Sin dejar rastro Kate
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Kate

hace once años

Mayo

Llaman a la puerta. Es una llamada sonora e insistente. Son más de las nueve de la noche. Fuera está oscuro; la luna y las estrellas se ocultan tras nubes de tormenta. El único momento en que puedo ver el exterior es cuando cae un rayo, e inunda el mundo con un repentino destello de luz.

Estoy en la cocina, después de llegar tarde a casa al terminar un largo día de trabajo.

Llaman cuando acabo de abrir una botella de vino y espero a que se calienten las sobras en el microondas: pasta rellena preparada hace horas por Bea , cuando aún creía que volvería pronto a casa.

Al oír el sonido alzo la mirada de la copa y se me hiela la sangre.

La gente no se presenta en tu casa de pronto a las nueve de la noche en medio de una tormenta.

Bea está atrás, en el garaje anexo que utiliza como estudio de sonido.

Su móvil está en la encimera junto a mi copa de vino.

Puedo ver el patio trasero desde la ventana de la cocina, todo está oscuro y llueve.

La lluvia cae a cántaros. Me impide ver más allá de la ventana.

Hace días que no para de llover. No he visto llover así nunca.

No soy la única que ha pensado en construirse un arca.

Se lo ha pensado hasta Bea , que es la más equilibrada de las dos.

Se esperan inundaciones importantes y no dejará de llover durante toda la semana que viene.

Los ríos se han desbordado, causando daños.

El aparcamiento del supermercado es una piscina.

Las carreteras están intransitables y han cerrado algunas escuelas.

En las noticias hay imágenes de pueblos cercanos, con gente en canoa remando por el centro de la calle.

Se habla del apocalipsis, y se ha generado una histeria silenciosa ante la idea de que estas lluvias son una señal del fin de los tiempos. No me va lo de ponerme apocalíptica, pero aun así acudí a la iglesia y me confesé con el cura. Por si acaso. Nunca se es demasiado precavida con estas cosas.

El viento ha arreciado en las últimas horas.

Enciendo la luz del patio trasero, la enciendo y apago varias veces.

Fuera, las ramas de los árboles se balancean y rozan los laterales y la parte trasera de la casa.

Ese raspado de ramas arañando como garras el revestimiento de madera, como si quisieran entrar, es un sonido horrible, de pesadilla.

La tormenta hace que los árboles pierdan las hojas, dispersándolas por todas partes.

En algunas partes del pueblo hay cortes de electricidad por la caída de líneas eléctricas.

Por suerte, nosotras todavía tenemos electricidad, aunque no se sabe por cuánto tiempo.

Por si acaso, hemos hecho acopio de velas y pilas para linternas.

Ahora mismo es imposible encontrarlas en las tiendas.

Esta mañana había árboles caídos en la calle, víctimas de la violenta tormenta de anoche.

La alarma de tornado sonó en plena noche.

Bea y yo nos agazapamos en el baño de la primera planta, con nuestro gato Zeus en brazos, esperando a que pasase la tormenta.

Zeus odia que lo cojan en brazos casi tanto como odia los truenos. Tengo marcas suyas en los brazos.

Sigo encendiendo y apagando la luz del patio, pero Bea no se da cuenta porque la puerta del garaje está cerrada. La única ventana está en la parte del ático del garaje, donde ella no suele ir.

Vuelve a oírse la misma llamada insistente contra la madera sólida.

Aprieto los dientes, se me tensan los hombros.

Me digo que no hay nada de lo que preocuparse.

Bea es la más valiente de las dos. Si estuviera aquí, abriría la puerta sin dudarlo.

Pero como no está, me obligo a comportarme como una persona adulta y a ir a la puerta principal para abrirla.

Cuando entro en el vestíbulo, Zeus está al pie de las escaleras.

Al oír otra llamada, las sube para esconderse, como un gato guardián incompetente.

La puerta principal está rodeada de ventanas.

Enciendo la luz del porche y miro por ellas antes de abrir la puerta.

La luz del porche ilumina a un hombre. Está empapado.

Al principio se me acelera el corazón, pero luego suspiro aliviada al ver que no es un extraño que se presenta sin avisar a estas horas de la noche.

Me relajo, y la tensión de los hombros se desvanece. Es nuestro vecino Josh . Vive al lado con su mujer, Meredith , y sus dos hijos.

Abro la puerta y el viento se precipita al interior.

Josh está calado por la lluvia, igual que su hijo Leo, mojado y tembloroso a su lado.

Ambos tienen el pelo lacio y pegado al rostro.

El agua les resbala por la frente y las mejillas.

La ropa les cuelga pesada y sin forma. Ya no les llega la lluvia al estar bajo el amplio techo del porche, pero eso no importa porque están completamente empapados.

Han venido caminando bajo la lluvia. No viven lejos, pero deben tener una buena razón para salir en una noche como esta.

