Sin dejar rastro Meredith
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Meredith

hace once años

Marzo

El aparcamiento del hospital está vacío cuando me voy.

Son las tres y media de la madrugada. He pasado casi siete horas con mi clienta, ayudándola a dar a luz a un precioso niño al que ella y su marido llamarán Zeppelin .

Es horroroso. Apenas tiene unas horas de vida y ya me lo imagino blanco de las burlas en el colegio.

Pero nadie me ha pedido mi opinión. El marido, Matt , toca la guitarra por afición y es un fanático acérrimo del rock de los setenta. Hace semanas que lo decidieron.

El móvil ha estado en silencio toda la noche.

La única persona que me ha escrito ha sido Josh , para darme las buenas noches antes de acostarse y decirme que me quería.

Nunca me pregunta cómo van las cosas, ni a qué hora volveré.

Sabe que no debe preguntarlo. Sabe que no lo sé. Los partos rara vez son predecibles.

Este ha sido relativamente rápido, como suele pasar con los primeros. Me he centrado en la clienta y en su bebé. Ha sido un respiro muy de agradecer. No he tenido tiempo para pensar en otra cosa, como esos mensajes espantosos.

Pero vuelven a mi mente cuando entro en la cuarta planta del aparcamiento.

Veo mi coche al final de la planta. Me dirijo a él con rapidez, a paso ligero, casi corriendo.

Apenas hay un puñado de coches. Hace mucho que terminó el horario de visitas.

Los coches que quedan son de pacientes y del personal del hospital.

Todo en este aparcamiento es un tópico. Mal iluminado, sucio y claustrofóbico.

Huele mal porque tiene paredes sólidas y con poca ventilación.

El aparcamiento me provocaría miedo, aunque no hubiera recibido los mensajes.

Es como salido de una película. Siempre me ha dado miedo, pero esta noche más.

Busco en mi bolso. Llevo un espray de pimienta porque Josh me obligó hace mucho a llevar uno.

Nunca le ha gustado la idea de que esté a altas horas de la noche en la calle o en un aparcamiento abandonado.

Le dije que estaba siendo ridículo. Le juré que no me pasaría nada malo.

Pero ahora doy gracias por el espray. Hace años que lo tengo.

Seguro que ha caducado ya, que sus ingredientes se habrán degradado y que no me servirá de mucho si llego a necesitarlo.

Pero me alivia notar su peso en la mano. Es mejor que nada.

Mantengo la cabeza bien alta mientras camino.

Estoy alerta, escudriñando el aparcamiento a cada paso.

No hay nadie. El aparcamiento está vacío.

Pero sigue habiendo partes oscuras donde no veo nada, como los rincones a los que no llega la luz.

En las esquinas hay escaleras con la puerta abierta, lo que deja solo un hueco ennegrecido.

No puedo saber si hay alguien allí, en ese hueco oscuro, a un metro del umbral.

Como tampoco sé si hay alguien detrás de mí.

Presto atención por si oigo pisadas. Pero en el garaje zumba un ventilador de suministro o de extracción.

Tapa los demás sonidos. Solo oigo el ventilador.

Miro dos veces hacia atrás por si hay alguien, pero no hay nadie.

Eso sigue sin quitarme el miedo. En cuanto me doy la vuelta, vuelvo a temer que me esté siguiendo alguien.

Vuelvo a rebuscar en el bolso. Encuentro el móvil y lo agarro con fuerza. No quiero llamar y despertar a Josh ; nunca dejaría de darme la lata. Si supiera el miedo que tengo, me enviaría toda una brigada de gente a cada parto al que acudiese para asegurarse de que estoy a salvo.

Me planteo llamar a Kate o a Cassandra o a Bea . Sería un gran consuelo tener al otro lado del móvil a alguien que me haga compañía. Pero son las tres y media de la madrugada. No puedo llamar y despertarlas.

