Sin dejar rastro Meredith
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Meredith

hace once años

Marzo

Llego por los pelos a la clase de vinyasa flow de las nueve.

Empiezo por centrar a los alumnos. Les pido que busquen una postura cómoda y luego nos concentramos en la respiración.

Los invito a tomar una conciencia más profunda de su actual estado mental y físico.

Yo me concentro en el mío. Utilizo este momento para intentar desprenderme del miedo que siento tras recibir otro mensaje de amenaza.

No estoy acostumbrada a estar tan descontrolada, tan frenética.

Los mensajes me tienen muy alterada. Le digo a la clase que respire por la nariz.

Que deje que el aire le llene el vientre y luego el pecho.

Quiero oírla cuando lo exhale. Respiro con ellos, forzándome a relajarme.

No hay nadie en el mundo que quiera hacerme daño.

Nadie tiene motivos para desearme la muerte.

Soy una mujer extremadamente responsable. No he hecho nada malo.

Dirijo a mis alumnos en una breve meditación guiada. Pasamos al calentamiento. Trabajamos para alcanzar la postura cumbre. Me muevo por la sala. Ayudo a mis alumnos a encontrar la alineación adecuada, buscando distraerme de los pensamientos que me rondan la cabeza.

Las luces del estudio se apagan. La sala está climatizada, con el termostato ajustado a treinta grados. Hay humidificadores. Todo el mundo suda, yo incluida.

Decimos «Namaste» y todos se marchan.

Después de clase, tengo una reunión con una posible clienta de doula y con su marido.

Hemos quedado a las once. Es el protocolo habitual, para ver si les caigo bien y viceversa.

Acordamos vernos en un lugar público, una cafetería, por si no son gente de fiar.

Es lo más inteligente, con todas esas historias aterradoras que corren sobre anuncios de Craigslist , con gente atraída a casas desconocidas para ser asesinada nada más llegar.

Me siento más segura conociéndolos en un lugar público.

La cafetería es nueva para mí. Suelos de tarima acuchillada, techo de hojalata y mesas del tamaño de un sello.

Localizo a mi posible clienta nada más llegar.

Es fácil de reconocer. Es esa mujer que parece nerviosa e incómoda, con una barriga como una pelota de baloncesto.

Espera en una mesa, sola. Me acerco hasta ella y le estrecho la mano.

— Meredith Dickey —digo, sonriendo.

— Shelby Tebow —dice ella, estrechando la mía—. ¿Quiere un café?

Sí que quiero. Me puede el cansancio. No sé cuánto más podré aguantar en pie sin cafeína.

Nos dirigimos a la barra. Pedimos los cafés.

La señora Tebow se ofrece a pagar el mío.

No me opongo. Me pregunta si quiero algo de comer.

Pido un bollito de canela porque, además de cansada, estoy hambrienta.

No recuerdo cuándo fue la última vez que comí algo, ni siquiera si he comido esta mañana.

Recuerdo que di de comer a los niños y que lavé los platos. No recuerdo si comí yo.

La señora Tebow no pide nada.

—¿No va a comer nada? —pregunto, sintiéndome de pronto culpable. Cojo el bollito de manos del camarero.

Ella niega con la cabeza. Resopla.

—Míreme —dice la señora Tebow , mostrando su barriga de embarazada—. Estoy gorda. Lo último que necesito es un bollo.

—No está gorda —le regaño—. Está embarazada.

Llevamos el café a una mesa y nos sentamos.

La cafetería es pequeña y tranquila. Solo hay un puñado de personas, la mayoría trabajadores con ordenador portátil.

Estas reuniones son tanto para intentar causar buena impresión a posibles clientes como para que ellos intenten causármela a mí.

Si al final nos caemos bien, se firma el contrato.

—Mi marido dice que nunca perderé todo este peso. He engordado quince kilos —dice.

Lo dice como si fuera algo grotesco, pero quince kilos es la media. Yo engordé al menos eso con cada uno de mis hijos.

—¿Su marido tardará mucho en llegar? —pregunto.

No me ha dado tiempo a cambiarme después de clase. Llevo la ropa de yoga, con un jersey encima. Tengo los ojos cansados; las horas sin dormir me están pasando factura.

Shelby juega con el anillo del dedo.

—No va a venir —dice incómoda.

—Lamento oír eso. ¿No ha podido venir?

Los maridos no siempre pueden venir. A veces están en el trabajo, o de viaje de negocios, y a veces no se involucran. No pasa nada. Las mujeres que más me necesitan suelen ser aquellas cuyos maridos no se involucran o son inútiles.

