Meredith
hace once años
Marzo
Acabo de salir. Se espera que sea un día anormalmente cálido para esta estación, con una temperatura cercana a los quince grados. La mañana ha empezado fría. Solo estamos en marzo. En los árboles hay petirrojos que vuelven de su refugio de invierno.
Los niños y yo llegamos tarde. Vamos apresurados. Miro la hora en el móvil. Las ocho y media. Tengo que llevar a los niños a su sitio y llegar a la clase de yoga en la otra punta del pueblo antes de las nueve. Nunca lo conseguiré.
Cassandra está en la calle con Piper y con Arlo.
Veo cómo se dirigen a la escuela. Está a solo un par de manzanas, una distancia lo bastante corta como para que la escuela no ponga ningún autobús.
Hay que ir andando. O eso, o llevar a Delilah en coche.
No me gusta hacerlo porque la cola que se forma para dejar a los críos es una pesadilla.
Hay días en que me acerco lo bastante como para que baje del coche y siga andando sola el resto del camino.
Nunca estoy a gusto cuando lo hago. Solo tiene seis años.
Pero allí hay más madres y niños, además de un guardia vigilando el cruce.
No le va a pasar nada malo con tanta gente.
Delilah es lista y se sabe el camino. Sabe que no debe hablar con desconocidos ni dejarse engañar con dulces o gatitos.
Pero hoy no tendré que hacerlo. Miro a Cassandra , Piper y Arlo al otro lado de la calle saliendo de casa.
Parecen sacados de una revista. Van perfectamente arreglados y se cogen de la mano mientras recorren el camino de piedra hasta la acera.
Son la familia perfecta. Arlo es muy pequeño, pero recorre esa distancia sin quejarse.
Nadie protesta por tener que ir de la mano.
Miro a mis propios hijos. Hoy Delilah lleva un vestido.
Peinándola me he encontrado con un mechón imposible; he controlado los pelos rebeldes con un poco de agua.
Yo he conseguido ducharme y Leo se ha vestido solo, poniéndose bien los pantalones, para variar.
Teniendo todo eso en cuenta, tampoco estamos tan mal.
También tenemos buen aspecto desde fuera.
Por dentro estoy muy tensa, con el pánico y la agitación ocultados cuidadosamente con una sonrisa. No sé cómo, pero me las arreglo para seguir adelante habiendo dormido solo una hora.
—Hola, Cassandra —la llamo, saludando con la mano al otro lado de la calle. Caminamos rápidamente hacia ella y los niños—. Hola, Piper . Hola, Arlo —digo con demasiado entusiasmo.
Delilah sonríe radiante a su amiga. La saluda tímidamente con la mano, a la altura de la cintura. Es tímida porque Cassandra y yo estamos delante. Estaría desinhibida si no hubiera adultos. Es la extrovertida de la familia. No sé de quién lo habrá sacado. Será de Josh , porque de mí no.
—Me alegro mucho de verte —digo—. Qué oportuna. ¿Te importa si Delilah os acompaña a la escuela? Ya llegamos tarde —digo, sabiendo que Cassandra nunca pone problemas para llevar a Delilah al colegio.
—Por favor —suplica Piper .
—Sí, claro, por supuesto —responde Cassandra como sabía que haría. Tampoco es que fuera a negarse. Van en la misma dirección que nosotras y, en realidad, un niño más no supone una carga.
Delilah intenta irse corriendo hacia ellos sin despedirse antes.
—Vuelva aquí ahora mismo, señorita —le digo burlona.
Ella se ríe. Vuelve corriendo, me abraza las piernas y yo le devuelvo el abrazo, aspirando su olor, una combinación de sirope y champú. Le recuerdo que se porte bien y que haga todo lo que le diga la señorita Cassandra .
—Vale, mamá —dice.
Los veo alejarse y la echo de menos antes de dejar de verla.
Recuerdo su primer día de guardería, esa desagradable sensación en la boca del estómago por dejar a mi hija con alguien a quien no conozco.
Ha ido disminuyendo con los años, pero nunca desaparece del todo.
Después de nacer los niños, me costó mucho volver al trabajo, aunque fuera algo que necesitaba hacer.
Delilah ha roto la formación. Ahora Delilah y Piper se adelantan, riendo, mientras Cassandra y Arlo se quedan atrás, todavía cogidos de la mano.
Me siento algo culpable por cargar a Cassandra con Delilah. Llevar a los niños al colegio es un favor que rara vez llego a devolver. Pero Cassandra es autónoma. Es independiente. Y, según ella misma dice, no le gusta pedir ayuda a nadie. Nunca tengo oportunidad de corresponderle.
Llevo a Leo a casa de Charlotte . Me dirijo al trabajo. El móvil suena cuando estoy en camino y rompo a sudar. Miro el móvil con reticencia, sabiendo que debo mirarlo. Podría ser una clienta de parto.
No lo es. Lo que tengo es una variante del mensaje que recibí anoche. Me sobresalto y el móvil se me cae, pero no sin antes leer el mensaje.
Sé lo que hiciste. Nunca te saldrás con la tuya, zorra.