Sin dejar rastro Kate #3
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Kate #3

—Estaba oscuro, no había luna —dice—. La farola de la calle lleva uno o dos meses fundida.

Mi marido, Marty , llamó al ayuntamiento para informar de ello, pero todavía no la han arreglado.

Nuestros impuestos en acción —bromea—. La única luz que había era la de los porches que se quedan encendidos durante la noche.

Aunque estaba muy oscuro, vi que algo se movía en el jardín de Josh y de Meredith .

Al principio pensé que lo había imaginado.

Que imaginaba cosas. Era tarde y estaba cansada.

Pero, como no desaparecía, pensé que sería un árbol o un ciervo.

Quizá un coyote. Y cuanto más miraba, más me daba cuenta de que en el jardín de Josh y de Meredith había alguien.

Personas. Seguí mirando un rato, sin saber muy bien lo que hacían, preguntándome si no debía llamar a la policía.

—¿Llamaste a la policía? —pregunta Bea , conociendo la respuesta.

—Ojalá lo hubiera hecho —dice Cassandra con pesar.

—¿A cuántas personas viste? —pregunto.

—A dos —responde—. No parecía un intento de robo. Esas personas no estaban en la casa, sino delante de ella, lejos de la puerta. En cuanto supe que lo que veía eran seres humanos, me convencí de que serían universitarios que volvían a casa de algún bar. Era más de la una. La hora encajaba con eso.

Los bares del pueblo cierran a la una entre semana.

A solo unas manzanas de aquí hay residencias de estudiantes, tanto fuera del campus como dentro.

Es del todo posible que Cassandra solo viera a unos universitarios que habían bebido de más y que volvían a casa después de pasar un rato en el bar, en cuyo caso lo más probable es que estuvieran haciendo alguna tontería sin importancia que no requería la intervención de la policía.

Seguramente yo tampoco habría llamado a la policía.

—¿Los viste bien? ¿Qué aspecto tenían?

Ella niega con la cabeza.

—Estaba muy oscuro.

—¿Qué hacían? —pregunto—. ¿Pudiste distinguirlo?

—No. Pero fuera lo que fuera, no fue mucho rato.

—¿Cuánto rato?

—No lo sé con certeza —dice ella—. Arlo me tenía distraída.

Estaba muy alterado, completamente inconsolable.

No quería que despertase a Piper y tener que lidiar con dos niños llorando en medio de la noche.

Iba a abrir un poco la ventana por si oía algo, pero, con Arlo llorando, habría tenido el efecto contrario.

Los habría espantado. Debí llamar a la policía.

O, al menos, contárselo al día siguiente a Josh y a Meredith .

—¿Por qué ibas a hacerlo? —pregunta Bea , intentando animar a Cassandra —. Como si no tuviéramos universitarios borrachos todos los días. Seguro que solo pararon para mear en el césped.

—¿Y si no eran solo universitarios borrachos? —pregunta ella.

—Mira —dice Bea , poniendo una mano tranquilizadora en el brazo de Cassandra —. No te castigues por ello. La policía pasará luego por la casa de los Dickey . Se lo diré. Puede que alguien del barrio tenga un sistema de seguridad con vídeo que puedan consultar.

—Qué buena idea, Bea —le digo.

No sé si hay algún vecino con videovigilancia en casa.

Y, de tenerlo, no sé de cuánto almacenamiento dispondrán las cámaras.

No sé si guardan las grabaciones durante semanas o si son de las que se borran al cabo de uno o dos días.

Pero vale la pena intentarlo, porque quizá fueran universitarios borrachos volviendo a casa después de una noche de copas, o quizá no lo fueran.

Bea y yo nos tomamos el café con rapidez. Estoy impaciente por volver a la calle y seguir con la búsqueda. Nos despedimos. Cassandra nos acompaña a la puerta y sale con nosotras. Ve cómo nos alejamos.

Recorremos el camino de piedras que atraviesa su encharcado césped, dejando a Cassandra sola en el porche de su casa.

Paramos en otras casas de la manzana. Cuando llegamos al final, doblamos la esquina y seguimos adelante.

Muchas de las casas de la siguiente manzana pertenecen a la universidad.

Algunas son edificios administrativos o residencias privadas de profesores, mientras que otras, las más abandonadas, las que tienen sofás en el porche y botellas de cerveza a simple vista, son para los estudiantes.

Hace semanas que fue la graduación y aún no han empezado los cursos de verano.

La mayoría de las casas que visitamos están vacías; no hay nadie en casa. Seguimos caminando.

Ya es media tarde cuando llegamos a casa de Shelby Tebow , a pocas manzanas de la nuestra.

Sabemos cuál es porque ha salido todo el tiempo en las noticias.

Está fuera del casco histórico y es una de las últimas casas originales que quedan en una manzana de edificios derribados.

Es de mediados del siglo pasado y está rodeada de casas nuevas hechas a medida con un precio de siete cifras.

A un lado y otro de la calle hay cintas amarillas atadas a los árboles.

En un poste se ve una foto de Shelby con la palabra «Desaparecida» escrita en grandes letras negras, con el cartel protegido por una funda de plástico para que no se moje con la lluvia.

