Meredith
hace once años
Marzo
El mensaje de texto es de un número que no conozco.
Tiene un código de área local. Estoy con Leo mientras se da un baño.
Tiene los juguetes para el baño alineados en el borde y los turna para zambullirlos en el agua ya tibia.
Antes estaba caliente, demasiado para que Leo se metiera en ella.
Pero ya lleva treinta minutos dentro, jugando con el pulpo, la ballena y el pez. Se lo está pasando genial.
Mientras tanto, yo he perdido la noción del tiempo.
Tengo una clienta en las primeras etapas del parto.
Nos mandamos mensajes. Su marido quiere llevarla al hospital.
Ella cree que es demasiado pronto. Tiene contracciones cada seis minutos y medio.
Tiene toda la razón; es demasiado pronto.
El hospital la enviaría de vuelta a casa, lo cual es frustrante, por no decir un gran fastidio para una mujer de parto.
Además, ¿por qué dar a luz en un hospital cuando puedes hacerlo en la comodidad de tu casa?
Los padres primerizos siempre se ponen nerviosos.
Cosa que no beneficia a las esposas. Para cuando me presento yo, la mayoría de las veces la persona más tranquila de la pareja es la que pare.
Tengo que dedicarme a tranquilizar al marido nervioso. No me pagan para eso.
Le digo a Leo que le lavaré el pelo en un minuto y envío un mensaje rápido a la clienta, sugiriendo que se tome algún tentempié para conservar las energías y nutrirse.
Le recomiendo que se eche una siesta, si el cuerpo se lo permite.
La noche que nos espera será larga para todos.
El parto, sobre todo en las madres primerizas, es una maratón, no una carrera contrarreloj.
Josh está en casa. En la cocina, limpiando los restos de la cena mientras Delilah juega. Delilah será la siguiente en bañarse. Para cuando yo me vaya, ya habremos terminado, o casi, el ritual de acostarlos. Me siento bien con eso; no me gusta dejar solo a Josh con mucho por hacer.
Redacto el mensaje y le doy a «Enviar». La respuesta es inmediata, con ese bip tan familiar que me llega a todas las horas del día y de la noche.
Miro el móvil que tengo en la mano, esperando que sea mi clienta con una respuesta automática. «Gracias».
En vez de eso es:
Sé lo que has hecho. Ojalá te mueras.
Junto al texto hay una imagen de una calavera gris con dientes y grandes cuencas negras. El símbolo de la muerte.
Me tenso. Se me acelera el corazón. Me quedo desconcertada.
El pequeño cuarto de baño de pronto me parece terriblemente agobiante.
El vapor, la humedad, el calor. Me dejo caer sobre el inodoro, me siento en la tapa.
El corazón me late con fuerza, puedo oírlo.
Miro fijamente las palabras que tengo ante mí, preguntándome si no las habré leído mal. Seguro que es eso.
—¿Ya es un minuto, mami? —pregunta Leo.
Oigo su vocecita, amortiguada por el zumbido de mis oídos. Pero estoy tan desconcertada por el mensaje tan desalmado que no puedo hablar.
Vuelvo a mirar el móvil. No lo he leído mal.
El mensaje no es de mi clienta embarazada. Ni de ninguna clienta cuyo nombre y número tenga en el móvil. Por lo que sé, no es de nadie a quien conozca.
Entonces, se habrán equivocado de número. Alguien me lo ha enviado por error. Debe de ser eso. Mi primera reacción es borrarlo, fingir que no me ha llegado. Hacerlo desaparecer. Ojos que no ven, corazón que no siente.
Pero luego pienso en que quien lo envió podría volver a enviarlo o enviar algo peor. No se me ocurre nada peor.
Decido responder. Me esfuerzo por ir al grano, por no parecer demasiado crítica o quisquillosa, porque puede que el verdadero destinatario sí que haya hecho algo horrible, como robar los fondos de alguna organización contra el cáncer infantil, y el mensaje no sea tan atroz como parece a simple vista.
Le escribo:
Te has equivocado de número.
La respuesta no se hace esperar.
Espero que te pudras en el infierno, Meredith .
El móvil se me escapa de la mano. Grito. Cae en la alfombra de baño azul marino, que amortigua el sonido de la caída.
Meredith .
Quienquiera que haya enviado el mensaje sabe quién soy. Los mensajes son para mí.
Un segundo después, Josh llama a la puerta. Me levanto del asiento del inodoro y me agacho para coger el móvil. Ha caído boca abajo. Le doy la vuelta. El mensaje sigue ahí, en la pantalla, devolviéndome la mirada.
Josh no espera a que le deje pasar. Abre la puerta y entra directamente. Me guardo el móvil en el bolsillo trasero de los vaqueros antes de que Josh pueda verlo.
—Oye —dice—, ¿qué tal si dejas algo de agua para los peces? —Leo se queja a Josh de que tiene frío—. Bueno, pues vamos a sacarte de ahí —dice Josh , agachándose para ayudarlo a salir del agua.
—Todavía no he acabado con él —admito.
A Leo le castañetean los dientes. Tiene la piel de gallina en los brazos, cosa que no le había notado.
Está helado y de pronto me siento culpable, pese a estar confundida y asustada.
No le he prestado ninguna atención. El agua del baño se habrá derramado por el suelo, pero sigue teniendo el pelo completamente seco.
—¿No le has lavado la cabeza? —pregunta Josh , y sé que piensa que no he hecho nada en el tiempo que a él le ha llevado limpiar la mesa de la cocina, lavar ollas y sartenes y limpiar los fregaderos. Pero no está enfadado, ni me lo echa en cara. Josh no es de los que se enfadan.