Shelby parece avergonzada. Suelta el anillo.

Se reacomoda en la silla, da un sorbo al café que le oí pedir y sé que no es descafeinado.

No la juzgo. Yo no tomaba cafeína cuando estaba embarazada.

Pero cada embarazada es diferente. Puede que algo de cafeína sea lo único que le permita sobrellevar el día.

He atendido a muchas mujeres en estos años.

Madres solteras. Mujeres violadas, pero que quieren tener al bebé.

Mujeres que deciden abortar por los resultados de una prueba genética.

Lo importante es mostrarse imparcial. Ninguna de esas mujeres es como yo.

Shelby niega con la cabeza. También le tiemblan las manos. En su café se forman pequeñas ondas, estropeando el dibujo de la leche.

—No le dije que venía a verla —dice. Está nerviosa. Podría haber un millón de razones para ello. Quizá sea tímida o solo quiera impresionarme. Quizá se sienta mal por su marido o le aterrorice el inminente parto.

—¿Ajá? —pregunto.

No quiero que se sienta rara. Me inclino sobre la mesa y le doy una palmadita en la mano. Hay estudios que muestran la importancia del tacto en las emociones de una persona, en su bienestar físico, en la manera en que reacciona ante los demás. La estimulación táctil es muy importante.

—No pasa nada. Es algo muy habitual, Shelby .

—¿De verdad? —pregunta. Solo entonces sus ojos se posan en los míos.

—Por supuesto que sí. A veces cuesta hacer participar a los hombres.

No son quienes van a tener que expulsar a un bebé de su cuerpo —digo con una sonrisa empática.

Noto que Shelby se relaja al otro lado de la mesa—.

Una vez charlemos, podrá hablar con su marido y decidir qué quiere hacer. ¿De cuánto está?

—Treinta y seis semanas.

La mayoría de mis clientas acuden a mí recién embarazadas.

Rara vez vienen a las treinta y seis semanas.

Me cuenta cómo y por qué se han mudado al pueblo.

Tenía una obstetra que le encantaba, pero que ahora vive a tres mil kilómetros de distancia.

También tenía una familia, una gran red de apoyos que ahora tampoco tiene.

En resumen, que, descontando a su marido está sola.

Le cuento por qué me hice doula. Le cuento cómo viví el dar a luz a Leo.

Lo que recuerdo es que el personal del hospital apenas me hizo caso.

Josh tuvo que rogar y suplicar a una enfermera para que me atendiera.

Me sentí sola. Me sentía una carga. Cuando acabé, deseé haber tenido a mi lado a alguien que me defendiese, alguien además de Josh , cuyas emociones estaban tan alteradas como las mías.

Desde entonces, he visto cosas en la sala de partos que me han horrorizado.

Mi propia experiencia con el parto había sido pan comido comparada con ellas.

Una creencia habitual durante el parto es que las necesidades del bebé prevalecen sobre las de la madre.

Las mujeres no siempre saben que tienen otra opción.

O no se les permite decidir la atención médica que reciben.

Cuando se les ofrece esa posibilidad, no suele ser con el tiempo o la información necesaria para que tomen bien una decisión.

Los demás toman decisiones sin su consentimiento.

Son demasiadas las mujeres que no quieren suponer una carga y por eso no dicen nada.

Es un maltrato sutil, que se hace pasar por atención médica.

Los médicos hacen cosas que considero que bordean la agresión sexual. Meten las manos en la vagina de la mujer sin avisarla primero. Hacen caso omiso del dolor de la mujer. Recurren a prácticas forzadas o invasivas. En la sala de partos, «no», no siempre significa «no».

La mayoría de las veces el parto tiene un final feliz.

Una vez que dan a luz, las mujeres se olvidan de cualquier sentimiento negativo que pudieran experimentar porque han conseguido lo que querían: un bebé sano.

Eso no hace que lo sucedido esté bien. Una de las razones por las que hago lo que hago es para defender a las mujeres durante el parto.

—Es importante tener una atención continuada. Alguien que durante el parto esté allí para ti y solo para ti.

Lo dejo ahí.

Hablamos de un plan para el parto, de lo que espera del parto.

—Un bebé sano, nada más —dice.

Se inclina para posar una mano sobre el vientre. Le hago preguntas. Me dice que no quiere dar a luz en casa, sino en un hospital.

—No necesito esas tonterías new age —dice—. O sea, quiero una epidural. No quiero una cesárea, a no ser que la necesite. Entonces sí que la querré. Y no pienso comerme la placenta.

