Kate
hace once años
Mayo
Bea no está cuando despierto al día siguiente. Era casi la una cuando me fui a la cama. Solo he dormido cinco horas, y a ratos, porque no paraba de pensar en Meredith y en Delilah , esperando que hubiera buenas noticias por la mañana. Esperando que por la mañana ya las hubieran encontrado.
Bajo a la cocina por la escalera y veo que Bea ya está en su estudio, otra vez trabajando; ha dejado la puerta de atrás abierta.
Esta casa tiene dos escaleras, una en la parte delantera y esta otra, que es estrecha, curva y está escondida en la parte de atrás, un pasaje del primer piso a la cocina, que se remonta a los tiempos en que los criados no debían verse.
Es una de las razones por las que me enamoré de esta vieja casa, por su historia.
Bea se habrá llevado el desayuno al estudio para tomarlo allí mientras trabaja. Me ha dejado el mío hecho. Por la puerta abierta me llega el aire fresco y húmedo de la mañana.
Cuando Bea se vino a vivir conmigo, convirtió el garaje anexo en un estudio de sonido. Es un lugar encantador, aunque rara vez entro en él porque es donde ella trabaja, del mismo modo que ella nunca viene a mi oficina. Los límites son muy importantes en una relación.
Bea compone su música en el garaje. La graba ella misma.
Sé que no debería, pero a veces intento escucharla porque tiene una voz muy sexy.
Ronca y profunda y grave. Por su voz, dirías que fuma un paquete de tabaco al día, aunque no sea así.
Pero nunca oigo nada, a no ser que se olvide de cerrar la puerta.
La conocí hace seis años en un bar de la ciudad donde ella actuaba.
Fue el verano antes de que empezase la carrera de veterinaria.
Yo trabajaba de camarera para ganar un dinero extra para la universidad.
Nos enamoramos. Dos meses después, empecé a ir a la universidad.
Seguíamos en contacto y venía a visitarme.
Después de graduarme, volví aquí, conseguí un trabajo y me compré la casa.
Cuando Bea se mudó conmigo, no quería molestar a los vecinos con su música y convertimos el garaje en una sala insonorizada.
Supuso que los vecinos ya estarían bastante mosqueados por tener a dos lesbianas viviendo en su calle.
La idea de vivir en una casa en las afueras le producía escalofríos; no le iban esas cosas.
Pero lo hizo por mí. La casa estaba cerca de mi trabajo y me venía bien. Bea podía trabajar en cualquier parte.
Es una casa amarilla de estilo italiano, situada en el casco histórico.
A tiro de piedra del campus universitario, en una zona más liberal que conservadora.
Una zona romántica, con paseos de ladrillo y árboles centenarios.
Eso no implica que no haya demostraciones puntuales de odio e intolerancia.
No hay manera de escapar a eso, vayas a donde vayas.
Bea ya no actúa en bares. Estos días solo la oigo cantar en la ducha. Para ser alguien que disfruta actuando ante el público, se opone a cualquier actuación privada.
Cuando Bea compone música, se desconecta del resto del mundo.
Se abstrae por completo. Cuando se ausenta mucho tiempo, sé que anda perdida en su música y me alegro por ella.
Bea es una música nata. Se pasó años dando clases de canto y de guitarra, actuando en bares y clubes nocturnos.
Pero eso no la satisfacía. No era lo que se veía haciendo el resto de su vida. Ahora trabaja en un disco.
Dicho esto, Bea no es una gorrona. Contribuye económicamente a la casa.
Ha vendido algunas de las canciones que ha compuesto y disfruta de una buena herencia de una abuela fallecida que debía de ser rica.
Nunca la conocí. Murió antes de conocer yo a Bea .
Además de su dinero, heredó su nombre, Beatrice , uno de esos nombres antiguos que a alguna gente le molestaría tener, pero no a Bea .
Adoraba a su abuela. En la mesita de noche tiene una foto de las dos juntas.
Bea entra cuando estoy de espaldas a la puerta.
La cierra y se acerca hasta mí, abrazándome por detrás.
Me vuelvo hacia ella y me dejo envolver.
Todavía lleva su pijama, unos pantalones cortos de algodón y la camiseta de Kurt Cobain que se puso para dormir.
Tiene el pelo oscuro, largo y liso porque, de alguna manera inexplicable, nunca se levanta con el pelo revuelto.
—Quiero ducharme antes de que lleguen —dice, refiriéndose a los obreros que están trabajando en nuestra casa.
Es una casa vieja y estamos en medio de una reforma complicada.
Está llena de detalles de época que nos encantan: los rosetones del techo, las enormes ventanas originales, la biblioteca con estanterías empotradas, la escalera de servicio.
Cuentan una historia. Pero los baños y las cocinas son de los setenta, gracias a la chapuza de algún propietario anterior.
Carecen del encanto que conserva el resto de la casa.
Los estamos reformando, devolviéndolos a una versión moderna de su estado original, para recuperar la historia y la autenticidad de la casa.
En la puerta principal hay una cerradura con combinación.
Los trabajadores entran y salen cuando quieren.
Su jornada laboral empieza a las siete de la mañana.
Si no nos apresuramos a ducharnos por la mañana, nos pillan en pijama.
Conocen la casa de arriba abajo, ya que están aquí incluso cuando nosotras no estamos.
Eso no me molestaba antes, pero ahora, tras lo sucedido en las últimas doce horas, sí que me molesta.
El contratista venía recomendado por Josh ; ya había hecho obras en su casa, que es de estilo Reina Ana de 1890.
Parece ser que son muy buenos manteniendo la integridad de las casas de época.
Meredith había odiado esa intrusión en su intimidad, pero quedó contenta con el resultado final.
Nos dijo que estaba deseando que se acabaran las obras, y que se alegró mucho cuando quitaron de la puerta la cerradura con combinación, y pudo recuperar la propiedad total de su hogar.
Y ahora me da por pensar que quizá debimos ir un paso más allá y hacerles cambiar las cerraduras, porque ¿quién sabe si alguno de los obreros no se habrá quedado con un duplicado de la llave?
El estómago me duele cada vez que pienso que alguien que no seamos Bea o yo podría tener una llave de la casa.
—¿Hay noticias de Josh ? —pregunto. Es temprano. No espero que sepa algo de él, pero resulta que sí.
—Acabo de verlo —dice, y me cuenta que fue en la parte de atrás, cuando sacaba al perro.
—¿Qué dice? —pregunto a Bea , mientras mido el café y lo echo en el filtro. Espero que sean buenas noticias, pero no lo son.
— Meredith sigue sin volver.
—¿No ha tenido noticias suyas?
—No —dice—. Ni una palabra. Anoche fue la policía.
—Lo sé. La vi. ¿Qué dijeron? ¿Qué están haciendo para encontrarlas?
—Según Josh , no lo suficiente. Quiere organizar una partida de búsqueda —dice Bea —. Esta mañana estaba fuera, llamando a familiares y amigos para pedirles ayuda. Le dije que lo ayudaríamos.
—Sí, por supuesto —digo, asintiendo con la cabeza—. Lo que sea. Lo que necesite.
Hoy tengo el día libre en el trabajo. Pero en caso contrario también me quedaría en casa para ayudar. Meredith y Delilah me necesitan. Ahora lo único que importa es encontrarlas.