—Tengo una clienta de parto —digo a modo de explicación—. No para de escribirme —añado, indicándole que estaba a punto de lavarle la cabeza a Leo.
Me arrodillo junto a la bañera. Busco el champú. El móvil vuelve a sonar en el bolsillo de los vaqueros. Esta vez lo ignoro. No quiero que Josh sepa lo que pasa, al menos hasta que lo tenga controlado.
—¿No vas a contestar? —pregunta Josh .
Digo que puede esperar. Me centro en Leo, en frotarle el champú en el pelo, pero estoy nerviosa. Voy demasiado deprisa y se le mete espuma en los ojos. Veo cómo pasa, pero solo se me ocurre quitársela de la frente con las manos jabonosas. No sirve de nada. Solo lo empeora.
Leo se queja. No es muy quejica. Es de trato fácil.
—Ay —es todo lo que dice, llevándose a los ojos las manitas mojadas, aunque el champú le escueza un montón.
—¿Te escuece, cariño? —pregunto, afligida. Pero reboso energía nerviosa. En mi mente solo hay un pensamiento. «Espero que te pudras en el infierno, Meredith ».
¿Quién ha podido enviarlo y por qué? Sea quien sea, me conoce.
Conoce mi nombre. Está enfadado conmigo por algo que he hecho.
Tan enfadado como para desearme la muerte.
No conozco a nadie así. No se me ocurre nada que yo haya podido hacer que haya afectado a alguien hasta el punto de desearme la muerte.
Agarro la toalla húmeda que cuelga del borde de la bañera. Intento pasársela a Leo para que se limpie los ojos con ella. Pero me tiemblan las manos y acabo soltando la toalla dentro de la bañera. El agua tibia salta y lo salpica en los ojos. Esta vez sí que llora.
—Oh, cariño, lo siento mucho, se me ha escapado.
Pero cuando intento cogerla del agua para dársela, se me cae por segunda vez. La dejo donde está, para que sea Leo quien la saque del agua y él mismo se limpie los ojos. Mientras tanto, Josh sigue a medio metro de mí, observándolo todo.
Vuelve a sonarme el móvil.
—Alguien se muere por hablar contigo —dice Josh .
«Se muere». Es lo único que oigo.
Gracias a Dios, le doy la espalda a Josh . No puede ver mi expresión cuando me dice eso.
—¿Qué? —pregunto.
—Tu clienta —dice Josh . Me vuelvo hacia él. Señala el móvil que me sobresale del bolsillo del pantalón—. Te necesita de verdad. Deberías contestar, Mer .
Lo dice en voz baja, servicial, y solo entonces pienso en mi clienta de parto y me siento culpable. ¿Y si es ella? ¿Y si las contracciones son más rápidas y me necesita?
—Ya acabo yo con Leo mientras tú te preparas para salir —dice Josh , y yo accedo, porque necesito salir de aquí. Necesito saber si los mensajes que siguen llegando al móvil son de mi clienta o de otra persona.
Me levanto del suelo. Paso junto a Josh, parado ante la puerta, rozándolo. Su mano se cierra en mi brazo y me atrae hacia él para darme un abrazo.
—¿Va todo bien? —pregunta, y yo le digo que sí, que todo va bien, sonando demasiado alegre hasta para mis propios oídos. No va todo bien.
—Estoy pensando en mi clienta —digo—. Tuvo un aborto a las treinta y dos semanas. Nunca imaginó que le pasaría estando tan avanzado. ¿Te lo imaginas? ¿Perder un bebé a las treinta y dos semanas?
Josh dice que no. Mira a Leo y parece triste por ello.
Me siento culpable por la mentira. No fue esta clienta, sino otra la que perdió un bebé a las treinta y dos semanas.
Me dejó destrozada cuando me lo contó. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no llorar mientras ella me describía el momento en que el médico le dijo que a su bebé no le latía el corazón.
Tuvieron que provocarle el parto y ella tuvo que expulsar un bebé muerto únicamente con su madre al lado.
En ese momento, tenía a su marido destinado en el extranjero.
Después, se sintió abrumada por la culpa.
¿Había sido en parte culpable de que muriera?
Mil veces le cogí la mano y le dije que no. No sé si llegaría a creerme.
Mi mentira surte el efecto deseado. Josh se agacha y me pregunta si necesito ayuda con algo antes de irme. Le digo que no, que tan solo me cambiaré de ropa.
Salgo del baño. Una vez en el dormitorio, cierro la puerta.
Saco del cajón unos pantalones para el hospital y una camiseta de manga larga.
Los dejo sobre la cama, pero antes de vestirme saco el móvil del bolsillo.
Respiro hondo y contengo la respiración, reuniendo valor para mirar.
Me pregunto qué me espera. ¿Más amenazas desagradables?
El corazón me late con fuerza. Me tiemblan las rodillas.
Echo un vistazo. Tengo dos mensajes.
El primero:
Ha roto aguas. Contracciones cada 5 minutos.
Y luego:
Vamos al hospital. —M.
Exhalo el aire que tenía retenido. Los mensajes son del marido de mi clienta, enviados desde el móvil de ella.
Casi se me doblan las rodillas por el alivio y me dejo caer en el borde de la cama, obligándome a respirar.
Inhalo larga y profundamente. Aguanto la respiración hasta que noto molestia en los pulmones.
Intento librarme de la tensión expulsando el aire.
Pero no puedo estar mucho tiempo sentada, ya que mi clienta va a más. Tengo que irme.