He visto el mismo cartel por todo el pueblo, en escaparates y puertas de restaurantes.

Han puesto flores en la acera justo delante de su casa.

Un gesto amable al mismo tiempo que un triste recordatorio de lo sucedido aquí.

Le digo a Bea que deberíamos saltarnos la casa de los Tebow . Me parece de mal gusto visitar la casa de una mujer desaparecida para preguntar por otra mujer desaparecida. Pero Bea no está de acuerdo.

—Debemos ir a su casa precisamente por la similitud, no a pesar de ella —dice, y sé que tiene razón.

Dicen que Jason Tebow tiene mal genio. Y lo he visto en las ruedas de prensa por televisión.

Pero Bea no tiene miedo. Toma la iniciativa y, una vez más, envidio su seguridad.

Bea es una líder nata. La sigo dubitativa por el estrecho camino y por el único escalón hasta la puerta principal.

Llama a la contrapuerta. El sonido es hueco, vacío.

Nunca llamaría la atención de nadie. En vez de seguir, llama al timbre y enseguida me sobresalta un ruido de pasos al otro lado de la puerta.

Estaba deseando que no estuviera en casa.

La puerta se abre bruscamente. Jason Tebow aparece ante nosotras. Lleva entre sus grandes brazos un bebé que chupa de un biberón que Jason sostiene. Tiene cuello de toro. No es alto, pero sí corpulento y con buen físico. Ocupa toda la puerta, mientras la contrapuerta sigue separándonos.

Me doy cuenta enseguida de que nuestra presencia le molesta. Resopla y maldice entre dientes.

—Hay que joderse —dice con palabras llenas de rencor, e instintivamente doy un paso atrás.

Bea no. No tiene miedo. No creo que haya nada en el mundo que pueda asustarla.

Él frunce el ceño y pregunta—: ¿Qué pasa?

¿Es que no sabéis leer? —añade mientras señala un cartel de «No queremos vendedores» en la puerta.

La verdad es que no había visto el cartel. Y no sé si verlo hubiera detenido a Bea . Nos mira de arriba abajo, fijándose en nuestras sudaderas, vaqueros y zapatillas deportivas.

—Perdone que le molestemos —dice Bea —. El señor Tebow , ¿verdad? —pregunta, presentándose a sí misma y luego a mí. Me fijo en la manera en que sostiene al bebé. Está torpe y rígido. No sabe qué hacer con él.

—Tenemos una amiga que lleva casi todo un día desaparecida —empieza Bea —. Desde ayer por la mañana. Estamos llamando a todas las casas por si la ha visto alguien.

Jason Tebow palidece al oír esto. Traga saliva con dificultad; la nuez de Adán le sobresale en el cuello. Lo observo. Jason tiene físico de culturista, con brazos tan gruesos como mis muslos.

—¿Me están gastando una puta broma? —pregunta Jason , saliendo y dejando que la contrapuerta se cierre de golpe, mientras el bebé rompe a llorar.

Se le ha salido el biberón de la boca y la leche gotea por su mejilla.

No sé si es niño o niña porque el mono que lleva es blanco, aunque está sucio, manchado de vómito.

No queda apenas nadie en la ciudad que no piense que le hizo algo a su esposa. Que yo sepa, lo han interrogado dos veces en comisaría. De vez en cuando se ven coches patrulla aparcados en la calle frente a su casa, vigilándolo. Cree que venimos a acosarlo, a provocarlo.

—No lo entiende —intervengo yo—. Esto no tiene nada que ver con su mujer, señor Tebow .

Anoche, nuestra amiga, nuestra vecina, no volvió a casa.

Ni ella ni su hija. Su marido está muy preocupado.

Su hija, Delilah , solo tiene seis años.

Usted, más que nadie, comprenderá por lo que está pasando.

Estamos intentando ayudar a encontrarlas.

Hemos visitado las casas de tres manzanas, preguntando si alguien las había visto.

Meredith Dickey —digo, buscando el móvil en el bolsillo trasero de los vaqueros para enseñarle la foto.

Estamos a varias manzanas de donde vivimos. Jason Tebow no la conocerá.

Pero sí que la conoce. Enseguida se hace evidente que la conoce. Da un paso atrás, se vuelve despacio hacia mí y me pregunta:

—¿Ha dicho Meredith ?

Respiro hondo.

—¿Conoce a Meredith ?

Hace una pausa. Al hacerlo, su ira se disipa. Su tono se suaviza, volviéndose más educado, menos agresivo.

—Conozco a Meredith —dice.

—¿Cómo? —pregunto.

—Fue la doula de Shelby —responde.

Me pongo tensa. Noto un nudo en el estómago.

—¿Ah, sí? —pregunto, con la boca seca como el algodón.

Se me ha secado de golpe, al darme cuenta de que Shelby y Meredith se conocían.

Intento tragar saliva, pero se me queda atascada en la garganta.

Meredith y Shelby estaban relacionadas. Y ahora han desaparecido las dos. ¿Será coincidencia? ¿O hay algo más?

—¿Cuánto tiempo hace que Shelby conocía a Meredith ? —pregunta Bea .

Jason se encoge de hombros.

—No mucho. Unos meses.