Sin dejar rastro Leo
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Leo

presente

Papá te dice que dormirás en tu antigua habitación, porque ¿dónde vas a dormir si no? Aun así, me resulta extraño que en esa habitación haya alguien. Desde que tengo memoria, nunca ha habido nadie en esa habitación.

Papá tiene que enseñarte dónde está tu habitación porque no lo sabes.

—La última vez que lo viste era más pequeño —dice papá.

No tienes más ropa que la que llevas puesta, la que te dieron en el hospital.

Es ropa donada. Se nota a simple vista que no es nueva.

Llevas puesta la ropa vieja de otra persona.

Pero en tu armario solo hay ropa de la talla seis infantil, porque es la talla que tenías cuando te llevaron.

No te valdrá. Papá es alto, así que me dice:

—Leo, busca en tu armario algo para tu hermana.

Sigo sin asimilar que cuando papá dice «tu hermana» se refiere a ti. Estás aquí, en la misma habitación que yo. Estás en casa. O al menos lo está una versión de ti.

Voy a mi habitación. Cojo una camiseta que ya no uso. Cojo unos pantalones de chándal. Te los llevo.

—Toma —digo, dándotelos.

—Gracias, señor —respondes al cogerlos.

No puedo ni reírme, porque me da pena que creas que tienes que llamarme señor, a mí, a tu hermano pequeño. Eso sí que es jodido.

—Llámame Leo. Los señores son los mayores.

Te quedas parada en la puerta, con la camiseta y el pantalón en las manos. Hay cosas que quiero saber. Preguntas que quisiera hacerte, pero que no puedo. Preguntas sobre mamá. Ya me sé la historia que se inventó la policía. Quiero saber si de verdad pasó así.

Papá te pregunta si quieres que te arrope una vez te hayas vestido. Se le humedecen los ojos al decírtelo. Está ilusionado, desesperado. Lo noto en su voz. Te suplica que le dejes arroparte. Han pasado once años.

Tú le devuelves la mirada. No dices nada.

Papá renuncia a ello ante tu silencio.

—Si necesitas alguna cosa, solo tienes que pedirla.

Papá es para ti como un extraño. Resultaría un tanto demencial que te arropase. Además, ya estás muy mayor para que te envuelva en sábanas como una oruga en su capullo. Cuando desapareciste, papá dejó de hacerlo conmigo. Estaba demasiado ocupado llorando hasta dormirse como para ocuparse de mí.

Cuando me voy a dormir, cierro la puerta con llave. No sé qué clase de persona eres.

La agente de policía dijo que pudiste escapar porque te hiciste tu propio pincho. Solo que ella no dijo «pincho». Dijo arma improvisada. Apuñalaste a alguien con él. Cuando te encontraron, tenías sangre en la ropa. Era de él.

¿Cómo sé que no vas a apuñalarme también a mí?

Intento dormir. No consigo acomodarme en la cama. Creo que no voy a poder dormir. Pero entonces, antes de que me dé cuenta, oigo que papá te llama, que grita tu nombre. Miro el reloj. Son las dos de la madrugada. No sé cómo, pero he dormido.

Salgo de la cama a toda prisa. Abro la puerta y salgo tambaleándome de la habitación.

Lo encuentro en el recibidor. Está fuera de sí.

Respira con dificultad. Da vueltas en círculos por el recibidor a oscuras, como si estuvieras allí, a medio metro de él, pero no pudiera llegar hasta ti lo bastante rápido como para verte.

Le doy al interruptor de la luz y la enciendo. La luz brillante me hace daño en los ojos. Me los protejo con la mano. Papá está sudando. Se presiona el pecho con una mano como si le doliera. Espero que no tenga un ataque al corazón.

—No está —dice papá, acercándose a mí.

Lleva pijama. Papá no suele ponerse pijama. Normalmente va en calzoncillos. Pero, por tu culpa, esta noche ha tenido la previsión de ponerse algo más apropiado. Solo que el pijama es de manga larga. Suda por llevarlo puesto.

—¿Qué quieres decir con que no está?

Papá me agarra por los hombros y me sacude.

—Pues eso, Leo. Que no está aquí. Que ha desaparecido. Delilah ha desaparecido.

Creo que ha tenido una pesadilla, una en la que desaparecías. Sería de lo más comprensible. Voy a tu habitación para verlo por mí mismo, pero tiene razón. No estás. Las mantas y las sábanas están en su sitio, como si nadie hubiera dormido en la cama. Mi ropa está en el suelo. No te la has puesto.

Primero miro la ventana. Está cerrada y con cerrojo. Fueras adonde fueras, no lo hiciste por ahí. Creo que has huido, aunque también puede haber venido tu secuestrador.

—Los putos periodistas —es lo que murmura papá, porque cualquiera que vea las noticias sabrá en qué ciudad vivimos, qué aspecto tiene nuestra casa, y sabrá que estás aquí. Hasta un niño de diez años con internet y una bici podría encontrarte.

Salgo de tu habitación. Miro en el baño, y papá y yo bajamos corriendo la escalera para buscar en sitios donde podrías estar. No encontramos nada. No hay ni rastro de ti en la planta baja. La puerta principal y la de atrás están cerradas con llave.

Papá llama por teléfono a la mujer policía porque tiene su número guardado. Es muy tarde, pero eso no lo detiene. Fuera hay policías vigilando, pero papá no se molesta en hablar con ellos o en llamar al 911.

La mujer policía contesta enseguida.

—Carmen. Soy yo. Josh —dice sin aliento. El tuteo me produce arcadas.

Le dejo. Voy de ventana en ventana, intentando adivinar por dónde te fuiste. No tienes zapatos. Así que, fueras a donde fueras, lo hiciste descalza. Pero eso tampoco será algo nuevo para ti.

Las miro todas. Están cerradas. Con cerrojo.

No saliste por ninguna de ellas. Vuelvo a la cocina.

Paso ante la puerta del sótano. No sé por qué miro allí, salvo porque me estoy quedando sin ideas.

Abro la puerta. Está oscuro. El sótano está sin acabar porque, aunque mamá esperaba acabarlo algún día, no lo hizo antes de intentar cortarse las venas.

«Intentar» es la palabra que hay que tener en cuenta, porque no lo consiguió.

Los cortes eran superficiales, no bastaban para desangrarse.

Se hizo muchos, pero solo afectaron a las venas superficiales.

No tocó ninguna de las arterias principales, las que la habrían matado.

Según las estadísticas, la mayoría de los que intentan cortarse las venas fracasan. Porque duele.

Fue entonces cuando mamá le dio la vuelta al cuchillo y se apuñaló en el abdomen. Fue algo fácil y rápido. Según el informe del forense, se perforó el hígado y se desangró. También tenía un buen chichón en la nuca, por golpearse con algo al caer.

Enciendo la luz. El sótano se vuelve amarillo. Bajo la escalera y te encuentro allí, tendida en el suelo de hormigón.

Al primer vistazo, te creo muerta.

Pero luego veo que el pecho se mueve. Respiras. No estás muerta, estás dormida.

Has renunciado a una cama blanda y caliente para dormir en el suelo frío y duro del sótano, a oscuras. Porque es lo único que has conocido durante once años. No sé cómo, pero encuentras consuelo en esto, en estar aquí abajo, en nuestro sótano lúgubre y oscuro.

No se me ocurre nada más jodido.