Eso me hace soltar una carcajada. Es como si hiciera días que no me río.

No he conseguido encontrar ningún estudio definitivo sobre los beneficios de la placentofagia. Pero nunca impediría a una clienta comerse su propia placenta.

Hablamos un rato. Al hacerlo, descubro que Shelby Tebow me cae bien.

Muy bien. Es práctica, nada pretenciosa.

Es realista. Es joven, y se nota. Yo también fui joven una vez.

Tiene sueños para el resto de su vida. Le gusta ayudar a la gente.

Ahora no trabaja porque acaba de mudarse aquí con su marido, pero volverá al trabajo en cuanto pueda.

Su marido no quiere que trabaje. Prefiere que esté en casa.

—Hábleme de su marido —digo.

—Me parece una buena transición.

—¿Qué quiere saber?

—Oh, no sé. Lo que sea.

Me dice que su marido es agente de seguros.

Era linebacker en la universidad. Quería ser profesional, hasta que una lesión de rodilla lo dejó fuera de juego.

Todavía se resiente por ello. Es tres años mayor que ella.

Empezaron a salir en el instituto, cuando ella estaba en el primer año y él en el último.

Se casaron en cuanto ella cumplió dieciocho años, y no fue a la universidad.

Me dice lo mucho que a él le gustan los niños y que un día será un padre estupendo.

Pero no parece que ese «un día» sea en cuatro semanas, que es cuando está previsto que nazca el bebé.

Al cabo de un rato va a lo importante. No está segura de poder confiar en que su marido la acompañe en el parto, ni física ni emocionalmente, ni de ninguna manera. Es un poco hardcore , dice. No estoy segura de lo que quiere decir con eso. Pero por eso me necesita a su lado.

Vuelvo a ver a Shelby dos días después. En la misma cafetería. Esta vez me ofrezco yo a pagar el café, pero dice que no, que no puede quedarse. Está nerviosa. Trae el contrato firmado. Me lo pone en la mano. Lo cojo. Está firmado por su marido y por ella.

—Has podido convencerlo —digo sonriendo.

—Tenía sus reservas —dice Shelby . No sonríe.

—¿Como cuáles?

Hace una pausa antes de decírmelo.

—Cree que eres una estafadora. Que nos estás timando. Ha buscado información sobre gente que se dedica a lo que tú. Quería saber por qué cobras tanto. Al principio dijo que estaba loca si pensaba que íbamos a pagar tanto por una canguro.

Me hago una imagen de su marido: cínico, sincero, desconfiado.

Ya me han preguntado antes eso mismo. No trabajo para una agencia o un hospital.

Trabajo sola, por lo que mis tarifas pueden ser más elevadas que las de la mayoría.

Proporciono servicios que no proporciona todo el mundo.

Cuando te pones de parto, no te asignan una doula en función de quién esté de guardia. Me asignan a mí.

—Encontró en internet una que solo cobraba trescientos dólares —dice Shelby —. Pero le dije que no quería a esa. Que te quiero a ti.

—¿Por qué? —pregunto. No me conoce de nada. ¿Por qué elegirme a mí en vez de a cualquier otra doula?

Se encoge de hombros. Sonríe.

—Me caes bien —dice—. Pero Jason dijo que sería mejor si pudiera convencerte para que bajases el precio a mil.

—¿Convencerme para bajarlo a mil?

—Incluso a ochocientos. O sea, tiene razón. Es mucho dinero por solo un día de trabajo.

Tengo un mal presentimiento en la boca del estómago.

No me gusta el rumbo que ha tomado la conversación.

No es un solo día de trabajo. Es una cita prenatal, reuniones como esta, el parto y el alumbramiento, una visita posnatal, interminables llamadas y mensajes de texto.

También es mi medio de vida, dejar en suspenso mi vida y mi familia por la suya.

No le digo nada de esto.

—Lo siento, Shelby , pero no negocio mis honorarios.

Otro encogimiento de hombros. Otra sonrisa, esta mucho más descarada.

Tengo la sensación de que en esta mujer hay más de lo que pensaba al principio.

Por muy nerviosa que estuviera el otro día, hoy no lo está en absoluto.

Hoy se muestra resuelta y segura. ¿Qué aspecto de ella debo creer que es el real?

—Ya, bueno —dice—, no importa. De todas formas, ya está convencido, ¿no?

Me fijo en que Shelby lleva gafas de sol, aunque estamos en un interior y fuera el día está gris y nublado.