Sin dejar rastro Leo
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Leo

presente

Cuando éramos pequeños, papá hacía vídeos caseros de nosotros.

Durante horas y horas. Algunas noches, cuando está especialmente triste, me obliga a verlos.

La niña de los vídeos está alegre, hace tonterías.

Sonríe un montón. Siempre se está riendo.

Tú, en cambio, eres de lo más seria. Estás como pasmada, asustada.

Ya no eres como esa niña. Eres alguien nuevo.

Estoy en la escuela cuando la policía llama a papá.

Viene a buscarme. Cuando llega, estoy en la cuarta clase.

Es de álgebra, algo que la mayoría odia, pero que a mí me gusta porque se me da bien.

Parece que soy bueno en mates. Tampoco es que importe mucho.

Toda la estúpida clase se revoluciona cuando me llaman por el altavoz, creyendo que me he metido en algún lío.

¿La verdad? No le caigo bien a nadie. Soy el chico raro, el friki, el perdedor.

Y eso te lo debo a ti. Aunque tampoco me meto en líos por eso.

Solo los tengo cuando los otros chicos mienten sobre mí.

Cuando bajo, papá está esperándome en las oficinas. Tiene los ojos rojos y llorosos, como si hubiera estado llorando. Que los demás niños vean llorar a tu padre es la hostia de vergonzoso. Todd Felding pasa en ese momento y lo ve, y sé que nunca voy a poder escaparme de eso.

Papá y yo vamos a por ti. Te tienen en un cuarto de la comisaría, y solo estáis una mujer policía y tú.

Ella tiene nombre. Detective Rowlings . Pero no me gusta llamarla así.

Papá la llama así a veces, pero la mayoría la llama Carmen.

No estoy seguro del todo, pero puestos a adivinar, yo diría que papá y esa policía se liaron una vez.

Lleva el caso desde el principio y, como dice papá, está muy implicada.

Papá está tan ciego que no se da cuenta de que ella está colada por él.

Cree que solo quiere resolver el caso. Pero lo que quiere es liarse con él, cosa que seguro que ha hecho más de una vez.

Papá no lo sabe, pero he leído los mensajes que ella le envía.

Son empalagosos, sensibleros, sentimentales.

Dan ganas de vomitar. Ella le halaga, le dice que admira lo valiente que es, lo bueno, lo honesto que es.

«He estado pensando en ti», le escribe a veces. «Pienso constantemente en Leo y en ti».

Para vomitar.

Te han traído un plato de comida. Estás comiendo. Solo que parece que se te ha olvidado cómo se come, porque lo haces todo mal.

Estás flaca. Tienes la piel pálida. Te tiemblan las manos.

Papá está tan seguro de que eres tú que corre a tu lado para abrazarte.

Tú te quedas rígida. A mí me parece que dejas de respirar.

Intentas apartarte, pero papá no te suelta.

Está llorando. Se aferra a ti como si le fuera la vida en ello.

La policía tiene que posar una mano en su brazo y decirle que te deje espacio.

Siento vergüenza ajena por él. Noto que me pongo rojo por cómo se comporta.

—Te pareces a tu madre —dice, cogiéndote la cara con la mano, y, por las fotos que he visto, es verdad. Las dos tenéis el pelo rojo, cosa que es algo especial, porque solo lo tiene así como un dos por ciento de la gente.

Me quedo atrás, junto a la puerta. No te conozco.

Papá y la policía hablan mucho rato. Están demasiado cerca.

Esperan los resultados del ADN, pero eso da igual porque papá ya sabe que eres tú.

La policía sugiere que te examine un médico.

Quiere comprobar si hay pruebas de abusos sexuales.

Cuando dice eso, papá parece a punto de vomitar. Abusos sexuales.

—¿Como una prueba de violación? —pregunta papá.

He oído hablar de eso. La policía dice que sí. Le toca la mano y habla con tono amable.

—Es por si acaso, Josh . No sabemos con seguridad si ha sufrido abusos sexuales. Pero, en ese caso, nos ayudará a encerrar a quien le hizo esto, si lo encontramos.

