Sin dejar rastro Leo
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Leo

presente

Apenas hablas durante esta primera noche en nuestra casa. No dices nada a no ser que papá diga algo primero. Mantienes la cabeza gacha. No nos miras.

Llamas señor a papá. Él te dice que no lo hagas, pero sigues haciéndolo, porque no puedes evitarlo. Cada vez que lo dices, papá muere un poco por dentro. Lo noto en sus ojos.

Te encoges en un rincón de la habitación; pareces aterrorizada.

No sabes qué hacer contigo misma, con las manos, con los ojos.

Papá te dice que te sientes. Está muy preocupado por tus pies; los tenías llenos de cristales, espinas y piedras cuando te encontró la policía.

Los médicos tuvieron que quitártelo todo con pinzas.

Ni te inmutaste; supongo que no es lo peor que te ha pasado en la vida.

Cuando papá te dice que te sientes, te dejas caer en el suelo.

Cuando haces eso, estamos en la cocina, una habitación con seis sillas.

Pero eliges el suelo. Eso impacta mucho a papá, pero hace como si no le importase porque no quiere que te sientas mal si te llama la atención.

Así que, en vez de eso, hace unos sándwiches de pavo y nos los comemos todos en el estúpido suelo, solo que tú no comes mucho porque dos sándwiches en un día son como quinientas calorías más de las que sueles comer y tu estómago no puede asimilarlas.

Intentas comer más. Pareces decidida a seguir comiendo, pero también parece que vas a vomitar.

—No tienes por qué comer si no quieres —te digo yo, porque veo en tus ojos que crees que debes comer más.

Cuando papá va a quitarte el plato, te encoges enseguida.

Gimoteando un poco, como creyendo que va a pegarte.

Eso hace pensar a papá. Sabemos que te trataron muy mal mientras estabas fuera.

Eso no hay ni que decirlo. Pero una cosa es saberlo y otra verlo.

Lo siento por ti. Me apena que estés todo el tiempo pensando que alguien te va a pegar de repente.

A mí también me han pegado niños en el colegio.

Sé lo que se siente. Solo que en el colegio siempre hay algún profesor que me quita a los niños de encima, aunque tampoco es que eso sea bueno, porque me siguen castigando por pelearme, y luego los demás niños se meten conmigo por ser un nenaza.

Es un castigo doble. Pero al menos no me matan.

Dudo que hayas tenido a alguien para defenderte.

No puedo evitarlo. No paro de mirarte. No recuerdo cómo eras antes, pero he visto fotos y vídeos.

Estás casi igual que antes, solo que ahora eres más grande, aunque poco, y los dientes de leche son ahora dientes más grandes, amarillos y torcidos.

Y tienes partes calvas en el pelo. Veo que papá intenta no mirarte las calvas, pero cuesta no verlas.

Se supone que los niños no deben estar calvos.

Luego le pregunto a papá por qué cree que te estás quedando calva.

Le pregunto si no tendrás cáncer. Se enfada conmigo por eso.

Dice que claro que no tienes cáncer, pero no me dice por qué cree que te estás quedando calva.

Lo busco en internet. Puede que tengas alopecia.

Pero lo más probable es que tú misma te arranques el pelo o que se te esté cayendo por el estrés.

Cuando leo eso, me siento idiota por haber pensado que tienes cáncer.

Me digo que no debo volver a mirarte las calvas porque no quiero acomplejarte.

Me pregunto si sabrás que tienes calvas.

Hablas como un paleto. Lo cual es la hostia de raro, dado que eres de un barrio de clase media alta del Medio Oeste. Pero no has ido al colegio desde la guardería. Y seguro que quien te tenía encerrada era un paleto enganchado a las metanfetaminas y te enseñó todo lo que sabes.

Aunque no hablas la mayor parte del tiempo, cuando lo haces solo dices «sí, señor» y «no, señora».

Esta noche tenemos a la policía vigilando la casa. Están en coches patrulla aparcados fuera, como los equipos de las noticias, todos compitiendo por un pedazo de ti.