Sin dejar rastro Kate #2
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Kate #2

Al igual que Delilah , Meredith es muy querida en el vecindario.

Es conocida por dejarlo todo para ayudar a los vecinos que lo necesitan.

Cuando el marido de Gwen estaba muy mal, siempre que podía lo ayudaba a subir al coche y lo llevaba a su cita con el médico.

Cuando el perrito de los Timmons se escapó, Meredith recorrió todo el pueblo en su busca, con Delilah y Leo en el cochecito doble, hasta encontrarlo.

Bea y yo compartimos lo poco que sabemos con los vecinos, pero la información que obtenemos a cambio es poco relevante. Jan Fleisher recuerda el coche de Meredith aparcado en la parte de atrás; Tim Smith la vio conducir hasta allí.

—¿Llevaba a los niños con ella? —pregunto a Tim .

No lo sabe. No pudo ver bien el interior del coche por el reflejo del sol. Solo sabe que era el coche de Meredith .

—¿A qué hora fue eso?

—Puede que a las ocho. O a las nueve —dice encogiéndose de hombros.

Lo piensa detenidamente—. Yo tenía una cita a las once, así que salí de casa sobre las diez y media.

Fue antes de eso. Algo antes de las diez y media —decide, disculpándose por ser involuntariamente impreciso.

Se siente mal por ello, sabiendo que pudo ser uno de los últimos en verla antes de desaparecer.

Bea y yo seguimos adelante. Esta mañana no llueve.

Aun así, el cielo está lleno de nubes negras.

Notamos la humedad en el aire. Los árboles gotean de la tormenta de anoche y nos mojan de forma desigual.

Llevamos paraguas, pero no los necesitamos, al menos de momento, aunque este ambiente húmedo no le sienta nada bien a mi pelo.

Hay ramas por todas partes, arrancadas salvajemente de los árboles y arrojadas a la calle por la lluvia y el viento.

La acera está llena de charcos; Bea y yo nos separamos para sortearlos.

En la calle hace fresco, apenas quince grados, pero el cielo gris, la amenaza de lluvia y el viento incesante hacen que parezcan diez.

No pensé en coger abrigo y me arrepiento.

Cruzamos la calle y vamos a la casa justo enfrente de la de Josh y Meredith .

Es una casa gris que pertenece a una pareja joven con hijos.

Bea y yo no conocemos muy bien a los Hanaka porque las familias con hijos tienden a relacionarse con otras familias con hijos, y Bea y yo no tenemos. Aun así, una vez hablé con ellos.

Son amigos de los Dickey . He visto a Delilah y Leo montar en bici con su hija.

Y a Meredith hablar y reírse con la mujer, Cassandra .

Se nota que a Meredith le gusta Cassandra .

Suele mencionarla las noches en que Meredith , Josh , Bea y yo nos tomamos una copa en el porche.

Nunca es por nada importante, pero su nombre siempre acaba saliendo en la conversación.

« Cassandra dice que la nueva panadería de Jackson tiene unos bollos de canela estupendos.

Cassandra y Marty quieren ir el verano que viene de crucero por Alaska con los niños.

Cassandra dice que si echas bicarbonato y vinagre en los desagües te libras de esas moscas tan molestas».

Josh se burlaba de Meredith por ello, diciendo que estaba colada por Cassandra , antes de avergonzarse y disculparse con Bea y conmigo, como si hubiera dicho algo que nos ofendiera.

No sé gran cosa de Cassandra o de su marido, Marty .

Casi todo me ha llegado de segunda mano, a través de Meredith .

Sé que se mudaron de la ciudad. Sé que, al igual que a Bea , no les gustaba la idea de vivir en las afueras.

Pero, cuando su hija se acercaba a la edad escolar, tuvieron que elegir entre una educación privada de precio desorbitado, un sistema escolar público de mala calidad o mudarse a las afueras. Vinieron aquí.

Bea y yo nos acercamos a la puerta y llamamos. Nos abre Cassandra . La casa detrás de ella está tranquila, en silencio.

—Esperamos no molestar —dice Bea .

—No, en absoluto. Acabo de acostar al pequeño para que duerma la siesta.

—Un gato da vueltas alrededor de sus tobillos.

Cassandra lo coge en brazos y nos invita a pasar—.

Parecéis tener frío. Dejad que os prepare un café —dice, y nos quitamos los zapatos y la seguimos por el pasillo hasta la cocina.

La casa de Cassandra está decorada con buen gusto.

Todo con tonos neutros y demasiado bonito para ser una casa donde hay niños pequeños.

También está impecablemente limpia. Cassandra parece ser de ese tipo de personas. Ella también va impecable.

Deja al gato en el suelo.

—Venís por lo de Meredith —dice, cogiendo la jarra de cristal de la cafetera y llenándola de agua en el fregadero.

Cassandra es tan alta como Bea . Rubia, con el pelo hasta los hombros y la raya al medio enmarcándole la cara.

Lleva un vestido largo hasta los pies que nunca podría llevar una mujer de mi altura. La envidio por eso.

