ahora a la casa de los Tebow . Es noche cerrada. ¿Y qué hago una vez allí? ¿Llamar a la puerta? Si su marido no está cabreado ya, si no sabe lo que me ha dicho, será entonces cuando se cabree.
Además, ¿cómo sé que no me abrirá la puerta llevando una escopeta? La gente las tiene en casa. Soy madre. Tengo mis propios hijos. No puedo ponerme en peligro por ayudar a Shelby .
Podría llamar a la policía, pedirle que compruebe la situación. Pero ¿y si solo empeoro las cosas para ella? Su marido se enfadará si aparece la policía. Querrá saber por qué ha ido. Habría represalias.
Además, no hace mucho que una mujer llamó a la policía para que comprobara el estado de una vecina que se había dejado la puerta abierta toda la noche. La policía se asustó una vez allí y disparó por error a la vecina en su propia casa. Murió a consecuencia de ello. No quiero que pase algo así.
Al final, no hago nada. La indecisión me paraliza. Me vuelvo a la cama, apretando el móvil contra el pecho por si vuelve a necesitarme.