Josh rodea a Leo con el brazo y se lo pega a la pierna, ya que la cabeza de Leo apenas es más alta que su rodilla.

Leo no llora. Pero noto en su cara que le gustaría. Tiene cuatro años. El mes pasado celebramos su cumpleaños con Josh y con Meredith , con una fiesta de temática circense en su patio. Contrataron a un payaso y a un hombre que hacía animales con globos. La gente acudió disfrazada.

Josh me saluda. Esboza una media sonrisa, pero lo noto preocupado por algo.

Lleva puesta la ropa del trabajo, aunque suele estar en casa a la hora de la cena.

Cuando no le toca buscar clientes y comer fuera, tiene horario de oficina; a estas horas debería estar relajándose en pijama delante de la televisión.

—¿Qué pasa? —pregunto, al ver que algo va mal.

Abro la puerta lo suficiente para que puedan pasar y resguardarse de la lluvia. Pero Josh , sin soltar a Leo, no entra.

Mira hacia su casa y luego vuelve a mirarme.

—¿Sabes algo de Meredith , Kate ? —pregunta—. ¿Sabes dónde está?

Un relámpago ilumina el cielo detrás de Josh y Leo, uno de esos que se prolongan desde el cielo hasta el suelo.

Un segundo después, retumba un trueno. Leo se pega más a Josh , aferrándose a su pierna.

La lluvia golpea el techo del porche, se acumula en el canalón, sale por la bajante y cae sobre el césped, donde forma un charco.

Niego con la cabeza.

—No. No lo sé. No he sabido nada de ella —digo, hablando en voz alta para que se me oiga por encima del ruido de la lluvia—. ¿No la encuentras? —pregunto, y mi reacción inmediata no es de tanta preocupación como la de Josh .

Meredith tiene un horario peculiar. Es doula y siempre está yéndose en medio de la noche para ayudar a alguna embarazada.

En caso de apuro, Bea o yo —sobre todo Bea , al trabajar en casa— nos quedamos con Leo y con su hermana, porque Meredith tiene que acudir a un parto y Josh todavía no está en casa. No es raro.

Josh dice que no encuentra a Meredith y que no tiene noticias suyas.

—Estará en algún parto —digo.

La respuesta de Josh es indecisa. No está seguro.

—Puede. No lo sé. Pero creo que no. Me habría llamado si hubiera ido a un parto. Siempre llama. Y luego está Delilah … —dice, con voz apagada.

—¿Dónde está Delilah ? —pregunto. Delilah es la hija de Josh y de Meredith . Tiene seis años.

Josh niega con la cabeza, salpicando agua de lluvia.

—No lo sé —dice—. Tampoco sé dónde está Delilah .

Hay pánico en su voz. Grita por encima del ruido de la lluvia.

Vuelvo a pedirle que entre, pero se niega. Desplaza la mirada de mi casa a la suya, y sé que busca a Meredith , que espera su regreso a casa.

Josh vuelve a empezar. Me cuenta los detalles del día. Dice que estaba en el trabajo. Tomó el tren a casa y fue a la de la canguro para recoger a Delilah y a Leo, como siempre. Cogió el tren de las 5.46 de Chicago , que llega al pueblo a las 6.26.

—Debían ser las siete menos cuarto cuando llegué donde la canguro.

—La canguro vive en el barrio, a unos dos kilómetros de aquí.

Bea y yo no tenemos hijos, pero sé dónde vive.

Sé cuál es su casa—. Cuando llego, la canguro me dice que solo tiene a Leo.

Que Meredith se había quedado con Delilah en casa porque tenía fiebre.

Que había llamado al colegio diciendo que Delilah estaba enferma y que ella había anulado sus clases.

Meredith da clases en un estudio de yoga de la ciudad.

Lo hace para redondear sus ingresos como doula, aunque no lo necesitan porque Josh gana lo suficiente para los dos.

Trabaja en gestiones patrimoniales y trata con clientes de alto poder adquisitivo.

Pero el horario de Meredith es irregular, con muchos altibajos.

Algunas semanas está sobrecargada de partos, para luego pasarse semanas sin uno solo.

Solía quejarse de que necesitaba estabilidad en su vida, un objetivo para las temporadas en las que no tenía nada que hacer.

Fue eso lo que la llevó a dar clases de yoga.

—¿Has intentado llamarla? —pregunto.

—Al menos diez veces.

—¿Cuándo hablaste con ella por última vez?

Me mira y se pasa los dedos por el cabello oscuro.

—Anoche, al acostarnos —dice.

Me cuenta que la vio esta mañana. Tumbada a su lado, en la cama, dormida.

No quiso despertarla. La besó en la frente antes de irse.

Había tenido un día muy liado y se había olvidado de lo demás.

No tuvo tiempo para llamar o mandar un mensaje a Meredith , pero, en su defensa, ella tampoco lo había llamado ni le había mandado un mensaje a él.