Sin dejar rastro Kate #2
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Kate #2

—No es tan raro —dice—. Meredith y yo somos así.

A veces estamos al tanto de todo lo que hace el otro en el día.

Otras veces no nos da tiempo. Tampoco he visto hoy a Delilah —dice con pesar—.

Me fui al trabajo antes de que se levantara.

Por más que lo intento, no consigo recordar si anoche estaba enferma.

Me he devanado los sesos intentando recordarlo.

Josh se empieza a emocionar, se altera. No llora, pero veo la preocupación en sus ojos y en las arrugas de su frente.

—No es propio de ella no llamar. No durante tanto tiempo.

Es entonces cuando lo noto en las tripas: algo va mal. No pienso solo en Meredith y en Delilah . Tal vez si fuera un incidente aislado no me preocuparía. Pero está Shelby Tebow , la joven que salió a correr por el barrio hace diez noches y no volvió.

—¿En qué piensas, Josh ? —pregunto, posando una mano en su brazo.

—No me preocupé cuando la canguro me dijo que no tenía a Delilah . Al principio no —dice. Le había parecido raro que Meredith no lo hubiera llamado para contarle que tenía fiebre, o que no tenía que recogerla. Eso sí que lo habría hecho Meredith—. Pero Delilah —dice— se pone mala muy a menudo.

La guardería hace estragos en su sistema inmunitario. Por eso la llaman imán de gérmenes. Puede que Meredith tuviese un día muy liado, se justificaba, y no le diera tiempo a llamar, por estar muy ocupada con Delilah .

—Cuando salí de casa de la canguro, estaba convencido de que iba a encontrar a Meredith y a Delilah en casa.

Así que no le di mucha importancia. De verdad, Kate —dice—, no se me pasó por la cabeza que no estuvieran en casa.

Llamé a Meredith antes de salir de donde la canguro para preguntar si necesitaba algo de la farmacia.

Medicamentos, zumo. Piruletas. —Me cuenta lo mucho que a Delilah le gustan las piruletas cuando está enferma. Es lo único que come.

—¿Y qué pasó? —le pregunto.

—Me saltó el buzón de voz —responde.

Condujo hasta casa. Entró por el camino de entrada y abrió el garaje trasero, para encontrarlo vacío, aunque se lo esperaba al estar la casa también a oscuras.

Aún no se había puesto el sol, pero la tormenta hacía que todo estuviera lo bastante oscuro como para encender la luz, sobre todo con el miedo que Delilah le tiene a la oscuridad.

Eso fue hace unas dos horas y entonces empezó a preocuparse. Aparcó el coche y corrió a la casa, que encontró vacía. A Leo y a él solo les esperaba el perro, con los cuencos de comida y de agua vacíos, como si no hubiera comido desde la mañana.

—Puede que la fiebre fuese mucho más alta de lo que dijo la canguro —admite—. A estas alturas del año es raro que sea una gripe. Pero ¿y una meningitis? ¿O una apendicitis? ¿O una sepsis?

—O una infección de oído —sugiero, pensando en una alternativa menos estremecedora.

Me agacho a la altura de Leo y le pregunto en voz baja:

—Hola, Leo. ¿Puedes decirme cómo se encontraba hoy Delilah ? ¿Se encontraba mal? ¿Te acuerdas de si le dolía algo?

Leo se limita a mirarme fijamente, aferrando con fuerza su manta de apego mojada, sin decir nada.

Es tímido. También tiene cuatro años, quizá demasiado pocos para saber o recordar si Delilah estaba enferma.

Lo de la fiebre me preocupa. Pero sigo teniendo presente a Shelby Tebow , a la que siguen sin encontrar.

Sin olvidar las condiciones meteorológicas.

Los truenos, los relámpagos, la amenaza de tornado.

Además, se añade a eso que los ríos van muy crecidos.

Llevamos días con alertas de inundación, tantas que no parece que vayan a acabarse nunca.

He oído en las noticias que en las calles hay coches atrapados por el agua.

Las carreteras inundadas pueden llegar a ser extremadamente peligrosas, según dicen los reporteros.

Solo se necesitan unos pocos centímetros de agua para arrastrar un coche.

Los últimos días ha llovido lo que llueve en un mes.

En la ciudad, las aguas residuales rebosan dentro de las casas de la gente. Un espanto.