Dice que quizá tengas rastros de ADN que podrían ayudar con la investigación. No me gusta que llame Josh a papá. Ni que le toque la mano cuando lo dice.

Papá está indeciso. Quiere ayudar a la policía, pero no quiere traumatizarte.

La línea que separa ambas cosas es muy fina.

Papá acaba diciendo que sí y vamos al hospital, donde nos sentamos en la sala de espera.

Entras en la consulta con la enfermera. Papá se ofrece a acompañaros, a cogerte de la mano, lo cual resulta la hostia de raro.

La mujer policía le dice que no. Lo dice con un tono mucho más amable.

—No creo que sea una buena idea, Josh .

Ya no tienes seis años, pero eso díselo a papá. La mujer policía se queda todo el examen con nosotros.

—No deberías estar solo —le dice a papá, aunque no está solo. Me tiene a mí. Ojalá nos dejara ya.

Todo tarda tanto tiempo que pienso que no acabaremos nunca.

Te confiscan la ropa. Te mandan a casa con otra.

Nunca se duda que seas quien dices ser, aunque aún falte un día para tener el resultado del ADN.

Los servicios sociales podrían hacerse cargo de ti esta noche.

Se supone que debían ocuparse de ti esta noche.

Pero la mujer policía se salta las reglas por todo lo que has pasado y deja que te vengas a casa con papá y conmigo.

Le dice a papá lo que les has contado de dónde has estado. Papá se pone casi fuera de sí.

—No tiene sentido —dice, y tiene razón, ya que cuando encontraron a mamá muerta con una herida de cuchillo autoinfligida, tenía una nota que decía:

Nunca la encontraréis. Ni lo intentéis.

La nota continuaba diciendo que estabas a salvo, que estarías bien.

Si lo que dices es cierto, no estuviste bien. Estuviste muy lejos de estar bien. Pero puede que estés mintiendo. Soy el único al que se le ocurre eso.

Nos vamos con la promesa de llevarte a un psiquiatra y a nuestro médico de cabecera para un seguimiento.

Les preocupa la desnutrición, la atrofia muscular, el maltrato físico; les preocupan tus ojos.

Debes llevar gafas de sol especiales porque hace once años que no ves la luz del día.

Se supone que en casa debemos tener las persianas bajadas.

Les preocupan tus pies. Los llevas vendados.

Si tenías zapatos, también te los han quitado.

También les preocupa tu estado mental. Es evidente que no estás del todo presente.

Que no estás bien de la cabeza. Estás muerta de miedo, demacrada y esquelética.

Deberías tener diecisiete años, pero nadie diría que tienes diecisiete.

Podrías pasar por una niña de diez años.

No tienes tetas. Mides como metro treinta. Pesarás cosa de treinta y seis kilos.

Volvemos a casa en coche. Tú vas en el asiento de atrás. No dices nada.

Cuando llegamos, eso parece un circo mediático.

Es lo que dice papá mientras conduce el coche entre la multitud de periodistas.

Un circo mediático. Eso hace que vea a los periodistas como payasos, como fenómenos de circo, que es lo que son.

Se apartan para que papá no los atropelle.

Aun así, hacen fotos a través de las ventanillas del coche y te gritan preguntas.

Los que están más atrás estiran el cuello para poder echarte un triste vistazo.

Hay un montón. Se pelean entre ellos por cada metro de césped, que según papá no deberían ni pisar, ya que eso es invadir una propiedad privada.

Toca el claxon y se apartan un poco más del coche.

Al oír el claxon, te pones como loca, de lo más nerviosa.

Lo siento por ti. Pero no sé qué decir para que te sientas mejor, así que no digo nada.

Le pregunto a papá cómo es que saben que estás aquí. Papá dice que algún sinvergüenza de la comisaría o del hospital habrá filtrado a los medios que te habían encontrado. ¿Cómo iban a saberlo, si no? Se suponía que no debía correrse la voz de tu milagrosa reaparición.

Papá está muy enfadado con eso, porque si lo que le dijiste a la policía es cierto, entonces debe de haber alguien buscándote. Y, en ese caso, los periodistas lo están guiando hasta nuestra puerta.