Sabe lo de Meredith . Claro que lo sabe. Al igual que nosotras, debía de estar entre las primeras personas a las que Josh acudiría al notar la ausencia de Meredith .

—Lo que ha pasado es horrible —dice, otra vez donde la cafetera, llenando con generosidad el filtro de café molido—. No puedo creer que Delilah y ella hayan… —hace una pausa, una pausa significativa— … hayan desaparecido.

Abre un armarito y saca tres tazas a juego. Las coloca en la encimera. Mientras el café se filtra, Cassandra sugiere que nos sentemos en la mesa de la cocina para hablar.

—Hace días que no la veo, si es que venís por eso.

Este tiempo es ridículo —se lamenta, sentándose con elegancia en una silla de madera frente a Bea y a mí—.

Apenas hemos podido salir. Piper no ha parado de preguntarme si podía ir a jugar con Delilah .

La adora. Esta misma mañana, me preguntó si no podía venir después de clase.

Le dije que no, que creía que los Dickey tenían planes para esta tarde y que no podría venir.

Es la primera vez que les miento a mis hijos.

Pero no supe qué otra cosa decirle. Piper es muy curiosa, siempre está haciendo preguntas.

Quería saber qué iban a hacer los Dickey para que no pudiera venir a jugar.

Le dije que iban al dentista. Me preguntó si tenía caries.

Le dije que no lo sabía. Odio tener que mentirle.

Como Delilah no vuelva pronto, no sé cómo voy a decirle que a su amiguita le ha pasado algo terrible.

A la niña le costaría entenderlo. A mí me cuesta entenderlo. Vivimos en una zona con bajo índice de criminalidad. Casi insignificante al lado de los índices nacionales o incluso de los de las zonas circundantes.

—Estoy muy preocupada —dice Cassandra —. Josh debe de estar fuera de sí.

—Ha organizado una partida de búsqueda —digo, y ella responde que lo sabe, que se unirá a la búsqueda en cuanto Arlo despierte de su siesta.

Bea le dice que Josh está reuniendo una lista con los teléfonos de clientes, familiares y amigos de Meredith .

—Cuando la tenga —dice Bea —, habrá que llamar a gente. Quizá puedas ayudar con eso mientras tu hijo duerme la siesta.

—Por supuesto. Todo lo que esté en mi mano. Estarán bien, ¿verdad?

Ni Bea ni yo respondemos. Nos quedamos calladas, pensando en la pregunta.

¿Estarán bien? Nadie lo sabe. Nadie puede decirlo con seguridad.

Pero Cassandra nos ha mirado fijamente y ha preguntado muy seria si Meredith y Delilah estarán bien.

De sus ojos brota una lágrima que resbala por su mejilla.

Me conmueve esa repentina muestra de emoción.

Cassandra se levanta de la mesa para ir hasta la cafetera. Llena las tazas, pregunta cómo tomamos el café. Trae el azúcar y la leche.

—Vi una cosa —dice, mientras nos da la espalda.

Sus palabras son tranquilas pero cargadas, llenas de significado. Me provocan un repentino escalofrío. Me sorprendo queriendo, deseando, saber más. ¿Vería Cassandra algo relacionado con la desaparición de Meredith y de Delilah ?

—Lo había olvidado por completo —sigue diciendo sin dejar de darnos la espalda—. Solo me acordé cuando Josh me llamó para decirme que Meredith y Delilah habían desaparecido.

—¿Qué viste? —pregunta Bea . Solo entonces Cassandra se vuelve para mirarnos.

—A alguien delante de su casa. En plena noche —dice, y entonces hace el primero de tres viajes hasta la mesa de la cocina para servir los cafés.

—¿Cuándo? —pregunto.

—Hace un par de semanas.

—¿Se lo dijiste a Josh ?

—No —admite—. No se lo he dicho. Todavía no. Se me olvidó. No lo recordé hasta anoche, cuando ya era demasiado tarde para llamarlo y despertarlo.

Esta mañana tenía a su hija, Piper , en casa y no podía llamar a Josh ; no quería asustarla. Cuando se fue a la escuela, la búsqueda ya estaba en marcha. A Cassandra no le pareció bien distraer a Josh de la búsqueda.

—Arlo, mi hijo —explica—, duerme muy mal.

Intentamos habituarlo para que duerma a sus horas, pero eso es más fácil decirlo que hacerlo.

El caso es que esa noche, la noche en que vi a alguien, estaba completamente despierto, llorando.

Yo estaba en su habitación, acunándolo para que se durmiera.

Su habitación da a la calle —dice, y sin que lo diga, comprendo que la habitación de Arlo tiene una vista panorámica de la casa de Josh y de Meredith —.

Nunca bajamos las persianas. No lo hacíamos en Chicago .

Ya sabéis lo que se dice de las viejas costumbres.

—Que les cuesta morir —digo.

Cada vez que Cassandra habla noto que le tiembla la voz. Lo que sea que viera desde la ventana del cuarto de Arlo la tiene asustada.

—¿Qué viste exactamente? —salta Bea . El pulso se me acelera por la expectación. Rodeo el café con las manos, pero no lo bebo. Estoy pendiente de cada palabra suya.