Kate
hace once años
Mayo
Poco antes de las ocho, Bea y yo vemos a Josh delante de la puerta de su casa.
Es temprano por la mañana, pero ya ha reunido a una docena de personas para buscar a su familia desaparecida.
Y hay más en camino. Aun así, sigue siendo una iniciativa popular.
Nos reunimos en círculo y repasamos los lugares donde podrían estar Meredith y Delilah .
Algunos piden detalles sobre lo ocurrido ayer y Josh los pone al corriente sin dejar de frotarse la frente.
Parece tenso y nervioso, además de agotado.
Tiene los ojos inyectados en sangre. Está inquieto.
Dudo que haya dormido mucho, si es que ha dormido.
Miro a mi alrededor. No veo a Leo. Supongo que Josh lo habrá dejado con la canguro, Charlotte .
Charlotte cuida a varios niños del barrio.
Hasta Bea y yo sabemos quién es, pese a no tener hijos.
Aquí es imprescindible. Cuando hace bueno, la vemos salir con los niños, paseando por el barrio.
Charlotte tendrá cincuenta y tantos años, quizá sesenta. Vive con su marido.
Me pregunto si Leo sabe lo que pasa, si se lo ha contado Josh .
¿Sabrá que Meredith y Delilah han desaparecido?
Lo dudo. Creo que un niño de cuatro años no lo entendería.
Los lápices de colores pueden perderse. Las piezas del puzle pueden perderse.
Las madres y las hermanas no pueden perderse.
Me pregunto dónde le habrá dicho Josh que están.
Ha tenido que sentirse muy confuso al despertar y no encontrar a Delilah .
En nuestro grupo de búsqueda está la dueña del estudio de yoga donde trabaja Meredith . Josh se le acerca y se disculpa porque Meredith no fuera ayer.
—Espero que no te causara ninguna molestia —dice.
Ella responde que no, que se han repartido las clases entre otra profesora y ella, como la semana pasada cuando Meredith se puso enferma, y como la otra semana.
Josh se queda desconcertado, igual que Bea y que yo. Intercambiamos una mirada.
—¿Qué quieres decir? —pregunta Josh . Que sepamos, ayer fue la primera vez que Meredith llamó diciendo que estaba enferma.
Observo la reacción de Josh . Es un hombre alto, moreno, con profundos ojos azules. Tiene los ojos húmedos y, de algún modo, las lágrimas hacen que el azul sea todavía más intenso. Leo, esté donde esté, tiene los mismos ojos.
La mujer se siente tonta. Se sonroja. Se ha expresado mal. Busca las palabras adecuadas.
—Ayer fue la tercera vez en dos semanas que Meredith llamó diciendo que estaba enferma.
¿No lo sabías? —pregunta a Josh , y él niega con la cabeza—.
Estábamos preocupadas. Hasta hace un par de semanas, Meredith siempre había sido muy responsable.
No era propio de ella. Creíamos que tenía algún problema grave de salud, como un cáncer o algo parecido.
—Tengo la impresión de que intenta restarle importancia a lo de que Meredith pudiera tener cáncer, no sé si no sería preferible a lo que sea que haya pasado.
Con el cáncer habría una posibilidad de combatirlo. Con esto, no estoy segura.
Otra mujer toma la palabra. Se presenta como Jeanette , una comadrona con la que a veces trabaja Meredith .
—Si me lo permiten —dice, y explica que hacía poco que Meredith tomó la decisión de reducir su carga de trabajo para pasar más tiempo con su familia. Hace aproximadamente una semana que le dijo que iba a aceptar menos clientas y que le recomendara doulas a las que poder derivar las peticiones.
Por la reacción de Josh , veo que él tampoco lo sabía.
Su expresión se torna pensativa, reflexiva, aunque también triste.
Se pasa los dedos por el bigote y la barba.
Entre sus ojos aparecen dos arrugas, una más profunda que la otra.
Josh , al igual que Meredith , debe rondar la treintena y ser algo mayor que Bea y que yo.
No llega a los cuarenta. Recuerdo una conversación sobre viajar a algún lugar exótico cuando cumplieran cuarenta años.
No es que fuera a pasar pronto, pero era algo que tenían que meditar y decidir, algo para lo que todavía faltaban años y que tenían en el horizonte.
Es Bea quien propone una estrategia. Es muy propio de Bea hacerse cargo y planificar las cosas.
Nos divide en grupos con mapas para revisar los alrededores.
Dice a la gente que conduzca por la zona buscando el coche de Meredith, que pregunte en tiendas y restaurantes si Meredith o Delilah pasaron hace poco por allí.
Josh nos da los detalles del coche de Meredith , así como la matrícula.
Los voluntarios se reparten la ciudad, utilizando las carreteras principales como guía.
Bea y yo nos quedaremos y peinaremos el barrio, porque vivimos aquí.
Porque conocemos a los vecinos y sabemos movernos por la zona.
Antes de separarnos, Bea anota los números de móvil de todos.
Crea un grupo de chat para que podamos ponernos al día con las noticias.
