Meredith
hace once años
Marzo
El amanecer llega con rapidez. La mañana siguiente a un parto nunca es fácil. Me despierto y veo a Josh inclinado sobre mí, besándome antes de irse.
—¿Qué hora es? —pregunto con legañas en los ojos. Intento protegerme del sol de la mañana que se cuela por la rendija de las cortinas.
—Las seis —responde—. Tienes café en la mesita de noche a tu lado. ¿A qué hora volviste a casa?
—A cosa de las cuatro.
Cuando volví a casa, me costó un rato conciliar el sueño.
Estaba asustada, preguntándome si quien me envió el mensaje me habría seguido también hasta casa.
Pensé en despertar a Josh y contarle lo que había pasado.
Pero no quise preocuparlo de forma innecesaria.
Ya se preocupa bastante. Dice que no le gusta que vuelva sola a casa en plena noche después de un parto.
Muchos de los hospitales a los que voy, cuando no todos, tienen aparcamientos poco seguros.
Algunos están en barrios conflictivos que tengo que cruzar para llegar al coche.
En la calle hay poca gente después del anochecer.
Siempre les he quitado importancia a sus preocupaciones.
Como mucho, he aceptado llevar el espray de pimienta y descargarme una aplicación para el móvil que localiza mi ubicación en todo momento.
Así Josh se siente mejor. «De esta manera», me dijo cuando me convenció para que descargase la aplicación y lo invitara como amigo, «podré encontrarte si desapareces».
Lo dijo en broma y entonces nos reímos. Pero ya no tiene gracia.
Funciona en ambos sentidos. Yo también puedo localizar a Josh , pero nunca lo he utilizado.
Josh me sugirió que cerrase mi consulta privada de doula y diera clases de yoga a tiempo completo.
Le gusta que las clases de yoga se impartan en horario laboral.
Que mi horario sea predecible. Que la clientela sea sobre todo femenina.
No le cuento a Josh lo que pasó anoche porque volvería a sacarme el tema.
No quiero tener esa discusión. Me encanta hacer yoga.
Pero enseñar yoga puede llegar a resultar repetitivo, tedioso.
No podría hacerlo el resto de mi vida. Me encanta lo que hago. Me encanta el milagro del nacimiento.
—¿Qué tuvieron? —pregunta Josh , y le digo que un niño.
— Zeppelin .
Él hace una mueca.
—¿Como el dirigible? —pregunta.
—Como el grupo —digo riéndome, no muy segura de que sea mejor.
—¿Quieres que despierte a los niños? —pregunta Josh , pero no hace falta porque los oigo en el pasillo, dando saltos hacia nuestra habitación.
Aparecen en la puerta, despeinados y desaliñados.
Delilah con su muñeca, Leo con su querida mantita azul.
No va a ninguna parte sin ella. Se cuelga del brazo de Delilah y ella, ya a las seis de la mañana, lo regaña para que deje de tocarla.
Leo idolatra a Delilah . No se cansa de ella.
Solo quiere estar a su lado como sea. Jugaría con ella durante horas a la escuela, a las casitas.
Delilah , por su parte, preferiría que él fuera una niña, a ser posible una hermana mayor.
—Vamos, niños —dice Josh ante el espejo, mientras se hace un nudo medio Windsor con la corbata a cuadros.
Josh siempre lleva corbata en el trabajo.
Siempre va arreglado. Quiere tener buen aspecto ante sus clientes, porque la buena apariencia fomenta confianza y respeto.
Lo entiendo. Contemplo su reflejo en el espejo.
Mi marido es increíblemente guapo. ¿Cómo he tenido tanta suerte? , me pregunto a menudo.
Los niños se meten en la cama conmigo. Josh , antes de irse, les dice que se porten bien con mamá.
Delilah encuentra el mando a distancia y enciende la tele.
Nos quedamos en la cama viendo Bubble Guppies en silencio.
Delilah apoya la cabeza en mi regazo y Leo se acurruca a mi lado.
Lo rodeo con el brazo; ojalá pudiéramos quedarnos así todo el día.
Los días pasan muy deprisa desde que Delilah empezó en la guardería.
Echo de menos los días largos y sin nada que hacer que solíamos tener cuando eran más pequeños.
Pero antes de que den las nueve, Delilah estará en la escuela, Leo con la canguro y yo en el trabajo.
Cojo el café que me ha dejado Josh y le doy un sorbo. Una hora de sueño nunca es suficiente. El cansancio me destroza, hace que me sienta físicamente mal.
Tengo el móvil en la mesita de noche, con el volumen muy subido porque tengo que tenerlo así.
Nunca me doy el lujo de apagarlo por la noche; podría necesitarme alguna clienta.
Lo cojo con la esperanza de haber interpretado mal, no sé cómo, los mensajes de texto de ayer.
Echo un vistazo, esperanzada, pero ahí siguen, iguales que anoche; me provocan miedo instantáneamente.
Espero que te pudras en el infierno, Meredith .