Acelero el paso. Echo a correr en cuanto recorro medio garaje. Estoy sudando, respiro tan deprisa que me cuesta recuperar el aliento. Noto el latido del corazón en los oídos.

Llego al coche. Abro la puerta de un tirón y casi me zambullo en el asiento del conductor.

Cierro de un portazo. Pulso el botón y activo los cierres, pero eso solo me tranquiliza en parte; sigue dándome miedo mirar por el retrovisor y descubrir que tengo a alguien detrás.

No es un miedo inventado. Los mensajes de texto me dan la razón.

«Espero que te mueras. Espero que te pudras en el infierno».

Tengo todas las razones del mundo para estar asustada, por mucho que intente convencerme de que los mensajes no son más que una broma, que me los envía alguien con un retorcido sentido del humor, aunque no conozca a nadie así.

Introduzco las llaves en el contacto. Arranco el coche.

Alguien llama a mi ventanilla antes de que pueda poner la marcha atrás.

Grito al ver que al otro lado del cristal solo hay oscuridad.

Hay alguien junto al coche. No consigo distinguir su rostro.

Busco el espray de pimienta. Las únicas otras cosas con las que podría defenderme son una rasqueta para el hielo y las llaves.

La figura se agacha y, a través de la ventanilla, veo que es Jeanette , la comadrona del hospital.

Me llevo la mano al corazón.

—Por Dios —digo, bajando el cristal y obligándome a sonreír, a relajarme—, me has dado un susto de muerte, Jeanette .

Respiro hondo. Jeanette está en el aparcamiento conmigo. Nadie me hará daño mientras Jeanette esté aquí.

—¡Perdona! —responde ella, todavía con el subidón del parto. A veces pueden llegar a ser revitalizantes, sobre todo los que no duran veinticuatro horas y acaban en cirugía, como este.

—Creía que me habías visto —dice Jeanette —. Llevo un rato siguiéndote. Y te he llamado.

—Pues no te he oído. Habría parado.

Entonces esboza una sonrisa pícara.

— Zeppelin. —Y las dos nos reímos—. Los niños se lo van a pasar en grande con eso.

—Lo siento por el pobre chaval —digo—. Crecerá odiando a sus padres.

—¿Qué tendrán de malo Thomas o James? —pregunta Jeanette . Jeanette es mayor que yo. Más tradicional.

—Vamos, Jeanette —le digo—. Hace años que los Thomas y los James no están de moda. Lo que se lleva ahora son los Jacob , los Noah y los Mason .

—Y parece que los Zeppeli n .

—Es una atrocidad —digo. Reímos a carcajadas.

—Ya es tarde —dice Jeanette —. El sol saldrá en unas horas. Será mejor que vuelvas a casa e intentes dormir.

Nos despedimos. Veo a Jeanette dirigirse a su coche, aparcado algo más lejos.

Una vez que ha subido a él, salgo del aparcamiento a toda velocidad.

Un enorme alivio me invade cuando por fin llego a la calle.

Hay otros coches, luces de edificios, farolas.

Aún faltan horas para el amanecer, pero la luna está casi llena y da más luz.

Un McDonald’s abierto las 24 horas me llama la atención y, aunque no soy aficionada a la comida rápida, me planteo pasar a pedir algo desde el coche porque hace horas que no como nada.

Estoy hambrienta y me apetece algo rápido y grasiento.

Es un alivio breve porque enseguida me llega el pitido familiar del móvil.

Un mensaje de texto. Podría ser Josh , pidiendo noticias.

Ahora que el martes se ha convertido en miércoles, puede que haya que organizar el cuidado de los niños.

Él se irá a trabajar temprano, a las seis en punto.

Necesitará saber qué hace con los niños si no he vuelto a casa para entonces, pero sí que estaré, aunque él no lo sepa todavía. Está siendo previsor.

Cojo el móvil del asiento del copiloto para ver qué dice.

Pero el mensaje de texto no es de Josh . Es del mismo número desconocido que los anteriores.

«Que vuelvas bien a casa», dice.