Josh envía una foto de Meredith al chat para que podamos enseñarla.
Se ahoga por la emoción cuando busca la imagen en el móvil.
Es una foto reciente de Meredith con Delilah y Leo.
Es una mujer guapa. Aquí lleva el pelo recogido en un moño desordenado en lo alto de la cabeza.
Tiene la piel clara, cubierta de pecas, y unos impresionantes ojos verdes.
Es de ascendencia claramente irlandesa y lleva una especie de vestido recto bordado, tan rojo como su pelo.
Siento una punzada de tristeza al ver la imagen de Meredith , con el pequeño Leo y con Delilah rodeados por sus brazos delgados.
Rezo para que no les haya pasado nada malo ni a ella ni a Delilah , que en la foto aparece sentada a su lado, diminuta y casi sin dientes, mirando con amor a su madre y sonriendo con tanta dulzura que hace que me duela el corazón.
Puede que yo nunca tenga hijos. Bea y yo hemos hablado de la posibilidad de recurrir a un donante de esperma para que una se quede embarazada.
Incluso hablamos de cuál estaría mejor preparada para tener el bebé — Bea , que es más corpulenta y también más maternal que yo—, y si querríamos un donante conocido o uno anónimo.
Yo quería uno anónimo, pero a Bea le parecía demasiado impersonal.
Demasiado frío. Prefería utilizar el esperma de alguien conocido, lo cual me resulta raro.
Bea y alguien conocido teniendo un hijo juntos. Ahí fue donde se acabó la conversación.
Miro a Bea . Ella mira la foto por encima de mi hombro. Tiene los ojos tan llenos de lágrimas como los míos.
—Aparecerán —dice, con la mano en mi brazo, pero, aunque suena muy segura, piensa lo mismo que yo: ¿y si no aparecen?
Con los años, nos hemos encariñado con Josh , con Meredith y con sus hijos—.
Estarán bien. Tienen que estar bien —dice Bea , con voz temblorosa, conteniendo las lágrimas, y me pregunto si no serán solo esperanzas irreales.
¿Estarán bien? El instinto me dice que no.
Uno a uno, todos suben a los coches. Se alejan, dispersándose en diferentes direcciones.
Bea y yo damos media vuelta y avanzamos despacio por la acera.
Lo hacemos en silencio, mientras procesamos lo que ocurre.
Nos resulta inconcebible la idea de que a Meredith y a Delilah haya podido pasarles algo malo.
No permito que mi mente se distraiga con ello, por mucho que divague.
Tengo que ser positiva por el bien de Josh .
Por el bien de Bea . Por mi bien. Bea me coge la mano mientras caminamos.
Se siente bien tener algo a lo que agarrarse.
Llegamos a la primera casa. Llamo a la puerta y, cuando nos abre Roger Thames , pregunto si ha visto a Meredith . Roger cojea. Nos cuenta que se lesionó la espalda trabajando en su coche. Fue la semana pasada y apenas ha dejado el sofá desde entonces. No ha visto a Meredith .
—¿Le ha pasado algo? —pregunta de repente.
—Si la ves, ¿puedes decírselo a Josh o a nosotras? —dice Bea . Roger nunca me ha caído muy bien.
Damos media vuelta y deshacemos el camino hasta la acera.
—¿No estará en un parto? —pregunta Gwen , la mujer que vive enfrente de Meredith y de Josh .
Gwen es viuda. Su marido murió hace tres años. De ELA, la enfermedad de Lou Gehrig . No lo conocía mucho, pero recuerdo que murió rápido. Fue como si su esquela apareciera en el periódico nada más enterarme de ello.
Le digo a Gwen que no, que no creemos que Meredith estuviese en un parto porque también había desaparecido Delilah .
—¿La pequeña Delilah ? —exclama, llevándose la mano a la boca.
—Eso me temo —dice Bea . Delilah es muy alegre. Siempre llena de vida. Todo el mundo la adora.
— Delilah me hace dibujos en la acera con tizas de colores.
En el porche me encuentro ramos con flores de dientes de león que ella me deja.
El año pasado, cuando me rompí la cadera, me trajo todos los días el correo a la puerta.
Es una niña encantadora. —Su voz se quiebra al decirlo—.
Me temo que hace un par de días que no las veo ni a ella ni a su madre.
El mal tiempo ha hecho que no salga de casa.
—Me temo que este tiempo ha retenido a mucha gente en sus casas —digo. La lluvia constante ha hecho que la gente no salga de casa en días, ajena a todo lo que pasaba fuera.
Bea le cuenta toda la historia. Los ojos de Gwen se llenan de lágrimas mientras escucha.
—¿Me diréis algo cuando haya noticias? —pregunta. Saldría a buscarlas si pudiera, pero tiene casi ochenta años y ya no se mueve como antes.
—Te avisaremos en cuanto sepamos algo —digo.
La mayoría de nuestros vecinos más cercanos conocen a Meredith . Aunque nadie la ha visto, casi todos quieren hablar con nosotras. Salen al porche y piden detalles.
—¿Le ha pasado algo? —preguntan todos, muy preocupados.