De pronto, oigo un ruido en el pasillo, detrás de mí. Me vuelvo para ver a Bea acercándose por la puerta en arco que separa la cocina del vestíbulo. Llega descalza, como siempre, con los bajos de los vaqueros mojados por la lluvia.

—Me ha parecido oír voces —dice, sonriéndome desde las alturas, porque Bea es muy alta.

No la veo desde que me fui a trabajar esta mañana.

Ha sido un día largo, casi doce horas en pie.

Varias operaciones, una eutanasia. Y luego, justo cuando iba a irme, me trajeron un perro con un prolapso rectal.

Podía haber enviado a los dueños a la clínica de urgencias de guardia, pero no lo hice; convencí a un par de enfermeros veterinarios para que se quedaran más tiempo y me ayudaran a volver a meter el tejido dentro y suturarlo, ahorrándoles así a los dueños varios cientos de dólares.

Las clínicas de urgencias no son baratas, y no tenían dinero para pagar una, así que dudaba que fueran a llevar al animal.

Me imaginaba al perro pasando toda la noche en ese estado, lo mal que lo habría pasado.

Cuando volví a casa, Bea estaba en su estudio y no quise molestarla.

La mayoría de los días, somos como barcos que se cruzan en la noche, porque incluso hoy, mucho después de que Bea se acueste, yo seguiré trabajando en mis notas.

«Déjalo para mañana», me dice siempre, para que me vaya a la cama con ella.

Pero si lo dejo para mañana, se me olvida.

Me llega una ráfaga de aire frío desde fuera. Estamos a finales de mayo y ya debería hacer más calor, pero es un año con El Niño. El verano se espera más fresco de lo normal, y más húmedo. Por ahora, los meteorólogos han acertado.

Bea se baja las mangas de la camisa hasta las muñecas. Posa una mano en mi zona lumbar. Está caliente, un agradable contraste con el aire frío. Me besa en la coronilla. La miro.

— Josh no encuentra a Meredith , ni a Delilah —le digo—. No las habrás visto hoy, ¿verdad?

— Meredith se pasó esta mañana —dice, tras pensarlo.

Mira a Josh —. Se os había acabado la leche —dice, y él pregunta a qué hora—.

Temprano, quizá las ocho. Los niños querían cereales para desayunar.

Cinnamon Toast Crunch , ¿no, Leo? —le pregunta, sonriéndole.

Él le devuelve tímidamente la sonrisa—. Meredith los dejó en casa y vino corriendo a por un poco de leche.

—¿Dijo algo sobre Delilah enferma? —pregunta él.

Bea niega con la cabeza.

—Vino corriendo. Se limitó a coger la leche e irse. Los niños estaban solos y no quería dejarlos así ni un minuto. Se disculpó por molestar. Le dije que nunca molestáis. ¿ Delilah está enferma? —pregunta, con aire preocupado.

Informo a Bea de lo de la canguro. Le comento lo de la fiebre de Delilah .

—Lo siento mucho, Josh . Meredith no me dijo nada. Seguro que no es nada. ¿No se le habrá acabado la batería del móvil?

—Así es. Pero eso no explica por qué no están ya en casa.

—¿Has encontrado su móvil? —pregunto, sorprendida. No es propio de Meredith dejarse el móvil.

—No —dice Josh —. Tenemos una aplicación con la que rastreamos el móvil del otro. Es lo primero que comprobé. Dice que su ubicación no está disponible, así que estará apagado o sin batería. Pero los clientes de Meredith dependen mucho de ella. Nunca apagaría el móvil. No a propósito.

Josh mira su reloj para ver qué hora es. Nos dice que Delilah se acuesta casi todas las noches a las siete y media, a las ocho como muy tarde. Ya son casi las nueve y media.

—A estas horas —dice Josh —, los dos niños ya estarían dormidos y Meredith y yo poniéndonos al día viendo la televisión.

Josh nos cuenta que las últimas dos horas ha llamado a la consulta del pediatra por si Delilah había ido.

Pero era tarde y la consulta estaba cerrada.

Solo habló con el servicio de atención telefónica, que no tenía acceso a su horario y que tampoco se lo habría dicho de tenerlo.

Llamó al hospital de la ciudad y a varias clínicas de atención primaria, pero hay docenas de ellas.

No sabe si llamó a todas, pero las que le cogieron no estaban dispuestas a darle información sobre sus pacientes por teléfono.